Desarrollistas vs. ambientalistas

Medio ambiente.

Primero viene el encasillamiento: “los ambientalistas”, para luego hacer más fácil la descalificación: “se oponen al desarrollo”.

Se vacía de contenido el concepto mismo de participación democrática, confundiéndolo —deliberadamente o por comodidad— con oposición “a todo” o incluso “oposición política”.

En muchas sociedades, y particularmente en comunidades frágiles en términos ambientales y culturales, opinar, cuestionar o pedir mejores condiciones para un determinado proyecto no es un acto de intolerancia, sino una forma madura de ciudadanía. Eso demuestra que la comunidad está viva, que le interesa y que quiere el lugar en el que vive.

Sin embargo, a quienes gobiernan circunstancialmente, incluso a quienes prefieren oficiar de testigos, suele resultarles más sencillo reducir la complejidad del debate a una etiqueta que les permita la estigmatización. Esa simplificación cumple una doble función: deslegitima voces diversas y evita discutir el fondo del asunto.

Cuando se encasilla toda mirada crítica dentro de una categoría ideológica, se invisibiliza algo esencial, que detrás de esas opiniones hay científicos, técnicos, trabajadores, vecinos, guías, docentes, investigadores y ciudadanos comunes que conocen el territorio, lo habitan, lo aman y desean que las decisiones públicas no comprometan su futuro.

No se trata de negar el desarrollo, sino de preguntarse qué tipo de desarrollo, para quiénes y a qué costo.

Esta reacción defensiva del poder revela, en el fondo, una concepción empobrecida de la gobernabilidad. Gobernar no debería significar silenciar a la comunidad para acelerar decisiones, sino construir consensos, escuchar alertas tempranas y corregir rumbos antes de que los daños sean irreversibles. La verdadera amenaza para la democracia no es la crítica, sino la pretensión de una comunidad pasiva, sin voz, sin memoria y sin capacidad de interpelar a quienes deciden.

Confundir el “cómo” con el “no” es otro síntoma preocupante. Cuando una comunidad plantea condiciones, límites o alternativas para reducir impactos ambientales, culturales o paisajísticos, no está oponiéndose al proyecto, sino ejerciendo su derecho a mejorarlo, hacerlo más responsable y más perdurable. Ignorar esa diferencia no solo empobrece el debate, sino que suele derivar en conflictos posteriores, judicializaciones y rechazos sociales mucho más costosos que una planificación participativa desde el inicio.

En definitiva, una sociedad viva, comprometida y crítica no debilita la democracia, la fortalece. Y un gobierno que se siente atacado por la participación ciudadana suele ser, en realidad, autor de un desarrollo mal pensado, frágil o impuesto. La pregunta que debería incomodar no es por qué hay voces críticas, sino por qué hay proyectos que no resisten ser discutidos.

Plantear el debate en términos de “desarrollo vs. ambientalismo” no deja de ser una trampa discursiva eficaz y peligrosamente simplificadora. Se trata de una forma de colonizar el sentido de la palabra desarrollo, monopolizar el término y expulsar del debate a quienes la cuestionan desde otros valores. Quien impulsa un proyecto se autoproclama automáticamente como “pro-desarrollo”, mientras que toda mirada crítica queda reducida a una caricatura: “enemigos del progreso”, “románticos”, “hippies” o “ambientalistas radicalizados”.

Porque la palabra desarrollo, que debería significar: mejora de la calidad de vida, diversificación productiva, preservación del capital natural y cultural, bienestar intergeneracional, también puede significar: crecimiento económico de corto plazo, acumulación de rentas para pocos, explotación intensiva de bienes comunes e incluso, desarrollo para algunos en perjuicio de otros.

Cuando alguien se arroga la exclusividad del “desarrollo”, lo que hace en realidad es evadir la discusión sobre qué se pierde, quién paga los costos y quién se beneficia.

La etiqueta “ambientalista” funciona entonces como un recurso para deslegitimar, no para debatir.

Estas mismas personas suelen ocultar que en muchísimos casos, quienes son acusados de “oponerse al desarrollo” son precisamente quienes sostienen actividades económicas genuinas y sostenibles —turismo, pesca artesanal, producción local, ciencia, educación— que dependen directamente de la integridad del ambiente y del paisaje.

Defender esos bienes no es anti-desarrollo; es defender otro modelo de desarrollo, más complejo, menos extractivo y más duradero.

Esta actitud también revela una mirada miope de la realidad.

El llamado “desarrollo” que no tolera críticas suele estar pensado a corto plazo, mientras que las objeciones ambientales y culturales introducen una variable incómoda: el tiempo largo, las generaciones futuras, los pasivos ambientales y sociales. Por eso molesta.

En el fondo, calificar a unos como “pro-desarrollo” y a otros como “enemigos del desarrollo” es una forma de reducir un debate ético, técnico y comunitario a una disputa moral, donde uno aparece como el “bueno” que empuja hacia adelante y el otro como el “malo” que frena.

Pero las sociedades que realmente progresan son aquellas que discuten, corrigen, limitan y calibran sus proyectos antes de ejecutarlos.

Tal vez la pregunta correcta no sea quién está a favor o en contra del desarrollo, sino qué entendemos por desarrollo y cuánta vida, identidad y futuro estamos dispuestos a sacrificar en su nombre.


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