Un corte de energía sumió a la ciudad en una situación desesperante, en una de las jornadas más frías del año.
Gran parte de la población de la capital fueguina se quedó imprevistamente sin calefacción durante casi la totalidad del sábado último, cuando un apagón generalizado dejó a la ciudad sin energía eléctrica en medio de temperaturas cercanas a los diez grados bajo cero. Familias enteras buscaron refugio donde pudieron, mientras otras permanecieron durante horas dentro de sus vehículos o soportaron arropados en viviendas convertidas en freezers.

A las 11 de la mañana del sábado, Ushuaia dejó de tener electricidad. Lo que en otra época del año hubiera sido solo un corte de energía importante, en pleno invierno, con temperaturas cercanas a los diez grados bajo cero, el hecho se convirtió en una emergencia que puso a prueba a miles de familias y puso inclusive en juego la supervivencia colectiva. En pocos segundos dejó de funcionar mucho más que la electricidad. Las calderas eléctricas se apagaron, los sistemas de calefacción dejaron de impulsar agua caliente por los radiadores y miles de viviendas comenzaron a perder rápidamente el calor que las protegía.
Entonces la contingencia dejó de ser un simple corte de luz para convertirse en una cuestión de vida o muerte que obligó a los moradores de la gran cantidad de departamentos y viviendas con sistemas de calefacción alimentadas a electricidad, a tomar decisiones vitales.
Cuando los radiadores dejaron de emitir calor, los departamentos y viviendas de más reciente construcción, comenzaron a transformarse en verdaderos freezers. Las más antiguas, calefaccionadas con los tradicionales calefactores a gas, sobrellevaron mejor el corte de energía y se convirtieron en refugio de familiares, amigos y vecinos.
La preocupación crecía especialmente entre las familias con niños pequeños, adultos mayores y personas enfermas – muchas afectados por un brote de gripe que está afectando a todas las edades – para quienes permanecer varias horas sin calefacción representaba un gran riesgo de complicaciones de salud.
Con el paso de las horas aparecieron nuevos problemas. Sin electricidad tampoco funcionaban cocinas, hornos eléctricos, microondas y pavas. En muchos hogares resultó imposible preparar un plato caliente o simplemente calentar agua para un mate, un café o una mamadera.
A medida que avanzaba la tarde, muchos vecinos comprendieron que permanecer dentro de sus viviendas ya no era una opción y debieron abandonarlas. Quienes tenían familiares o amigos con calefacción tradicional a gas decidieron trasladarse hasta allí para esperar el regreso de la electricidad. Otros eligieron permanecer durante horas en el Shopping Paseo del Fuego, convertido improvisadamente en uno de los pocos lugares donde era posible refugiarse del frío, tomar una bebida caliente o simplemente esperar, sin consumir nada, en un ambiente calefaccionado.
También hubo quienes pasaron buena parte del día dentro de sus automóviles, manteniendo el motor encendido para aprovechar la calefacción del vehículo.
En los barrios altos e informales la situación fue todavía más delicada. Allí muchas familias dependen de estufas eléctricas para calefaccionarse e incluso cocinar cuando se agotan las garrafas. Con la interrupción del suministro quedaron prácticamente sin alternativas para enfrentar el intenso frío.
A medida que transcurrían las horas también comenzaron a agotarse las baterías de los teléfonos celulares y muchos vecinos quedaron incomunicados. Ya no podían llamar para pedir ayuda, avisar que estaban bien o coordinar un lugar donde refugiarse.
La falta de funcionamiento de las calderas provocó además otro problema que se extendió incluso después del regreso de la electricidad. En numerosos edificios y viviendas comenzaron a congelarse las cañerías de agua, generando roturas y nuevos inconvenientes.
Por eso, para varios vecinos el apagón no terminó cuando volvieron a encenderse las luces y las consecuencias continuaron padeciéndose durante las horas siguientes.
Recién a las 18.35 comenzaron a iluminarse algunos sectores de Ushuaia. Fue el primer alivio después de casi ocho horas de incertidumbre. Sin embargo, la ciudad no recuperó el servicio de manera simultánea. Mientras algunos barrios volvían lentamente a la normalidad, otros continuaban con sus habitantes completamente a oscuras y tiritando.
Sin dudas, el 18 de julio quedará grabado en la memoria de muchos vecinos como una de las jornadas más difíciles que debió atravesar Ushuaia en pleno invierno. No sólo por la duración del apagón. Tampoco por las temperaturas extremas. Sino porque durante varias horas miles de familias convivieron con una incertidumbre que iba mucho más allá de no saber cuándo volvería la luz. Era no saber cuánto más resistiría el calor dentro de la casa. Era preguntarse cómo mantener abrigados a los hijos. Era no poder preparar una comida caliente. Era ver apagarse el último porcentaje de batería del teléfono sin posibilidad de pedir ayuda. Y era comprobar, una vez más, que en una provincia donde el invierno puede ser implacable, la electricidad – y también el gas y el agua – dejan de ser meros servicios para significar la supervivencia misma.
En Ushuaia, el apagón no dejó solamente a una ciudad sin luz. Durante ocho horas dejó a miles de familias sin la posibilidad de sentirse a salvo dentro de sus propias casas.