Diría el Dr. Tangalanga: ¿En qué sentido me lo dice?

Por Juan José Mateo
Licenciado en Historia.
Miembro del Instituto de Estudios Fueguinos

Las denominadas vacaciones de verano, para aquellos que puedan gozarlas en enero, en variadas ocasiones nos encuentran de visita en la casa de nuestros padres, la casa donde transcurrió nuestra infancia y parte de nuestra adolescencia. Una conducta común es que luego de las fiestas y en momentos de total ocio familiar, comenzamos a revisar las cajas y cajones de lo que en el pasado fuera nuestra habitación.

Bajo la maraña estratificada de recuerdos, resurgen objetos que nos trasladan a diferentes momentos de nuestra vida. Esa magia siempre presente en el pasado material se hizo visible en mi caso este fin de semana pasado, cuando revisando los cajones de un viejo mueble empotrado, me reencontré con un viejo casete original titulado “Los llamados telefónicos del Dr. TANGALANGA, [Raúl Tarufetti]” editado por “Trípoli Discos”.
Para la generación centennial (los nacidos en este siglo y criados en la era hiperdigital) hablar de cassettes es mencionar un término desconocido. Quienes transitamos los cuarenta, podemos dar fe que se trata de un término en desuso, pero muy presente en nuestra adolescencia. Aunque para incluir a todos en el universo del Dr. Tangalanga, procederemos a explicar someramente de qué se trataba aquella tecnología sonora dispensada en los aparatos “grabadores”:
En nuestra niñez por ejemplo, los medios para reproducir música en nuestros hogares eran los tocadiscos (cuya plataforma de sonido eran estructuras circulares de vinilo) y después estaban los denominados reproductores/grabadores de cassettes, pequeñas carcasas plásticas rectangulares, que contenían una cinta magnética que reproducía la música tras su paso por un cabezal ubicado en el aparato reproductor que contaba con una botonera básica para “dar play”, rebobinar, pausar y grabar.
¿Cuál era la particularidad entonces del cassette y qué estrecha relación tiene con una de las leyendas del humor criollo de fines del siglo XX? Adentrémonos en la increíble historia del Dr. Tangalanga, el inventor del género del humor soez de las bromas telefónicas.

 

El hombre y el repentino
nacimiento de un genio del humor

 

Julio Victorio de Rissio (el nombre real del inefable Dr. Tangalanga) nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1916, pero no fue hasta sus 42 años que De Rissio comenzaría a desarrollar el género del humor más allá de los límites de su entorno íntimo. De manera accidental y con motivo de alegrar el padecimiento de un amigo llamado Sixto que se encontraba postrado por una enfermedad que le había paralizado la mitad izquierda del cuerpo y al cual De Rissio visitaba tres veces por semana, recibió la propuesta de hacer justicia con un veterinario que tenía un perro que molestaba a sus vecinos y cobraba precios elevados por los tratamientos a las mascotas.
En este punto y tal como debimos hacerlo con los cassettes, hay que advertir a los jóvenes de hoy que los teléfonos celulares no existían en aquella época, sino sólo el teléfono de línea, aparatos con tubos de dos salidas para escuchar y hablar, alimentados por una carcasa con disco o botonera que servía para “marcar” el número de destino con el que se pretendía mantener una comunicación. Un cable de línea telefónica permitía conectar entonces los teléfonos fijos y de uso público. El problema era que al no existir la telefonía personal móvil, si uno no encontraba a la persona en su domicilio u oficina, donde estaba el aparato telefónico, no podía comunicarse.
Por suerte para sus fanáticos y seguidores, De Rissio no encontró al veterinario cuando lo llamó en el momento, razón por la cual, le ofreció a su amigo realizar el llamado cuando llegara a su casa y grabar la comunicación telefónica a través de un aparato que se colocaba en el audífono del tubo, para mostrarle el resultado la próxima vez que fuera a visitarlo.
A este accidental suceso ocurrido en 1958, basado en la entrega y el cariño más puro de un hombre que quería alegrar a su amigo convaleciente, los fanáticos debemos el nacimiento del “Dr. Tangalanga”. Luego de escucharlo, su amigo comenzó a reproducirlo a todas sus visitas por el grado de ocurrencia, la forma floreada de los elocuentes insultos propinados en el llamado y el humor original que De Rissio desplegaba.
Desde ya que el enfermo solicitó a De Rissio que realizara nuevos ajusticiamientos. “Fue así como la segunda víctima (en palabras de Tangalanga) fue “un tipo que había vendido su almacén y puso la guita en un sanatorio”. Provocador y ocurrente, Tangalanga se despachó en ese segundo llamado con genialidades como: “Santoro fue ahí con un dolor de oídos que se moría y ustedes lo operaron de los meniscos. ¡Y la anestesia le hizo efecto cuando él vio la cuenta!”…

 

Trascender en el underground

 

Luego de la muerte de su amigo Sixto en 1965, De Rissio dejó de realizar llamadas hasta que 1980, producto de una enfermedad que lo mantuvo un tiempo en su casa sin poder salir, retomó las bromas telefónicas para consolidar el mito del Dr. Tangalanga (alias Raúl Taruffetti) como se lo empezó a conocer en los círculos de seguidores que conseguían las cintas de este particular bromista telefónico.
Ocurre que los cassettes, a diferencia de los discos de vinilo, eran vendidos también en versiones vírgenes, en los que se podían grabar música, programas de radio y todo tipo de sonidos, incluyendo llamadas telefónicas…
Fue así como “las cintas” de los llamados del Dr. Tangalanga a partir de la década de 1980, fueron pasando de mano en mano en los círculos de aficionados que morían de risa al escuchar las genialidades de un humorista que estaba obligado a no poder dar la cara por temor a las represalias de las víctimas, muchas de las cuales habían manifestado sus expresas intenciones de ajustar cuentas con aquel atrevido personaje.

