El perro del correo y sus dientes humanos

En una ciudad donde muchas veces caminamos sin mirar, hay una escena que pasa desapercibida para casi todos.

En la esquina de San Martín y Godoy, frente al edificio de la deicina de Correos de Ushuaia, un monumento al cartero parece esperar a su fiel compañero, un perro que se recuesta a sus pies. La imagen es simple, casi silenciosa, pero encierra una historia que pocos conocen.

La escultura intenta representar a esos servidores públicos que, incluso en tiempos digitales, siguen siendo parte de la vida cotidiana, la espera de una carta, una noticia o una encomienda llegada desde lejos. Sin embargo, lo que primero llama la atención no es la escena en sí, sino un detalle inquietante.

El perro muestra los dientes.

En un gesto de ladrido congelado, exhibe unos caninos blancos, demasiado blancos, demasiado perfectos para tratarse de un animal hecho de cemento y yeso. Hay algo en esa dentadura que desentona, que obliga a mirar dos veces.

Y es detrás de ese detalle donde una historia aparece.

Como suele ocurrir con tantos elementos del espacio público, la escultura no ha escapado al maltrato. El cartero luce magullones en el rostro y el cuerpo, huellas visibles de una práctica tan frecuente como lamentable, en esta ciudad, las piedras y los idiotas parecen no agotarse nunca. Pero el daño mayor lo sufrió el perro, que fue quebrado por un golpe brutal, anónimo, tan cobarde como habitual.

La reparación quedó en manos de Antonino Pilello, artista entrañable de Ushuaia, responsable de varias obras que forman parte del paisaje cotidiano. A pedido del correo, aceptó reparar al perro con el cuidado y la sensibilidad que lo caracterizan.

Hasta aquí, una historia más de destrucción y reparación.

Pero lo interesante vino después.

Días antes de enfrentar ese trabajo, Pilello había pasado por el odontólogo. Y como también suele suceder, no llegó a tiempo, el diagnóstico fue implacable y terminó con la extracción simultánea de cuatro piezas dentarias. Cuando el profesional se disponía a descartarlas, el artista las reclamó y las guardó. No sabía exactamente para qué, pero intuía que tendrían algún destino.

Lo tuvieron.

Hoy, quienes se detienen a observar con atención al perro del cartero descubrirán que sus dientes no son una imitación. No son yeso ni pintura.

Son reales.

Son, precisamente, los dientes de Antonino Pilello.

Y así, casi sin proponérselo, ese pequeño rincón de la ciudad guarda una de esas historias mínimas que construyen identidad, una mezcla de arte, absurdo, violencia urbana y una cuota inesperada de humanidad.

Porque a veces, incluso en los detalles más extraños, una ciudad nos recuerda la bella locura de los queridos personajes que viven en ella.


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