Karukinká…

Karukinká…

En antiguas fotografías de los años 40 se identifica, en el extremo de la esquina de Maipú y Godoy, una edificación que pudo haber tenido un uso oficial, posiblemente de la Policía, al igual que la de al lado, que funcionó como Juzgado de Paz en algún momento.

Pasaron los años y se mantuvo en pie hasta bien avanzados los 80, con notables reformas, especialmente en lo que concernía a su fisonomía y dimensiones.

Su última década “de vida” la dejó para siempre en la historia de muchos ushuaienses que encontraban allí los fines de semana, un lugar de diversión y de dulces encuentros. Se trata de la inolvidable “Karukinká”, con su recordado eslogan “La discotheque que le pone música a la noche fueguina”.

Para ubicarnos en la época: si entraban al boliche 400 personas, 300 eran varones. Por lo tanto, si lograbas ir con una acompañante y te daban ganas de ir al baño, al salir seguro que la chica ya no estaba o, en el mejor de los casos, la encontrabas rodeada de buitres dispuestos a todo.

Karukinká…

A Karukinká se accedía por una puerta pintada de blanco que miraba al oeste, se ingresaba a un guardarropa y, posteriormente al salón, con una pista de baile en el centro y una barra recostada sobre la derecha. Se podía pedir cualquier bebida, con o sin alcohol, como la típica whiscola o la nada fácil de preparar “vaina chilena”, hecha a base de vino tinto dulce, coñac, vermouth blanco, yema de huevo y canela. Todos los tragos prometían una dura resaca.

Su diseño interior asemejaba una cueva que rodeaba la pista principal y, al fondo a la derecha, se encontraban los sanitarios, a los que, por las luces encandilantes de la pista, se llegaba casi tanteando. En el otro extremo, y en un espacio ampliado y más íntimo, se accedía a una segunda pista de baile de menor tamaño, con un desnivel y una ventana que daba a la calle Maipú, junto a un hogar que resultaba ideal para “los lentos” (me refiero a la música). Lindante a ese último sector se hallaba un amplio “reservado”, con varios sillones y casi sin iluminación, al que algunos atorrantes llamaban “el matadero”. Al entrar a ese rincón del edificio no era recomendable soltar la mano de tu pareja: podías perderla tragada por la oscuridad de la noche.

Mientras Willie hacía malabares con los discos, “Pichón” hacía las veces de custodio, aunque a decir verdad, su buena onda contrastaba con su volumen corporal. Todo controlado por el recordado Marcelo, el propietario, excelente persona, pero que pocas veces sonreía.

Karukinká…

Las noches no terminaban si no se cerraban con un buen desayuno en la confitería del recordado Hotel Albatros, el original, encandilados por el sol reflejándose en la bahía. Ahora bien, si se trataba de “desayunar” algo más contundente, un lomo completo en la galería Free Shop, cruzando la calle, era la opción indicada.

No puedo evitar contar que quien suscribe, siendo guía de turismo, tenía tours que incluían una copa de despedida en Karukinká, por lo que era para mí un paso obligado en dos ocasiones por semana. Y si en el grupo había chicas solteras —como ocurría con algunos contingentes de estudiantes del Lenguas Vivas de Buenos Aires, integrados totalmente por señoritas—, era normal ver, ya en los alrededores de donde cenábamos, a los infaltables “chimangos” que, acodados en alguna mesa de la confitería anexa al restaurante, esperaban pacientemente el traslado a Karukinká.

Algunos veteranos conocidos afirman que Karukinká nació por el año 1973 y cerró definitivamente en 1987.

Hubo por esa época varios boliches dignos también de recordar: desde la mítica “Mosca Loca”, en las afueras de la ciudad, sobre la Ruta Nacional Nro. 3, luego ex puesto de Gendarmería al pie del Monte Olivia-; Quijote’s sobre la Avda. Malvinas Argentinas, Alexander´s, luego Casablanca en la esquina de Maipú y 9 de Julio, Magnum en la vereda norte de San Martín entre Lasserre y 25 de Mayo, a otros más que dejaron profunda huella en los recuerdos fueguinos.

No dudo en afirmar que en estos sitios se gestaron varios casamientos. Si esto se debe agradecer o cuestionar, ya no forma parte de esta historia. Lo cierto es que, en aquella esquina de Maipú y Godoy, bajo luces intermitentes y ecos de vinilo, latió durante años el corazón nocturno de una ciudad que aún aprendía a reconocerse.


Edición:

Diario Prensa
Noticias de:  Ushuaia – Tolhuin – Río grande
y toda Tierra del Fuego.

http://www.diarioprensa.com.ar