Huyó por amor y desafió a la montaña

Huyó por amor y desafió a la montaña

Supervivencia extrema en Tierra del Fuego.

A los 33 años, Gumersindo León Medina decidió jugarse la vida después de que su familia fuera maltratada mientras él permanecía detenido, en el año 1977. Lo que siguió fue una travesía de 21 días entre bosques, nieve, hambre y persecuciones, con un único objetivo: volver a abrazar a su mujer y a sus tres pequeños hijos.

Huyó por amor y desafió a la montaña
Nacido en El Dorado, Misiones, Gumersindo León Medina tiene hoy 81 años y vive en Ushuaia, junto a sus seres queridos. Ellos fueron la razón por la que, hace casi medio siglo, se jugó la vida en una fuga tan extraordinaria como desesperada.

 

La primera batalla de León Medina no fue contra la montaña. Fue contra la impotencia.En 1977 tenía 33 años, esposa y tres hijos pequeños. Había servido durante cuatro años en el Batallón de Infantería de Marina Nº 5, en Río Grande, y luego había trabajado para YPF. Era piloto civil, integraba el Aeroclub de Río Grande y se desempeñaba como instructor de paracaidismo. Su instrucción militar en montaña sería decisiva para sobrevivir a lo que vendría.

Su vida cambió cuando la Policía encontró municiones de fusil FAL y de pistola en un galpón cercano a su vivienda, en el Aeroclub. Según relató, algunas habían quedado sin devolver al dejar la actividad militar. Fue detenido y trasladado a Ushuaia.

Mientras permanecía privado de su libertad, su esposa quedó en Río Grande con los tres chicos y sin dinero. Necesitaba cobrar una liquidación que YPF le adeudaba a su marido, para lo cual viajó a Ushuaia con un documento que él debía firmar. Pero, según contó Medina, los policías que custodiaban la entonces Alcaidía de Deloqui y Lasserre, a quienes identificó como conscriptos del BIM 5, impidieron que ella se acercara y la trataron mal. Se fue sin conseguir la firma.

La impotencia terminó convirtiéndose en una decisión. Medina sentía que nadie escuchaba su situación ni la de su familia. Recordó que entonces pensó: “Yo les voy a demostrar quién soy y que esto no se hace”.

Y comenzó a preparar la fuga.

Una mochila, hojas de sierra y un plan

Aprovechando cierta libertad de movimiento mientras realizaba tareas de jardinería, consiguió ingresar el arnés de un paracaídas y hojas de sierra. Con la tela confeccionó una mochila y reunió elementos para sobrevivir en la montaña. Su objetivo era llegar a Chile.

La noche elegida cortó los barrotes de una ventana del baño, saltó desde un primer piso al techo de una carpintería vecina y pasó frente a la guardia sin ser detenido. Otro preso, que conocía sus planes, le pidió acompañarlo. Medina aceptó, aunque sabía que su compañero carecía de su preparación física.

Ambos se internaron por detrás de la Base Naval. Aunque era enero, en las alturas nevaba y los cursos de agua bajaban crecidos. Para cruzar el arroyo Grande avanzaron con el agua hasta el pecho y treparon por un árbol caído que atravesaba la corriente. Después comenzaron a ganar altura hacia la zona del monte Olivia.

La persecución no tardó en comenzar. Cerca del río Olivia escucharon el silbido de una bala de fusil que pasó por encima de sus cabezas.

—¡Nos descubrieron! —pensó Medina.

En el sector conocido como La Mosca Loca esperaron una oportunidad para pasar sin ser vistos, mientras un perro parecía vigilar sus movimientos. La lluvia los obligó a refugiarse en una carpa y avanzar de noche, porque durante el día circulaban vehículos y la Policía los buscaba.

En Tierra Mayor, los perseguidores los descubrieron bajo una luna que iluminaba el paisaje. Comenzaron los disparos. Medina corrió hacia el puente y trepó por la ladera; su compañero, que llevaba mocasines y no tenía el entrenamiento necesario, se entregó.

Desde entonces, continuó solo.

