¿Construimos un turismo fueguino con identidad y calidad?

27 de septiembre: Día del Turismo.

El futuro turístico de la provincia depende, en buena medida, de reconocer qué debemos preservar y cómo queremos compartirlo con quienes nos visitan.

Un paisaje sin grandes estructuras puede sostener trabajo, despertar el deseo de viajar y guardar una memoria que ninguna inversión conseguiría reconstruir. En Tierra del Fuego necesitamos incorporar ese valor a las decisiones públicas antes de transformar el territorio. El futuro turístico de la provincia depende, en buena medida, de reconocer qué debemos preservar y cómo queremos compartirlo con quienes nos visitan.

Todavía persiste una idea de progreso que identifica lo productivo con la ocupación visible del espacio. Desde esa mirada, una costa sin instalaciones o una montaña sin explotación parecen oportunidades desaprovechadas. Sin embargo, esos lugares pueden sostener actividades, brindar beneficios ambientales y conservar posibilidades futuras. La ausencia de galpones, torres o maquinaria no demuestra que un paisaje sea ocioso. Tampoco necesitamos intervenir cada rincón para justificar su existencia.

Para un destino que invita a conocer el fin del mundo, la integridad del paisaje forma parte de su propuesta. Una intervención mal localizada puede afectar aquello que motiva el viaje, empobrecer la experiencia y trasladar costos a prestadores, trabajadores y vecinos. Esas pérdidas deben entrar en las cuentas cuando se evalúa un proyecto, junto con sus beneficios y los empleos que promete generar.

Por eso necesitamos identificar anticipadamente los paisajes, sitios históricos y bienes patrimoniales cuya alteración podría comprometer oportunidades. Un inventario provincial debería registrar los atractivos reconocidos y también aquellos poco conocidos, todavía sin servicios o pendientes de investigación. Tendría que señalar su fragilidad, sus valores culturales y las condiciones necesarias para conservarlos. Esperar a que un lugar reciba excursiones para reconocer su importancia puede resultar demasiado tarde.

Ese conocimiento debe orientar la localización de obras y actividades productivas. Antes de decidir, corresponde comparar alternativas de ubicación, escala y tecnología; estudiar qué usos existen y cuáles podrían desarrollarse; y considerar los efectos acumulativos. Una sucesión de intervenciones aparentemente menores puede transformar una costa o un corredor escénico. Evaluar cada expediente por separado impide comprender lo que le está ocurriendo al conjunto.

Tierra del Fuego necesita energía, servicios y oportunidades laborales. Planificarlos exige que las áreas responsables trabajen juntas, con información pública y participación comunitaria desde el comienzo. También exige reconocer que puede haber localizaciones incompatibles con valores que decidamos preservar. La infraestructura turística debe responder al mismo criterio: un acceso, un estacionamiento o una construcción pueden degradar el atractivo que pretendían poner en valor.

Pero el paisaje fueguino contiene mucho más que belleza. En sus costas, caminos y edificios se inscriben historias de navegación, trabajo, encuentros y conflictos. Cuando conocemos esas huellas, cambia nuestra manera de mirar. Un sitio adquiere profundidad; deja de ser una imagen intercambiable y se convierte en un lugar con nombre, memoria y significado. Esa relación entre territorio e historia puede fortalecer la identidad del destino.

Para desarrollarla necesitamos investigación, conservación e interpretación. Recuperar una vivienda histórica, documentar un antiguo establecimiento o explicar un naufragio permite construir experiencias que trascienden la fotografía. El Saint Christopher, por ejemplo, puede integrarse a una lectura de la historia marítima de Ushuaia. Cada iniciativa debería apoyarse en fuentes verificables, distinguir los hechos de las leyendas y evitar relatos vistosos que terminen deformando nuestra historia.

Las culturas de los pueblos originarios requieren un lugar central, con participación de sus integrantes y respeto por sus propias voces. Su presencia debe comprenderse también en el presente.

Del mismo modo, la vida fueguina contemporánea merece espacio: trabajadores, familias, artistas y pobladores pueden aportar experiencias y memorias que amplíen la mirada del visitante. La identidad se fortalece cuando sus protagonistas participan en las decisiones y en los beneficios.

Esa tarea puede ayudar a diversificar recorridos y enriquecer sectores menos visitados, siempre que existan condiciones para recibir público. Distribuir visitantes requiere servicios, manejo y seguimiento; algunos lugares necesitarán límites estrictos. La calidad del destino dependerá de la experiencia ofrecida y de su compatibilidad con la vida cotidiana de quienes habitan la isla.

El Día Mundial del Turismo ofrece una ocasión para discutir estas decisiones y convertirlas en una agenda compartida entre universidad, Estado, sector turístico y comunidad. Necesitamos acordar qué paisajes proteger, qué patrimonio recuperar y qué conocimiento falta producir. Cada decisión territorial debería responder también por las oportunidades que conserva para el futuro.

En los paisajes viven historias que no debemos dejar morir. Cuidarlas supone conservar los lugares donde todavía podemos reconocerlas y permitir que sus protagonistas las transmitan. Allí hay una responsabilidad pública y una oportunidad para construir un turismo fueguino con identidad, calidad y continuidad entre generaciones.


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Diario Prensa
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