 

¡Será Justicia!

 

Las víctimas se contaban por decenas en cada cassette y abarcaban un amplio espectro: comerciantes locales y extranjeros en el país (preferentemente coreanos y chinos), productores y pequeños empresarios, profesionales de la medicina, músicos, voces de “célebres” y artistas, obreros y operarios de la construcción y agentes de todo tipo de servicios urbanos, trabajadores/as de la nocturnidad, estudiantes universitarios y público en general al que el Dr llamaba para realizar encuestas sobre temas tan importantes como el caso Monzón, o el gol con la mano de Maradona contra los ingleses, del que nunca sabremos qué opinaba realmente el Dr, porque increpó de la misma manera a quienes opinaron que fue con la mano o que fue lícito (dos de los llamados de antología que revelan el principio rector de la estratagema de Tangalanga para crispar a sus circunstanciales víctimas: la subterfugia y constante provocación.
Sobre todos ellos, sin embargo, destacaba el ajuste de cuentas que el Dr. Tangalanga realizaba con videntes, parapsicólogos y toda persona ligada al negocio de las “ciencias ocultas” o paranormales (curanderos, “mae”, parapsicólogos, “cazafantasmas”, etc.). Por estos llamados y por todos aquellos que buscaban reparar las avivadas criollas de aquellos trabajadores o profesionales que no se tomaban “muy en serio su trabajo”, o jugaban con los tiempos y compromisos asumidos con sus clientes, el Dr trascendió como un justiciero anónimo, rol que llevó con total dignidad y que fue parte de la construcción de uno de los mayor hitos urbanos del undergroaund rioplatense.
Con un tono de voz adulta y totalmente particular, hipnótica para el oyente e irritante para la circunstancial víctima, Tangalanga hizo gala de una infinidad de recursos del lenguaje, combinando la elocuencia emocional con el humor, lo escatológico, el insulto esclarecido y el absurdo. Verdadera usina de ocurrencias oportunistas, puso a prueba los pilares de la paciencia de personas que a veces resultaban verdaderos acorazados de la moral altanera, pilares que el Dr socavaba magistralmente con la pericia que exige un tirabuzón quirúrgico.
El matafuego que me vendieron “no mata el fuego, apenas si lo hiere”; La persona “es tartamuda, ahora, se le nota únicamente cuando habla”; la nieve en aerosol que venden ustedes “¿es de aquí o es de Moscú?”; “¿Venden bombones con el relleno aparte?”; a un mecánico: “Yo pongo primera y parece que pusiera un explosivo. Lo único que no hace ruido es la bocina y la rueda de auxilio pedía socorro”. Y cuando era insultado enérgicamente por sus víctimas el Dr sólo se remitía a preguntar: “¿En qué sentido me lo dice?”. Estas y otra infinidad de genialidades, se iban multiplicando a través de las cintas grabadas y regrabadas en los años 80 y 90s en la Argentina.

La leyenda

Hay desde ya, otras facetas de Tangalanga: además de ser un gran contador de cuentos y chistes, siempre camuflado, realizó presentaciones en vivo con llamadas en directo. Visitó programas y fue reconocido por grandes artistas. No era para menos, con su genialidad alegró el corazón de muchísima gente. Su fortaleza artística, sin embargo, estuvo acompañada del enigma. El hombre se llamaba Julio y recién ahora podemos conocer su verdadero rostro. Si la naturaleza y el efecto de su arte lo hubiese permitido, la cara de Julio sin la característica gorrita y la barba postiza, nos hubiera revelado el rostro de un gran tipo, que se hizo famoso sin querer, por darle una mano a un amigo convaleciente. Por eso, sin desmerecer los círculos de la cultura en general, la fórmula de su éxito es anormal al ambiente artístico.
Tanta maldad elocuente no podía apagarse sino llegando al centenario. Finalmente Julio de Rissio decidió continuar sus bromas telefónicas en el más allá, cuando el 26 de diciembre de 2013, a los 97 años, se despidió para siempre de sus miles de acólitos y víctimas circunstanciales.
A nosotros nos queda el excelentísimo Dr. Tangalanga. Por suerte todos sus llamados lograron trascender los límites técnicos de las cintas grabadas y regrabadas del underground de entonces. Cientos de llamados trascendieron el tiempo y surgen remasterizaciones. Lejos de olvidarlo, hoy tenemos la posibilidad de seguirlo a través de sus canales oficiales en las redes sociales y sitios de internet. Encontrarán un universo increíble, un genio del lenguaje elástico y un humorista excepcional. Creador de un género específico del humor. La gran oral telefónica criolla y picaresca.
Por lo pronto, y esto es un aporte fundamental de Raúl Taruffetti para este siglo XXI que nos toca atravesar, ahora sabemos que ante cualquier insulto desproporcionado que nos brinden en nuestra vida cotidiana (porque hasta ahora, las puteadas e insultos parecen nunca pasar de moda), siempre podemos salir del paso preguntando como lo hacía el Dr. Tangalanga… ¿en qué sentido me lo dice?

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