Anemia: Consecuencia más que causa

“Tenés anemia”. Muchas personas escuchan esta frase después de hacerse un análisis y piensan que ya encontraron la explicación de su cansancio. Sin embargo, hay una pregunta que todavía necesita respuesta: ¿por qué apareció?

La anemia es uno de los problemas de salud más frecuentes en el mundo. Hablamos de anemia cuando la concentración de hemoglobina en la sangre está por debajo de los valores esperados para la edad, el sexo y determinadas situaciones, como el embarazo.

La hemoglobina es una proteína de los glóbulos rojos que transporta oxígeno desde los pulmones hacia el resto del organismo. Cuando disminuye, la sangre puede transportar menos oxígeno. De allí surgen muchas de las manifestaciones asociadas con la anemia: cansancio, debilidad, falta de aire al hacer esfuerzos, mareos, dolor de cabeza, palpitaciones o menor rendimiento físico.

Pero quizá el concepto más importante sea otro: saber que una persona tiene anemia no alcanza para explicar qué le está pasando. También debemos identificar su causa.

Un problema que afecta a millones de personas

Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, en 2023 aproximadamente el 30,7 % de las mujeres de entre 15 y 49 años presentaban anemia: prácticamente una de cada tres.

Las causas son numerosas: enfermedades inflamatorias o crónicas, infecciones, trastornos hereditarios, falta de determinados nutrientes y pérdidas de sangre, entre otras.

La deficiencia de hierro es la causa más frecuente de anemia. Por eso, nos vamos a detener en ella, sin perder de vista que no todas las anemias se deben a la falta de hierro.

Tener poco hierro no siempre significa tener anemia

Tener poco hierro y tener anemia no significan exactamente lo mismo.

La disminución de las reservas de hierro del organismo se conoce como ferropenia. Si durante un tiempo prolongado incorporamos y absorbemos menos hierro del que necesitamos para compensar las pérdidas y cubrir las necesidades del organismo, esas reservas comienzan a agotarse. Más adelante, puede afectarse la producción de hemoglobina y aparecer una anemia por falta de hierro, también llamada anemia ferropénica.

Por lo tanto, es posible tener deficiencia de hierro sin tener todavía anemia. Una hemoglobina normal no garantiza que las reservas de hierro sean suficientes.

Además, algunas molestias que habitualmente atribuimos a “la anemia” pueden relacionarse con la propia falta de hierro. Una persona puede presentar cansancio, dificultades de concentración o molestias en las piernas con necesidad de moverlas, incluso antes de desarrollar anemia. También pueden aparecer uñas frágiles o caída del cabello, aunque estas manifestaciones tienen muchas otras causas.

En ocasiones aparece un deseo persistente de consumir sustancias que no son alimentos, como tierra, o de masticar hielo de manera reiterada. Este fenómeno se conoce como pica y puede ser una pista para consultar.

Ninguno de estos síntomas, por sí solo, confirma una deficiencia de hierro. Por eso es importante separar dos preguntas: ¿la persona tiene anemia? ¿Tiene falta de hierro? La evaluación médica y los análisis correspondientes permiten distinguirlas.

Encontrar ferropenia es el comienzo, no el final

Una vez demostrada la deficiencia de hierro, el tratamiento puede corregirla. Pero queda pendiente una pregunta fundamental: ¿por qué falta hierro?

El balance del hierro es dinámico. Depende de cuánto incorporamos con los alimentos, cuánto logramos absorber, cuánto necesitamos y cuánto perdemos. Por eso, en muchas personas no existe una única causa, sino la suma de varios factores.

En las mujeres que menstrúan, las pérdidas de sangre —en particular cuando el sangrado es abundante— constituyen una de las causas principales de ferropenia. Pero incluso una pérdida que no parezca extraordinaria puede adquirir importancia cuando se mantiene durante años y se combina con una alimentación que no aporta suficiente hierro.

La alimentación forma parte central de esta ecuación. Comer pocos alimentos ricos en hierro, comer menos de lo que el organismo necesita o seguir determinadas dietas restrictivas puede favorecer el agotamiento de las reservas.

Esto también merece atención en las dietas vegetarianas o veganas cuando no están adecuadamente planificadas: importa tanto la cantidad de hierro que contienen los alimentos como la facilidad con la que el organismo puede absorberlo.

