Sus familiares la describen y homenajean.
Sobre el final del martes 7 de julio de 2026, se escapó volando hecha nieve uno de los seres más maravillosos que este mundo nos regaló: Kuky Rey, Kukita, la Negra, la Kuka, Mamucha o si quieren Carmen de la Cruz Rey, como la seriedad le decía.

Entre las manifestaciones de todo lo que somos, estoy convencida que Kuky logró ser casi todas — ustedes me dirán si no es así—, porque en su esencia siempre fue una artista de esas que moldean y recrean en cada momento de la vida un instante único y nuevo: la catarsis del vivir intensamente reivindicando la vida y el hacer en el mundo desde cada hecho cotidiano hasta el escenario del mundo.
Kuky deja en estas tierras un legado de amor, respeto, autenticidad y creación, desde su hacer en la educación, el arte, la maternidad y la vida: toda la cultura en ella vibró y se replicó. Llenó el imaginario de cientos (si digo miles me dicen que exagero) de niños y jóvenes con mundos nuevos de posibilidades desde cada aula, mostrándoles esa ventana de “lo que podés ser si te lo proponés y lo imaginás”. Aprendimos de ella a amar lo natural y lo creado, porque nos enseñó con el ejemplo vivo a deconstruir estructuras para arriesgarnos a superarnos creando nuevos mundos desde nuestras realidades, y a transmutarlas haciéndolas propias.
Cada canción en su voz tomaba otro color, se transformaba en una historia nueva cada vez, no importaba cuántas veces la haya cantado. Cada movimiento y cada palabra puestas en el cuerpo se reivindicaron en su “ser de la acción”, dándolo todo en cada intento, porque en esencia cada intento es el hecho en sí mismo y nada que se haga debe hacerse sin pasión. No, no hablo solamente del escenario, hablo de todos los espacios: la coordinación, la producción, la escena, la gestión y el proceso en sí mismo de levantarte cada mañana sabiendo que algo puede hacer de éste un lugar mejor, que en cada amanecer nace una nueva oportunidad.
Desde el confín del mundo, con el recurso mínimo, expandió un universo global que sostuvo desde el primer intento hasta el último aliento, gracias a su habilidad inmensa de crear desde la nada. Ella era eso: un dar desinteresadamente para que crezca la gente y el lugar que amó desde antes de haberlo pisado.
Hoy, en esta vorágine de lo instantáneo y pasatista, tal vez algunos no reconozcan su nombre, pero quisiéramos lo hagan, porque Kuky Rey es parte de la historia cultural y humana de nuestra Tierra de los Fuegos, de nuestra Ushuaia fin y principio. Y este momento de palabras, que no alcanzan bajo ningún punto a dimensionar el ser que ella ha sido y seguirá siendo (porque sólo muere quien ya no se nombra), es una pequeña llama de amor a su legado, a su integridad y su fortaleza como mujer, como ciudadana de este pueblo, como hacedora incansable de la cultura y la vida.
Porque la historia la escribimos entre todos, porque las personas que importan son las que nos hacen mejores como sociedad y debemos nombrarlas como lo merecen, más allá del tiempo y del espacio. Las palabras no van a ser suficientes para agradecer tanto que nos dejás en tu tránsito por este plano y estas Tierras, así que simplemente Gracias, Kuky, seguiremos haciendo del mundo un lugar mejor para honrarte en el hacer que nos hace.
Te amamos hasta el infinito y más allá, tus amores: el Tano, Aimé y yo, Emilia.