Desarrollo sustentable: ¿para qué?

En otras oportunidades nos hemos referido a la importancia de concebir el desarrollo sustentable como una noción y una actitud política indispensable para llevar adelante un desarrollo deseado de las comunidades contemporáneas. El término ocupa prácticamente las agendas socioeconómicas del mundo actual, para aquellos polos poblacionales con desafíos tecnológicos constantes y dotación inicial de recursos vitales para el funcionamiento interno y exterior.
Si bien en artículos anteriores hemos rondado bastante el término, creemos necesario ir un poco más allá y retomar algunas cuestiones dadas en su origen y particularmente en su historia. El concepto de Desarrollo Sustentable, surge en los años 70, al calor de las exposiciones en la Conferencia sobre Ambiente y Desarrollo organizada por Naciones Unidas en 1972 en Estocolmo. Allí acaeció la primera discusión mundial sobre la relación entre desarrollo y ambiente, donde se puso de manifiesto, por primera vez a nivel mundial, la preocupación por la problemática ambiental global.
Una década después, para 1983, la Asamblea General de las Naciones Unidas creó la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, la cual tuvo su primera reunión al año siguiente, emitiéndose una agenda global para el cambio. En el año 1987, en el célebre Informe Brundtland (denominado Nuestro Futuro Común), se formalizó por primera vez el concepto de desarrollo Sustentable que lo define como aquél que logra satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de satisfacción de las futuras generaciones.
Llegados a este punto, creemos indispensable aclarar que la línea de pensamiento a la que adscribimos, remite particularmente al mundo del hombre, un hombre que como sujeto activo y como parte del ecosistema, comparte espacio físico e interactúa con el patrimonio natural que se encuentra disponible. Este patrimonio natural, solemos llamarlo bosque nativo, agua, suelo, paisaje, pesca, ciudad… y conforma el sustento real del desarrollo humano en su más amplia dimensión.
En todo caso, la gente identifica gran parte de ese patrimonio natural mencionado en el párrafo anterior con el término de recurso natural, aunque es necesario aclarar que esta noción está íntimamente relacionada a la forma capitalista de desarrollo (el sistema social y político en el que vivimos) y que por tal razón se encuentra íntimamente vinculado a la economía ambiental más que a las denominadas ciencias de la naturaleza. Y es en este punto, que aflora entonces un problema conceptual e ideológico en torno a cómo concebir la relación entre actividad humana y medio natural en cuanto al uso y utilización de los denominados “recursos naturales”. En rigor de verdad, nos encontramos frente a una discusión que ya hemos identificado con la necesidad de embarrar las ciencias del ambiente, cuando nos referimos a la importancia que aquellos que se desempeñan en el mundo académico y científico conjuguen sus aportes teóricos con las reales necesidades de sus comunidades, que quizá los necesite más en las calles y menos en los laboratorios.
Es por ello que es importante entender que existen, a la hora de concebir el recurso natural desde el tan mentado Desarrollo Sustentable, dos concepciones bien diferenciadas. Y quizá el punto de inflexión entre ambas esté dado por entender que el recurso natural es un bien que representa fuentes de riqueza económica y que muchas veces el uso intensivo de algunos puede llevar a su agotamiento, parcial o total. Pero no es menos cierto que en el mundo actual, con el nivel de crecimiento poblacional, especialización industrial y complejidad de los asentamientos humanos, se torna fundamental fomentar la competitividad y el aumento de la productividad para el desarrollo económico y social, mediante la gestión sostenible de los recursos naturales. Es por ello, que aceptando esa complejidad, que está atravesada siempre por la política en todos los niveles (soberanía, gobierno, empresa y consumo popular) es necesario tener en cuenta el origen primario de la discusión alrededor del concepto de desarrollo sustentable.
Tal es así que en los albores del siglo XXI, la problemática se arraigó en muchos sectores sociales, superando algunos espacios académicos en la que se desenvolvía hasta entonces, lo que desembocó en la conferencia de Río de Janeiro, donde nace la Agenda 21, realizada en el año 1992, de gran impacto mediático mundial.
Desde la Conferencia de Río de Janeiro comenzó un camino de profundización del concepto de desarrollo sustentable, con candentes debates que ha llevado a variados matices originados en distintos sectores de nuestra sociedad, pero que en mayor o menor medida han respondido a dos caras bien diferenciadas: o el desarrollo sustentable debe remitir a una postura conservacionista de los recursos naturales, o debe propiciar su tratamiento en términos de uso racional, con control de estándares de calidad en relación a las actividades extractivas y de proceso industrial. Estas dos caras marcan la diferencia de visiones y políticas ambientales que se desarrollaran durante los siguientes veinte años.
Es por ello que creemos necesario rescatar dos de aquellas visiones, sumamente actuales en las decisiones que hacen a la intervención de recursos naturales. La primera de ellas, se encuentra vinculada a la mera reducción de un tipo de crecimiento económico medido solo a través del Producto Interno Bruto o del ingreso per cápita. Esta visión no incluye revisión de patrones de consumo ni de producción de bienes, sino que se limita al uso de recursos naturales sin incorporar problemas territoriales como la pobreza o la exclusión social. Definitivamente, este es un desarrollo sostenible netamente subordinado a lo económico. Por otro lado, existe una corriente, cada vez más fuerte, a la que el gobierno nacional ha adherido a través de sus políticas socioambientales, en cuyo seno prima la satisfacción de necesidades básicas (como alimentación adecuada, trabajo, bienes y servicios, salud y educación) que implica la superación de la pobreza extrema y su consiguiente vulnerabilidad a las consecuencias ambientales. En este contexto queremos recordar el importantísimo aporte que ha realizado R. Guimarães en el 2003, quien incorpora la sostenibilidad social al concepto de desarrollo sustentable y cuyo objeto fundamental tiene como finalidad el mejoramiento de la calidad de vida de la población.
En fin, decidimos exponer estas dos caras del tan mentado desarrollo sustentable, para que el lector pueda contar con elementos de crítica a la hora de evaluar los discursos y las acciones de los responsables de lograr el equilibrio entre las relaciones de las comunidades con su medio natural. No se trata de dos caras de una misma moneda, como suele decirse, sino de dos concepciones que demuestran siempre naturalezas ideológicas contrarias y proyectos políticos contrapuestos y que aunque no son las únicas, representan las típicas miradas sobre el desarrollo sustentable aplicado a la gobernanza de recursos naturales y del patrimonio natural.



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