La Biblioteca Popular Sarmiento en la historia de Ushuaia.

El próximo domingo la biblioteca popular Sarmiento festejará su cumpleaños Nro. 100. La fotografía la muestra tal cual era en los tiempos de su fundación.

En una ciudad ubicada en el extremo del mundo, una biblioteca popular abre caminos que atravesarán vidas enteras. En sus libros conviven otras geografías, otras épocas y distintas maneras de comprender la vida. A su alrededor se encuentran vecinos de todas las edades, con sus preguntas, experiencias y deseos de aprender. La historia de la Biblioteca Popular Sarmiento forma parte de esa construcción colectiva que, desde hace un siglo, acompaña la vida de Ushuaia.
Aunque fue inaugurada el 8 de noviembre de 1926, la aspiración de contar con una biblioteca en esta alejada región reconoce antecedentes anteriores. El cuarto gobernador, Félix A. Carrié (1899–1902), menciona en algunas de sus memorias una ‘‘biblioteca de la Gobernación’’ que, al parecer, también contaba con ejemplares de su propiedad. Asimismo, existen referencias a una biblioteca popular en el antiguo edificio de la Gobernación, conocido como ‘‘El Cabildo’’, ubicado en la actual esquina de Maipú y Lasserre, aunque se desconocen mayores detalles sobre su funcionamiento.
Durante la gestión de Manuel Fernández Valdés (1905–1917) aparece documentación sobre una Comisión pro Biblioteca Pública, creada por decreto el 23 de julio de 1906. Pese al entusiasmo local, la respuesta del Gobierno nacional, en diciembre de ese mismo año, fue terminante: ‘‘Hágase saber a la gobernación que no hay fondos con que atender el presente pedido y resérvese en el archivo’’.
Hubo que esperar hasta 1926 para que una nueva comisión lograra concretar el proyecto. La integraban Jorge Reynoso, como presidente; Manuel Arce, como vicepresidente; Gerardo R. De Masi, como secretario; Hugo Rodríguez, como tesorero; y los vocales Diego Recoviche, Barcleit Fadul, Antonio Vrsalovich, Luis Fique y Jorge Canga Quiñones.
La biblioteca se instaló en un terreno que había sido reservado para utilidad pública en 1902 y que le fue otorgado oficialmente en el solar 1 de la manzana 8, próximo a la esquina sudeste de San Martín y 25 de Mayo. La parcela quedó finalmente reducida a 18,70 por 24 metros, en el límite norte del sector donde posteriormente se construiría el Hotel Canal Beagle. El Ministerio de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, a cargo de Antonio Sagarna, autorizó mediante una resolución del 7 de septiembre de 1926 a la Dirección de la Cárcel de Ushuaia a colaborar con la mano de obra, la elaboración del mobiliario y la instalación eléctrica, entre otras tareas. Y así pudo materializarse una iniciativa largamente postergada.
Una evocación de aquellos primeros tiempos pertenece al médico Carlos Adolfo Félix Musso Audisio, quien escribió en su libro ‘‘Relato de un médico fueguino’’:
‘‘…Calle por medio, estaba la biblioteca pública “Domingo Faustino Sarmiento”. En sus sencillas y escasas estanterías se alineaban textos de temas varios, que en el verano descansaban, pero en el otoño y el invierno, visitaban todos los hogares, satisfaciendo el gusto por la lectura de ushuaienses añosos o enfermos. En cambio, la mayoría de los jóvenes y niños, generalmente concurrían a la biblioteca soportando las inclemencias del clima y desafiando el peligro de las resbaladizas calles, cubiertas de hielo. Era muy placentero, sentarse sobre el alfombrado piso y leer al calor de la estufa a leña, mientras se apreciaba el chisporroteo de los fragantes troncos…’’
El edificio también fue escenario de acontecimientos que dejaron su huella en la memoria de la ciudad. En 1930 albergó a varios náufragos del Monte Cervantes. Cuatro años después recibió al escritor Ricardo Rojas, confinado político en Ushuaia, quien dejó en el libro de visitas una reflexión sobre Tierra del Fuego y el papel que debía cumplir la biblioteca:
‘‘Estas islas australes, ricas y hermosas, fueron infamadas por el hombre, y el hombre mismo deberá limpiarlas de esa infamia. El testimonio de primitivos navegantes, mantenido por la rutina; el exterminio del indio, obra de injustificable barbarie; el fraude de las tierras, acaparadas por la codicia de unos pocos; los confinamientos penales, extendidos por la tiranía a los ciudadanos patriotas; el aislamiento geográfico, que la Marina puede suprimir; la ignorancia metropolitana, el autoritarismo burocrático, las leyes anacrónicas, la inercia oficial y hasta las exageraciones de publicistas frívolos, han sido causas de estancamiento o descrédito para las comarcas australes de nuestro país. Rectificar los errores del pasado y formar nuevas instituciones para el porvenir, es área fácil, que abriría en Tierra del Fuego una era de prosperidad. La biblioteca de Ushuaia, puesta bajo el nombre aleccionador de Sarmiento, debería convertirse en un centro de cultura regional, para difundir aquellas verdades y unir a su vecindario en la empresa de reclamar, para este feroz territorio, jerarquía más digna en el conjunto solidario de la civilización argentina’’. Ricardo Rojas, confinado en Ushuaia entre enero y mayo de 1934.
Con el paso de los años, la biblioteca y su edificio histórico siguieron caminos diferentes. En 1981, la construcción original fue trasladada a la esquina sudeste de San Martín y Juana Fadul, donde permanece en la actualidad. A mediados de la década de 1990 se convirtió en sede del organismo municipal de turismo. Más tarde, mediante la Resolución Nº 94 del 19 de septiembre de 2001, el Honorable Concejo Deliberante la declaró Patrimonio Cultural de la ciudad de Ushuaia.
Por su parte, en 1996 la Biblioteca Popular Sarmiento pasó a contar con una nueva sede de más de 500 metros cuadrados, ubicada sobre la vereda norte, en el extremo oeste de la calle San Martín. Su concreción fue posible gracias al aporte del Instituto Provincial de la Vivienda (IPV).
Los recuerdos se reparten entre ambos edificios: el primero –hoy oficina de turismo- conserva la impronta de la arquitectura fueguina y las historias de quienes encontraron allí lectura, abrigo o refugio; el segundo dio continuidad a la institución y abrió una nueva etapa en su relación con los vecinos. Ambos forman parte de una misma historia, sostenida por el esfuerzo de una comunidad que decidió hacer del conocimiento un bien compartido.
Al cumplir cien años, la Biblioteca Popular Sarmiento nos invita a pensar en el lugar que damos a la cultura en nuestra ciudad. En una Ushuaia construida con historias de tantas procedencias, una biblioteca popular ayuda a reconocernos, resguarda la memoria local, acompaña a nuestros autores y acerca a las nuevas generaciones al territorio que habitan. Su carácter popular expresa, además, la voluntad de los vecinos de organizarse para que el acceso a la lectura y al conocimiento esté al alcance de todos.
El mejor homenaje a este siglo de historia será asegurar que la biblioteca siga viva, con recursos, lectores y participación comunitaria. Que quienes crecen hoy en Ushuaia encuentren en ella un lugar propio, como lo encontraron aquellos niños que llegaban desafiando el hielo para leer junto a una estufa.
Una ciudad que cuida su biblioteca conserva la posibilidad de comprender de dónde viene y de imaginar, entre todos, hacia dónde quiere ir.