El Saint Christopher está colapsando

Fotografía: Gentileza Leo Tabares

Hay algo profundamente revelador en la manera en que una sociedad trata a sus bienes patrimoniales. Porque el patrimonio histórico no habla solamente del pasado, habla de la comunidad del presente y del legado que estamos dispuestos a dejar hacia el futuro.

El deterioro visible del Saint Christopher no es únicamente el deterioro de un barco. Es también el síntoma de una forma de mirar la realidad. Una forma de gestión pública atrapada en la urgencia permanente, en el cálculo inmediato, en la lógica de lo descartable. Una mirada incapaz de comprender que la cultura, la memoria y el patrimonio no son adornos secundarios de una sociedad desarrollada, sino parte esencial de su identidad, de su autoestima colectiva y hasta de su potencial económico y turístico.

Durante años se pidió algo elemental: intervenir para evitar el colapso estructural de un símbolo histórico de Ushuaia. No se habló de construir un monumento faraónico ni de destinar recursos imposibles. Se habló de preservar. De estabilizar. De evitar que el tiempo terminara destruyendo definitivamente un bien irrepetible. Pero, una vez más, predominó la indiferencia.

Lo más preocupante es que esta indiferencia muchas veces encuentra eco incluso en parte de la propia sociedad. Apenas se menciona la necesidad de proteger un bien patrimonial, aparece automáticamente el argumento repetido hasta el cansancio: “primero están la salud, la educación o las calles”.

El problema es que esa frase suele funcionar más como excusa que como razonamiento serio. Porque después de años de abandono patrimonial, tampoco aparecen resueltos los problemas de salud, ni los educativos, ni los urbanos. Como si cuidar la cultura y atender las necesidades básicas fueran cuestiones incompatibles, cuando en realidad una sociedad madura debe ser capaz de hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Las ciudades más admiradas del mundo entendieron hace tiempo que preservar el patrimonio no es un lujo elitista. Es una inversión estratégica. El patrimonio genera identidad, pertenencia, educación, turismo, prestigio internacional y actividad económica. Pero además cumple una función mucho más profunda, le recuerda a una comunidad quién es y de dónde viene.

Tal vez por eso algunos le temen a la cultura. Porque la cultura obliga a pensar. Obliga a hacerse preguntas incómodas. Obliga a desarrollar sensibilidad frente al entorno y frente a la historia. Una sociedad sin memoria es más fácil de conformar, más fácil de banalizar y más fácil de convertir en una simple espectadora de su propio deterioro.

El Saint Christopher forma parte del paisaje emocional de Ushuaia. Su silueta erosionada frente al Canal Beagle no es solamente una postal turística: es un símbolo de la ciudad, un anclaje de memoria colectiva, un testigo silencioso de otra época. Cuando un símbolo así colapsa ante la indiferencia general, lo que se derrumba no es solo madera o acero. También se erosiona una parte de la identidad de la comunidad.

Quizás todavía estemos a tiempo. Pero el tiempo del patrimonio nunca es infinito. Hay momentos en los que la desidia deja de ser reversible. Cuando eso ocurre, ya no queda preservación posible, solamente queda el arrepentimiento tardío y el discurso nostálgico sobre aquello que alguna vez pudimos salvar y no quisimos hacerlo.

Una sociedad acostumbrada a vivir únicamente en la urgencia termina perdiendo sensibilidad frente a aquello que le da identidad y cuando eso ocurre, el deterioro material del patrimonio deja de generar dolor. Se naturaliza.

Entonces el barco se rompe. La casa histórica desaparece. El paisaje se banaliza. La memoria colectiva se erosiona. Poco a poco la comunidad deja de reconocerse a sí misma.

Ahí aparece el desarraigo. Porque nadie puede amar profundamente un lugar cuya historia desconoce o cuyos símbolos aprende a considerar “inútiles”. Cuando una sociedad deja de valorar sus anclajes culturales, comienza a vaciarse emocionalmente. El ciudadano ya no se siente heredero de nada; solamente ocupa un espacio físico de manera transitoria.

Una comunidad desarraigada suele ser más vulnerable, más indiferente, más fragmentada, menos comprometida con el bien común, menos capaz de defender su paisaje, su patrimonio y hasta su calidad de vida.

Por eso la cultura importa tanto. No porque sea un lujo intelectual, sino porque construye ciudadanía. La memoria colectiva ayuda a formar personas más conscientes del lugar donde viven, más orgullosas de pertenecer a él y más dispuestas a cuidarlo.

La imagen del Saint Christopher quebrándose puede leerse entonces como algo más que el deterioro de un viejo remolcador. Puede verse como la imagen de una sociedad que corre el riesgo de perder sus vínculos con su propia historia. Cuando una sociedad pierde esos vínculos, empieza a vivir en un eterno presente, sin raíces, sin profundidad y sin proyecto colectivo.

Quizás la pregunta más incómoda sea esta:

La imagen del viejo Saint Christopher colapsando, rompiéndose ante décadas de indiferencia. ¿No parece una metáfora de nuestra sociedad, de nuestra propia realidad?


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