Para atravesar un tronco caído que unía dos sectores de la montaña tuvo que desprenderse de su mochila. Perdió casi todo el equipo, pero conservó un puñal, una soga y algunos elementos de emergencia. La fuga se había convertido en una lucha por seguir avanzando.

Cinco días para llegar al lago

Medina tardó cinco días en alcanzar la zona del lago Escondido, perseguido por la Policía y efectivos del BIM 5. Sin guantes, se lastimó las manos hasta sangrar, al trepar por las lengas. El frío, la humedad y el hambre comenzaban a debilitarlo.
Cerca de Rancho Hambre lo sorprendió una intensa nevada y pasó la noche bajo un tronco caído. En otra ocasión permaneció inmóvil detrás de una piedra mientras una patrulla pasaba sin advertirlo. Luego siguió la huella de un guanaco hacia la zona de Laguna Escondida.

El paisaje fueguino, que para otros podía ser una maravilla, se había convertido en un territorio hostil. Medina contó que durante parte de la travesía sobrevivió tomando agua y masticando hojas.

Las noches tampoco daban tregua: sufrió heladas y debió esquivar nuevos peligros en el camino. Cada avance le permitía ganar distancia, pero también lo debilitaba.

Al sexto día encontró una ayuda inesperada cerca del río Milna. Una mujer salió acompañada por una nena de una casilla y le dijo que su padre había escuchado por radio que lo estaban buscando. Por primera vez en varios días allí pudo dormir bajo techo y comer algo caliente, un estofado que  comió con desesperación, después de acumular tantos días de hambre.

En otro tramo del camino, muchas veces en círculo porque la densidad del bosque no le permitía orientarse, un hachero que también conocía la noticia de su fuga le convidó café y tortas fritas.

Tenía los pies cubiertos de llagas y el calzado empapado, pero no se detuvo.

Finalmente logró cruzar la frontera hacia Chile. Allí encontró arrieros que le ofrecieron comida y refugio, aunque todavía temía que la persecución continuara del otro lado de la cordillera.

El final de la fuga

La travesía terminó cuando lo encontraron los carabineros. Según su relato, habían recibido información de la Policía argentina que lo presentaba como marxista-leninista y ordenaba matarlo si lo encontraban. Durante la captura recibió disparos que le provocaron fracturas en una pierna.

Sin embargo, sus documentos despertaron dudas entre los uniformados chilenos. Medina llevaba su licencia de piloto y el carnet de paracaidista, que acreditaba su vínculo con el BIM 5. Esos antecedentes no coincidían con la imagen que les habían transmitido. El jefe de los carabineros decidió entonces no entregarlo a la Policía argentina.

Fue trasladado a Río Gallegos y entregado al Batallón de Infantería de Marina Nº 4. Pero el final de la fuga no significó el reencuentro con su familia: Medina contó que su esposa y sus hijos habían sido enviados a Entre Ríos.

Después de recuperarse en el Hospital de Ushuaia, pasó por la prisión naval de Buenos Aires y finalmente por la cárcel de Magdalena, donde aprendió imprenta y encuadernación, un oficio que marcaría su vida posterior. Con el tiempo regresó a Ushuaia, trabajó en la Casa de Gobierno y allí se jubiló.

La razón que lo llevó a arriesgarlo todo
Cuando Diario Prensa Libre le preguntó por qué había emprendido una fuga en la que pudo perder la vida, León Medina no habló de gloria ni de hazañas. Volvió a aquella escena que, según contó, lo había decidido a escapar: su esposa y sus tres hijos pequeños, sin dinero para subsistir y maltratados.

—Yo no me hubiera fugado si no se hubieran portado mal con mi familia —afirmó.
Cuando se fugó y se internó en la montaña, no sabía si volvería a verlos. Solo sabía que no podía quedarse de brazos cruzados.

Y eso le dio la fuerza para seguir caminando.

A 49 años de aquellos hechos, dice que no está arrepentido. Considera que su experiencia sirvió para visibilizar el abuso de autoridad y evitar que situaciones semejantes se repitieran.


Edición:

Diario Prensa
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