Una encuesta nacional de alimentación realizada en Australia, con datos de 2023 de personas de dos años en adelante, ofrece un ejemplo. El consumo promedio diario de carnes, aves y preparaciones elaboradas con ellas fue de 158 gramos en la población masculina y de 109 gramos en la femenina: aproximadamente un 31 % menos. La ingesta media de hierro también fue diferente: 11 miligramos diarios frente a 8,7, respectivamente.

Estos datos describen a la población estudiada y no demuestran, por sí solos, la causa de la ferropenia. Pero ayudan a entender por qué debemos considerar en conjunto cuánto hierro se ingiere, cuánto se necesita y cuánto se pierde.

Así, una mujer puede no tener menstruaciones especialmente abundantes ni llevar una dieta muy pobre en hierro. Sin embargo, la combinación de pérdidas sostenidas y un aporte insuficiente para sus necesidades puede generar, con el tiempo, una deficiencia.

Por eso hablamos de un problema multifactorial: varios factores pueden sumarse y modificar el balance del hierro a lo largo del tiempo.

Reconocer estos factores no significa atribuir automáticamente la falta de hierro a la menstruación o a la alimentación. Cada persona necesita una evaluación de su situación.

No todo depende de cuánto hierro ingerimos

Existe otro componente fundamental: la absorción.

Una persona puede consumir cantidades suficientes de hierro y, sin embargo, no absorberlo adecuadamente. Algunas enfermedades del aparato digestivo, como la enfermedad celíaca, pueden producir deficiencia de hierro. En ocasiones, esa deficiencia es una de sus primeras manifestaciones.

Algo semejante puede ocurrir después de determinadas cirugías para tratar la obesidad, porque los cambios en el aparato digestivo pueden disminuir la absorción de hierro y de otros nutrientes.

Por eso, cuando la ferropenia reaparece o no mejora como se esperaba, no alcanza con preguntar cuánto hierro consume una persona: también debemos evaluar cuánto logra absorber, si continúa perdiendo sangre y si puede cumplir el tratamiento indicado.

Cuando la anemia funciona como una señal de alarma

Hay un grupo en el que la búsqueda de la causa merece especial atención: los varones adultos y las mujeres que ya atravesaron la menopausia.

Cuando presentan anemia por falta de hierro sin una explicación evidente, deben investigarse posibles pérdidas de sangre en el aparato digestivo. Esas pérdidas pueden ser pequeñas, mantenerse en el tiempo y pasar inadvertidas.

Existen distintas enfermedades digestivas benignas capaces de producirlas. Sin embargo, también es importante descartar otras causas, entre ellas el cáncer colorrectal.

Esto no significa que tener anemia por falta de hierro sea sinónimo de cáncer. Significa que, en determinadas personas, puede ser una señal que permita descubrir una enfermedad que todavía no había dado otros síntomas.

La falta de hierro sin anemia no tiene el mismo significado ni implica el mismo riesgo. La necesidad de realizar estudios depende de la edad, los antecedentes, los síntomas y la situación de cada persona.

Tratar la falta de hierro, pero también su causa

El hierro puede administrarse por boca o por vía intravenosa. La elección depende de la magnitud de la deficiencia, la tolerancia, la capacidad de absorción y la situación clínica de cada paciente.

El tratamiento y la investigación de la causa pueden realizarse al mismo tiempo. No se trata de esperar a tener todas las respuestas para empezar a corregir el problema.

Identificar y, cuando sea posible, corregir las pérdidas de sangre, las dificultades de absorción o el aporte insuficiente ayuda a evitar que la deficiencia vuelva a aparecer. En otras situaciones, será necesario mantener el tratamiento y los controles durante más tiempo.

Administrar hierro sin preguntarnos por qué falta puede mejorar temporalmente un análisis y dejar pendiente el problema que originó esa deficiencia.

Quizá por eso la forma más útil de mirar una anemia sea ampliar la pregunta. No quedarnos solamente con “¿cómo subimos la hemoglobina?”, sino preguntarnos también: “¿por qué bajó?”.

Porque muchas veces la anemia es la consecuencia que nos permite encontrar la causa.


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