Kelpers: los otros fueguinos

2 DE ABRIL DE 1982 – 2 DE ABRIL DE 2019

“Las Malvinas son parte del alma argentina. No hay un solo argentino que no piense y sienta que las islas nos pertenecen, porque están en el ADN colectivo, aunque no siempre se conozcan las razones, la historiografía e, inclusive, la actualidad” – señaló el reconocido escritor y abogado Mario Silva Arriola en su obra “Malvinas 2014 – Crónica de un viaje tras la cortina de kelp”, nacida luego de la visita que realizó junto a su esposa Katya al territorio argentino cautivo por Gran Bretaña.
Lejos de ser un observador distante, Arriola logra en sus escritos posicionar a los lectores en medio de la escena, como protagonistas activos, logrando transmitir la emoción de recorrer la geografía de Malvinas, de llenarse los ojos de sus cielos azules y de encontrar los vestigios del paso de los argentinos en la historia parcialmente contada por sus actuales habitantes.
Apenas un extracto del capítulo V titulado “Los Kelpers”, reproducido a continuación, sirve para sentir que se está en Malvinas y conocer algo más de los habitantes del suelo argentino usurpado.

LOS “KELPERS”

El ámbito de la aplicación del gentilicio kelpers que se viene utilizando al menos, desde el año 1960, se refiere a los habitantes de las Islas Malvinas. ¿De dónde provenía ese vocablo? Las Islas Malvinas están rodeadas de unas algas llamadas kelp, en inglés y de allí la denominación kelpers para identificar a sus habitantes. En un principio kelper sonaba con un cierto matiz peyorativo y se aplicaba a los primeros colonos provenientes de tierras del viejo imperio, cuando aún eran considerados ciudadanos de segunda clase y ni siquiera eso, ya que no ostentaron la ciudadanía británica hasta mucho después de 1982.
Su nacimiento puede inscribirse con posterioridad a la ocupación británica por la fuerza el 3 de enero de 1833, cuando la corbeta Clío al mando del capitán Jhon James Onslow, despojó a los argentinos de la incipiente colonia, apoderándose con violencia de lo que no era suyo y pregonando que ocupaba las islas “para su majestad británica”, al tiempo que hacía arriar la bandera argentina e izaba el pabellón británico. Aclaremos que esto sucedía cuando ocho años antes, en 1825, el Reino Unido había reconocido la independencia de la República Argentina, y obviamente de todo su territorio, que incluía las Islas Malvinas, aceptando la legitimidad del gobierno argentino y, por ende, de sus actores de gobierno, entre los que se encontraba el nombramiento de Luis María Vernet, como gobernador civil y militar de las islas. Asimismo, merece recordarse que el 6 de noviembre de 1820, el Coronel de Marina David Jewett izó la bandera argentina en las Malvinas resumiendo el ejercicio de la soberanía y actuando por mandato de la nación argentina como un país libre e independiente.
El silencio del Reino Unido ante este acto de soberanía venía a unirse al idéntico silencio que mantuvo durante la ocupación francesa de Port Louis, y la posterior venta de las instalaciones a España.
El Reino Unido, que jamás había puesto los pies en la Isla Soledad, hoy West Falklands y que tampoco había formulado reserva ante la ocupación francesa, española y argentina, irrumpió violenta y despiadadamente en la escena utilizando la fuerza y el descaro sin pudor, ética ni justicia alguna que respaldara un acto tan despreciable.
Los primeros habitantes de la isla no son los kelpers ya que estos vinieron a suplantar a quienes fueron como legítimos ocupantes y no como mano de obra de los usurpadores.
Para sostener su legitimidad utilizan reiteradamente como “caballito de batalla”, el ser ocupantes de séptima, quinta o cuarta generación, pretendiendo, contra todo derecho y toda noción jurídica de legitimidad, que esa larga permanencia, les da título de pobladores legales, lo que se acentuó después de 1982 y se patentiza en el presente, en que, imbuidos de nacionalismo británico, por gozar de plena ciudadanía – de lo que jamás gozaron antes – llegan a sostener, que son británicos desde el 3 de enero de 1833, afirmación totalmente falsa.
El matiz despectivo de la voz kelper no emergió de algún malintencionado enemigo de los isleños en el círculo de los hispanohablantes si no muy al contrario, del ámbito de sus colonizadores, ya que kelp no es palabra hispana ni nadie de esta lengua conocía su contenido referencial.
