El país que viene

Este domingo 27 de octubre serán las elecciones generales que seguramente consagrarán un nuevo presidente de la nación para el periodo 2019-2023. La contundente diferencia obtenida por Alberto Fernández, lejos de toda especulación, avizora un triunfo en primera vuelta, aunque es imperioso aclarar que cualquiera sea el resultado electoral, el país que le tocará gobernar al futuro presidente será un potro herido, tan delicado como furioso.
La Argentina padece la endemia inflacionaria desde hace años, está en default técnico (en jaque mate financiero, podríamos decir) y con una recesión galopante. La economía argentina se encuentra en terapia intensiva y el clima representado en las clases bajas y los más necesitados acarician el termómetro de la tolerancia, que lentamente va moviendo el mercurio hacia la incómoda zona de la experiencia febril de no llegar a fin de mes. Cada mes que pasa son más los argentinos que transitan esa dura experiencia, mientras los índices de pobreza aumentan día a día.
Todo parece un “mal sueño”. Sin ir más lejos, hasta hace dos años la Alianza Cambiemos ganaba las elecciones legislativas con cierta comodidad, dejando al peronismo en la incómoda marca de las dos derrotas consecutivas (sólo había pasado en la historia entre 1983 y 1985). El dólar se encontraba estable en el rango de los $15 a los $19, no había cepo cambiario, era inminente la lluvia verde de inversiones y habíamos regresado al mundo de tan buena manera, que nos prestaron en dos años lo que jamás ningún otro presidente si quiera pudo atreverse a soñar. Claro que la friolera de miles de millones de dólares que nos dieron ahora hay que pagarlos… pequeño y desgarrador detalle…

¿Fue el de Macri un gobierno neoliberal?

Una confusión extendida pretende rotular al gobierno del presidente Mauricio Macri dentro del neoliberalismo. Pero teniendo en cuenta la experiencia de los años 90s en nuestro país, la gestión de Macri lejos está de poder clasificarse como neoliberal. Sobrados son los elementos que estarían indicando que lejos de achicar el Estado, lograr cierta estabilidad cambiaria y crecimiento sostenido de la economía, al menos en un periodo no inferior a cuatro años, el gobierno de cambiemos no pudo engalanar ninguno de esos logros. Quizá porque ni siquiera estaban en sus objetivos de fondo.
La “derecha moderna” que inauguró el macrismo puede identificársela más con slogans de una jerga especializada de comunicación que con la ortodoxia económica de viejo cuño, tal como la representaba Álvaro Alsogaray, Ricardo López Murphi y hoy quizá la encontremos en candidatos como José Luis Espert. Es importante tener en cuenta esto, porque los postulados de esos economistas podrían haber llevado a la actual Argentina a un esquema económico neoliberal. Claramente Macri no dio espacio a la ortodoxia económica y de hecho, los neoliberales de viejo cuño, desde hace tiempo son muy críticos del presidente a la luz de los resultados de la “heterodoxia contenida” llevada adelante por “el mejor equipo de los últimos 50 años”.
En este tema aún hay mucha tela por cortar, pero como advertencia al lector, podemos decir que conviene no confundir la actual restauración política conservadora a nivel regional con el régimen neoliberal que nuestro país y otros de la región supieron transitar durante la década de 1990. Ni siquiera el clima político institucional ni cultural actual puede asemejarse a la realidad de la década de los 80s, con una América Latina saliendo de las dictaduras militares, las generalizadas crisis de las deudas externas y los procesos inflacionarios e hiperinflacionarios de los países del Cono Sur.
El país que tomó Macri, si bien estaba con niveles de déficit fiscal alarmantes y con dificultades para generar empleo, tenía un ratio de deuda externa muy favorable para intentar equilibrar las cuentas nacionales y comenzar un circuito exitoso hacia el crecimiento. El país que dejó Cristina Fernández fue mucho más gobernable y estable que el que Alfonsín legó a Carlos Menem.

¿Y si vuelven los 90s?
El año pasado publicamos en esta misma columna un artículo que jugaba con el título con el que comenzamos este apartado. Explicábamos que el Plan de Convertibilidad diseñado por el Ministro de Economía Domingo Felipe Cavallo y el ingreso a la década de los 90s fue la creatura directa de la hiperinflación porque la exigencia primordial que tuvo la administración peronista de Carlos Menem a partir de 1989 fue liquidar a cualquier precio la inflación. Pretendía lograr la estabilidad económica para ver qué quedaba en pie y comenzar otro camino que dejara atrás la traumática experiencia de la crisis económica del gobierno de Raúl Alfonsín.
Más allá de la romántica década que encabezó Néstor Kirchner, donde la Argentina supo gozar de superávit gemelo y hasta darse el lujo de articular un fondo anticíclico de divisas para hacer frente a las épocas de vacas flacas, todo indica que el país que viene no tendrá marcos tan agradables de acción. Queda poco margen para volver al Estado benefactor sin que se produzca una gran licuación de salarios y el poder adquisitivo de la gente toque mínimos a los que todavía aún no hemos llegado.
Entonces, el presidente que viene deberá tomar un Estado quebrado, con una economía en recesión y con una crisis social en ciernes y deberá lograr la estabilidad económica, la paz social y sacar el aparato productor de la riqueza nacional del estancamiento en el que se encuentra. Con una situación similar debió lidiar Carlos Menem.
El 28 de octubre abriremos los diarios o los portales de Internet y un nuevo capítulo de la crisis Argentina deberá escribirse. No habrá luna de miel ni espacio para la crítica de la vestimenta de la Primera Dama. El país espera otros gestos. Habrá que seguir atentamente las medidas que se anuncien y no realizar juicios acelerados. Con suerte el nuevo presidente tendrá algunos días para realizar acuerdos y fijar una agenda capaz de contener las fuerzas centrífugas del mercado que ya descuenta un escenario al rojo vivo.
¿Y si vuelven los 90s porque no hay margen para otra cosa? Habrá que hacerlo bien, porque da la sensación que el gobierno de Macri se quedó a medio camino de todo y es hora de tomar decisiones que nos saquen de la inviabilidad económica en la que nos encontramos, quizá porque los que dijeron que iban a cambiar las cosas a nivel estructural, a fin de cuentas, no cambiaron nada.



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