“Debemos defender que este brote no lleve el nombre de nuestra ciudad”

El Dr. Rubén Rafael se refirió a los riesgos no solo médicos del hantavirus.

El profesional de la salud recordó la historia del hantavirus “Sin Nombre”, descubierto en Estados Unidos en 1993, para explicar por qué asociar enfermedades a regiones o comunidades puede generar discriminación, estigmatización y graves consecuencias económicas.

Dr. Rubén Rafael.

Mientras crece la discusión sobre cómo debe denominarse el reciente brote de hantavirus detectado en la Patagonia, el médico Rubén Rafael compartió una de las historias más llamativas de la epidemiología moderna: el origen del denominado “virus Sin Nombre”, descubierto en Estados Unidos en 1993.

Según explicó el profesional, aquel episodio marcó un antes y un después tanto en el estudio científico del hantavirus como en el debate internacional sobre las consecuencias sociales y económicas que puede generar asociar una enfermedad con el nombre de una ciudad, región o comunidad.

Todo comenzó en mayo de 1993 en la región estadounidense conocida como “Four Corners”, donde confluyen los estados de Nuevo México, Arizona, Utah y Colorado.

Un joven atleta de 19 años perteneciente a la comunidad Navajo ingresó a un hospital con un cuadro respiratorio fulminante y murió pocas horas después. Días antes, su prometida había fallecido con exactamente los mismos síntomas.

Los pacientes comenzaban con un cuadro similar a una gripe —fiebre, dolores musculares y malestar general—, pero rápidamente desarrollaban una insuficiencia respiratoria severa. Sus pulmones se llenaban de líquido y terminaban muriendo asfixiados.

Los epidemiólogos de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) iniciaron entonces una investigación urgente.

En un primer momento se sospechó de peste bubónica, influenza mutada o incluso toxinas ambientales, aunque todas esas hipótesis fueron descartadas.

La pista decisiva llegó desde la propia comunidad Navajo.

De acuerdo con el relato difundido por Rafael, los ancianos de la reserva recordaron historias transmitidas oralmente durante generaciones sobre episodios similares ocurridos tras períodos de abundancia natural.

El invierno de 1992 y 1993 había estado marcado por intensas lluvias asociadas al fenómeno climático de El Niño, lo que provocó un crecimiento extraordinario de vegetación y alimentos naturales en zonas desérticas.

Como consecuencia, se produjo una explosión demográfica del llamado “ratón ciervo” (Peromyscus maniculatus), principal portador del virus. Al multiplicarse la población de roedores, muchos comenzaron a ingresar en viviendas humanas.

Los científicos analizaron muestras biológicas y descubrieron así una nueva variedad de hantavirus. Hasta entonces, estos virus eran conocidos principalmente en Europa y Asia por provocar síndromes hemorrágicos renales, pero en América se comprobó que atacaban especialmente a los pulmones, dando origen al hoy conocido Síndrome Pulmonar por Hantavirus.

Sin embargo, una vez identificado el agente infeccioso surgió otro problema inesperado: cómo llamarlo.

Tradicionalmente, muchos virus reciben nombres vinculados al lugar donde se detectan por primera vez. Ejemplos históricos son el virus Ébola —por el río africano del mismo nombre— o el virus Hantaan, identificado cerca del río Hantan, en Corea del Sur.

Pero en este caso la discusión derivó en un fuerte conflicto político, social y cultural.
Inicialmente, parte de la prensa estadounidense comenzó a hablar de “la gripe Navajo”, lo que generó episodios de discriminación y estigmatización contra integrantes de esa comunidad indígena. Según recordó Rafael, hubo comercios que les negaban el ingreso y hasta se suspendieron las actividades escolares por temor al contagio.

Ante esa situación, los líderes Navajo exigieron que el nombre oficial del virus no tuviera ninguna relación con su pueblo.

Luego se intentó utilizar la denominación “Four Corners”, aunque comerciantes, empresarios turísticos y autoridades de los cuatro estados involucrados rechazaron la idea por temor al impacto económico que podría provocar sobre la región.

Más tarde surgió otra propuesta: “Muerto Canyon”, en referencia a un cañón cercano al sitio del brote inicial. Pero el nombre también fue cuestionado debido a la carga histórica y simbólica del lugar, vinculado a antiguas masacres coloniales sufridas por el pueblo Navajo.

Finalmente, tras meses de discusiones y sin lograr consenso, los científicos tomaron una decisión tan práctica como inusual.

Para evitar conflictos políticos, daños económicos y nuevas situaciones de discriminación, el virus fue registrado oficialmente como “Sin Nombre Virus”, una denominación que había surgido inicialmente de manera provisoria.

Con el tiempo, aquel nombre accidental terminó convirtiéndose en uno de los casos más curiosos de la historia de la medicina y la virología moderna.

Para Rafael, la experiencia internacional demuestra que vincular enfermedades a ciudades o comunidades puede producir efectos duraderos mucho más allá de la emergencia sanitaria inicial. En ese sentido, consideró necesario evitar que Ushuaia quede injustamente asociada a un brote cuyo origen aún se encuentra bajo análisis, especialmente tratándose de una ciudad con fuerte proyección turística internacional.


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