
Ushuaia cumple 142 años y está muy mal. Los que esperan leer una conmemoración rosa, elogiosa y compasiva pueden abandonar acá si lo desean. Creo que este momento histórico nos encuentra con una ciudad que está muy lejos de lo que podría ser y, para los nostálgicos, muy lejos de lo que fue.
Y hablaré de nosotros, para que nadie lo tome personal, aunque todos sabemos que los niveles de responsabilidad son distintos entre quienes vivimos acá.
La ciudad de hoy deja mucho que desear. En todo sentido. ¿Hay cosas buenas? Claro, siempre, pero no son las predominantes. La ciudad creció. Pasamos los ochenta mil habitantes metidos entre la montaña y el canal, y como nunca ordenamos el suelo hacia dónde crecer, la gente fue a donde pudo: subió por las laderas, rellenó turbales, levantó casas donde no había ni calle ni cloaca ni un plano que dijera que ahí iba a haber un barrio. Después llegaron los servicios, cuando llegaron, a los empujones y siempre detrás de los hechos. Lo que en cualquier ciudad medianamente planificada es el orden natural de las cosas, primero el loteo con servicios y después la casa, acá funciona al revés desde hace décadas, y lo naturalizamos al punto que ya ni lo discutimos.
Se cortan la luz y el agua varias veces al año, faltan cloacas y ni hablemos del gas. Nuestras calles se rompen cada invierno y se emparchan cada verano, las veredas no existen o nadie las puede caminar, el tránsito es caótico y desordenado, la basura se acumula en tachos y contenedores urbanos que son una calamidad, cables y más cables, carteles y más carteles, discos de estacionamiento que privatizan de hecho el espacio público y lomos de burro a demanda. Un “sistema” de estacionamiento medido en el centro que es del tercer mundo. Edificios públicos abandonados hace años, ni hablar del estado de algunos que están en uso. La lista es grande.
La bahía y el frente costero, que son nuestra postal y que en cualquier otro lugar del mundo serían la joya urbana para resguardar, son una sucesión de intervenciones horribles sobre el espacio público que, o bien evidencian una dificultad enorme por parte de las autoridades para decir que no, o bien algo peor aún, la falta de interés y/o criterio para construir espacios públicos de calidad, a la altura de Ushuaia, de quienes vivimos acá. Encima, recibimos a cientos de miles de turistas por año y les mostramos una ciudad que dista mucho de aquella que imaginaron cuando decidieron visitarnos.
¿Cómo llegamos hasta acá? Lo fácil sería apuntar a una gestión o a un nombre, pero sería mentir. Lo cierto es que esto se construyó así, por acción u omisión, entre todos y durante mucho tiempo. Los gobiernos, salvo alguna excepción, prefirieron administrar el día a día antes que encarar lo que llevaba más de un mandato resolver.
Agrandamos un Estado que se come casi todo su presupuesto en sueldos y al que le queda poco para hacer lo que justifica su existencia, que es planificar, invertir y ordenar. Las dirigencias políticas, empresarias y sindicales encontraron cada una su lugar cómodo y aprendieron a convivir con los problemas en lugar de resolverlos. Y los ciudadanos también, nos fuimos acostumbrando, mansos. Los diagnósticos y planes están hechos hace más de veinte años, y buena parte de ellos podría refrendarse hoy sin cambiar una coma. No, no nos faltaron ideas. Nos faltó decisión, y nos sobró egoísmo y desidia.
Lo que subyace, creo, es ese fatalismo que nos condiciona la toma de decisiones cotidianas. Tomamos nuestra realidad actual como si fuera un destino imposible de cambiar, inevitable, inexorable. Lo evidencia la falta de espacios de debate, de participación: partidos, sindicatos y asociaciones sin renovación ni ideas nuevas, anclados en el tiempo y los nombres de siempre. Espacios, algunos viejos y otros nuevos, que se ocupan solo de nichos, sin poner sobre la mesa una mirada general sobre la ciudad.
Ahora bien, si esta ciudad la hicimos nosotros, pasivamente, también podemos hacerla de otra manera, asumiendo la responsabilidad, para que deje de ser algo que nos pasa y sea algo mucho mejor, que construyamos entre todos.
Ushuaia tiene lo que muy pocas ciudades del mundo tienen: una marca única, un paisaje privilegiado, una ubicación estratégica, y generaciones enteras que nacieron acá y que no la ven como un lugar de paso sino como el que eligen todos los días para vivir. Es cierto que eso no alcanza por sí solo, pero es un punto de partida que otras ciudades envidiarían. Y sin embargo parece como si hubiéramos perdido la autoestima, como si hubiéramos perdido la noción de la ciudad que nos cobija, de su excepcionalidad, de su impresionante potencial. Nos conformamos con subsistir, sin soñar en grande.
Como decía el gran arquitecto y urbanista brasileño Jaime Lerner: “si se proyecta la tragedia, se va a encontrar; pero si se invierte la energía en cambiar tendencias, los cambios ocurren”.
Ciento cuarenta y dos años no es nada para una ciudad.
Ushuaia todavía está a tiempo de ser la ciudad que podría ser. Para eso hace falta que dejemos de conformarnos con la que supimos conseguir hasta ahora y nos involucremos más activamente con la que nos merecemos.
* Politólogo. Mgter. en Desarrollo Económico Local.
3ra generación de fueguinos.