Fueguinos perdidos en una rueda mágica

Uh!!! Los días en cualquier lugar, perdido en una inmensa ciudad, en una rueda mágica.
Y él. El ángel de la soledad, protege, lava y cura este mal, él no me abandonará.
Nuestra vida es un lecho de cristal y ésta vida, está hecha de cristal.
Fito Páez – La rueda mágica

Transcurre el mes de febrero y una gran parte de los fueguinos retornan a la isla renovando promesas, votos y sobre todo, sueños. En algunas oportunidades, sobre todo para fin de año, hemos reflexionado en esta columna sobre el fenómeno del éxodo estacional con motivo de las fiestas. Quizá toque el turno ahora de concebir a ese viajero fueguino en su regreso, es decir, centrando la mirada en el que retorna.
¿Qué experimentamos al regresar del norte, quizá de una inmensa ciudad? ¿Los mecanismos y las sensaciones de irse y regresar cada fin de año suelen estandarizar los sentimientos de desarraigo? ¿Acaso para muchos vagar en una especie de rueda mágica ya es un estilo de vida adquirido? ¿Y qué ocurre con aquellos que por cuestiones económicas no han podido viajar y pasaron las fiestas en forma solitaria con su núcleo familiar mientras la familia extensa brindaba en el norte evocando su presencia?
Es sabido que este fin de año que pasó se vivió con cierto estupor. Fue un fin de año de recambio de autoridades políticas en todos los niveles y el contexto económico y social no fue benévolo en lo absoluto. Ni aquí ni en ningún otro rincón del país.

Los que viajaron y retornaron

¿Quienes viajan? Nadie dudará en afirmar que sobre fin de año retornan a sus lugares de origen los miembros de la gran familia estatal fueguina y los operarios de fábrica en el periodo estacional. Los hay de otros rubros, desde ya, pero en la isla, estos son los viajantes más característicos por el peso que ocupan en el entramado social y económico regional.
¿Qué le pasó a esta gente cuando viajó? Se fueron pensando en descansar o en cansarse más, pero esta vez a gusto. Las denominadas “vacaciones” suelen ser periodos de mucho trajín también, donde, en definitiva, muchos se cansan igual pero de otra manera.
Desde ya que suele decirse que las vacaciones sirven para despejar la mente. En realidad, también se suele ejercitar el pensamiento en la medida que se comienza a trazar el plan personal y familiar anual. Y sobre todo, hay también una reflexión, una meditación que va un poco más allá, en dónde la pregunta clave es: ¿qué irá a pasar este año que comienza? En este caso, se conciben posibles escenarios y sobre ellos las personas proyectando a futuro de acuerdo a sus deseos, se juegan su situación entre la proactividad personal y los límites que dictará la realidad.
El lugar que ocupen en la rueda mágica del ir y venir, de visitar esa inmensa ciudad que representa el norte, de abandonar la soledad del aislamiento donde lo verdaderamente querible se encuentra allende el mar, dictaminará seguramente un nuevo año donde el objetivo será transcurrir lo que viene de la mejor forma posible. Y en esta oportunidad, lo que viene, viene particularmente incierto. Quizá el plan entonces simplemente sea un “hasta la vista” al norte.

Los que se fueron

¿Y si la cosa cambia para bien? Entonces muchos de los que se fueron por las condiciones económicas adversas estarán esperando el ansiado retorno. Un retorno que sabe a un “toque y me voy”. O más bien, a “un llego para regresar” al norte a fin de año, como manda la costumbre. Después de todo, la isla es un lugar de paso, un purgatorio bien remunerado que vale la pena penar.
Lejos de culparlos, el énfasis debe residir en la ontológica concepción de la fueguinidad post década de los 70s, donde al amparo de la enigmática Ley 19.640, comenzó el exponencial crecimiento demográfico que convirtió a Tierra del Fuego en el baby boom de la radicación industrial.
Estos viajantes son el verdadero exponente del milagro fueguino. “Veni, vidi, vici” podrán esgrimir a sus congéneres del norte. Retornan orgullosos a su lugar de origen, mientras conviven muchas veces introvertidos ante los ojos de quienes los vieron llegar por primera vez.
Para ellos la rueda de la isla mágica es un juego de extremos. De llegar y marcharse cuando el canto del gallo anuncia un nuevo amanecer de la industria; o las nubes densas cubren el horizonte y la noche congela los anhelos de progreso, el gran sueño fueguino. Poblar Tierra de Fuego es hacer patria, dirán los nacidos y criados durante el siglo XX. Desde ya que es eso, pero también lo es progresar.

Retornar a la isla, ¿para qué?

Lo que va quedando claro es que, al menos desde la década de 1980, con altibajos más o menos espasmódicos, la rueda mágica fueguina parece no detenerse. En este 2020, particularmente, existe una ansiedad general de que las condiciones económicas mejoren. Es verdad que este sentimiento es compartido en todas las latitudes de la Argentina, pero estar mal en Tierra del Fuego, a la vista de los imperativos del imaginario regional, es inadmisible. Quizá a la isla se venga a sufrir, pero padecer las condiciones del extremo austral sin progresar, es cuanto menos inadmisible. El progreso debe ser la quintaescencia de poblar una “zona desfavorable”.
Es en este punto, donde los fueguinos descubrimos que es posible que la vida en esta zona esté hecha de cristal. Un material noble, pero extremadamente frágil. En efecto, la isla es una gran cristalería donde pueden fabricarse los más empinados sueños, pero éstos, frágiles en su naturaleza, pueden sucumbir ante el mínimo golpe de cualquier condición adversa. Así es como muchos viven el sueño fueguino del progreso, siempre con el temor que la voz potente de la soprano de los tiempos, la escasez, rompa el frágil cristal en el que se basa la cíclica y fugaz bonanza regional.
Con todo, vivimos en un lugar donde la pregunta frecuente es “¿cuándo viajás?”. Mientras a nadie se le ocurre preguntar “¿cuánto hace que no salís de la Isla?”.

Aislados

Un ejercicio interesante sería plantear entonces la fisonomía de los que suelen no viajar. Aquellos territorianos para los que el viajar no está contemplado en su modo de ser fueguinos.
Aquí nos adentramos en un punto interesante y quizá poco explorado. ¿Quiénes preguntan por ellos? ¿Y si nadie o muy pocos los esperan en el norte? ¿Acaso los nacidos y criados de primera generación deben seguir la senda de sus progenitores? Viven en el barrio que los vio nacer. ¿Para qué o por quién viajar?
Estos fueguinos vivencian el territorio de una forma completamente diferente. Como aquellos pobladores que se atreven a terminar sus días en esas características casas construidas cuando Ushuaia y Río Grande eran pueblos grandes. La mayoría de la gente los descubre en los obituarios.
Emergen entonces los conocidos de siempre, las anécdotas interminables de aquellos que vivían las épocas donde todos los rostros tenían nombre, apellido y apodo. Para estos fueguinos, la isla es su verdadero continente. Aislados, a su modo, en una inmensa rueda mágica, donde el paraíso y el infierno del pueblo chico, desbordan los diarios íntimos de inconfesables secretos que al final, terminan siendo conocidos por todos.
A estos “aislados” de la rueda mágica, dedicaremos nuestra próxima publicación.



Diario Prensa

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