Además de “ciudadanos de segunda clase” lo que ya es darles un título del que carecían por no haber sido ciudadanos ni de primera, ni de segunda ni de ninguna categoría, hasta que por pura demagogia política y de un plumazo, después de más de 150 años, amanecieron siendo británicos con todos los derechos, los kelpers fueron menospreciados, olvidados, y tratados desconsideradamente hasta la guerra de 1982 cuando en el Reino Unido recordaron que en esas latitudes tenían una colonia. Por cierto en la década de los 60 y los 70 del siglo pasado y aún antes, fue Argentina el país en el que se recostaron sin temores ni recelos, recibiendo lo que necesitaban y abriendo las puertas a una cooperación extraordinariamente necesaria para ellos y mitigadora de carencias, como alimentos, combustibles, conexión aérea con el continente, gas, electricidad, aeropuerto, servicios sanitarios, educación y enseñanza, becas y atención a los mayores, entre otras cosas.
Digamos que, los que más adelante se denominarían kelpers, comenzaron a llegar a las islas una década después de la usurpación, en 1843. En ese año concluyeron las precarias administraciones de oficiales navales que iniciara en 1834 el Teniente de la Royal Navy, Armada Real Henry Smith, para designarse un teniente gobernador el 23 de junio de 1843 en la persona de Richard Clement Moody, joven oficial de 28 años de edad. Fue también en ese año cuando Port Louis dejó de ser centro de la colonia para trasladarse a su actual emplazamiento en nuestro Puerto Argentino, según ellos lo denominan Port Stanley, nombre dado en homenaje a Lord Edward G. Smith Stanley, ministro de la colonia.
Los colonos comenzaron a llegar a Port Stanley provenientes del Reino Unido, la mayoría y unos pocos de Australia y Nueva Zelanda, pero convivieron con gauchos argentinos y orientales, los que destacaban por su habilidad con el lazo y las boleadoras, su destreza para domar caballos salvajes y atrapar y arrear el ganado vacuno. Toda esta rica etapa dejó huellas que se han venido borrando sistemáticamente con desprecio a la verdad histórica.
Solamente a partir de 1867 comenzó a abrirse la colonización de la Gran Malvina o West Falkland que siempre estuvo detrás de Stanley, siendo Port Howard, en la Gran Malvina, su primer asentamiento colonial.
Al presente, (2014) la población de la Gran Malvina supera escasamente el centenar de habitantes, todos ellos granjeros y poseedores de grandes extensiones de tierras donde explotan el ganado ovino, en un aislamiento mucho más acentuado que el de los pobladores de Puerto Stanley, o mejor dicho, de toda la Isla Soledad, East Falkland.
El fin de la guerra, el 14 de junio de 1982, podría decirse que otorgó “acta de nacimiento” a los kelpers y esto puede considerarse así porque a partir de este acontecimiento la olvidada colonia comenzó a ser una prioridad estratégica de lo que se derivó un crecimiento y bienestar inexistente durante más de un siglo y medio de colonialismo británico.
La denominación kelper dejó de ser peyorativa para erigirse en un título de honor.
Dejaron de ser olvidados y sufridos súbditos de la corona, contaron con pasaportes británicos que les daban una nacionalidad a la que jamás hubieran accedido antes, meros parias en islas remotas y a tener bandera, himno, moneda y representantes propios aunque la cabeza del gobierno siga estando en manos de un gobernador colonial.
¿Son, los de la actualidad, los mismos kelpers de siempre? ¿Son aquellos esforzados colonos, trabajadores incansables que afrontaron condiciones climatológicas casi insufribles, soledad, aislamiento, olvido y desesperante desatención de los que los usaban? ¿Son los semi analfabetos luchadores que recorrían distancias larguísimas por un territorio hostil para movilizar ovejas, los que hoy vemos en las islas? Por cierto que no. De un kelper de 1980 a uno del presente, existe un abismo que hace que aquel se diluya en pura leyenda y este brille como un ciudadano de clase media alta que tiene medios y categoría para sentirse conforme y satisfecho. Los habitantes de este, ahora ufanamente llamado “territorio británico de ultramar” no saben o no contestan cuando pretenden recordarles su pasado hispanoargentino y los estrechos lazos que mantuvieron con Argentina, así como los kelpers que se radicaron para siempre sobre todo, en la Patagonia, sin que jamás se los rechazara y, por lo contrario, se los recibiera con los brazos abiertos.
32 gobernadores españoles, 11 de los cuales permanecieron entre 1806 y 1811, es decir en época no tan lejana a la usurpación y todo el período de colonización argentina – 1811 a 1820 – 1833 – ha sido suprimido de la historia de las Islas Malvinas en la actualidad de una manera burda y hasta ridícula.
Este tajante cercenamiento histórico no es nuevo ni reciente y al viajero de la actualidad, como lo he sido yo, le resulta tan indignante como incomprensible.


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