La fueguina cuestión del Beagle

¿Qué elementos habremos ponderado como territorianos en 1984 para apoyar el acuerdo con Chile, en el que las islas Lennox, Picton y Nueva quedaron en poder de ese país?. ¿Sería posible que hoy, siendo provincia, estemos de acuerdo con ceder parte de nuestro territorio – las Islas Malvinas – para concluir una disputa territorial que mantiene el conjunto de la nación?

La derrota argentina en Malvinas comenzó inmediatamente antes de la transición de nuestro país hacia la democracia. Como nunca había ocurrido, el implícito “partido militar” que se había articulado con rasgos bien definidos desde 1955 como una guardia pretoriana de la república tutelada contra el fenómeno del peronismo y luego contra el denominado “marxismo internacional”, fue herido de muerte por la malograda guerra, hasta tal punto, que desde 1983 se acabaron los golpes de Estado cívico-militares en la historia argentina.
Un saldo indiscutible es que Malvinas expuso a las Fuerzas Armadas en la única función donde no podían fallar tras llevar al límite el campeonato de la doctrina de seguridad nacional: la defensa de la soberanía.
Luego de la guerra, con todos los partidos políticos habilitados, nuestro país ensayó un primer peldaño hacia la normalización institucional el domingo 30 de octubre de 1983 con un rotundo triunfo del líder radical Raúl Alfonsín sobre un peronismo que sólo atinó a sostener su histórica mayoría en la Cámara de Senadores y la influencia sobre las centrales sindicales de mayor peso. Dos años después, estos arietes de la oposición comenzarían a marcar los barrocos límites de la primavera alfonsinista.
Los primeros dos años de mandato del nuevo presidente requirieron de una audacia singular amparada por una inteligencia emocional ciudadana que abrazó todas las causas propuestas por este líder enérgico y carismático. Entre los desafíos que le tocaron asumir y que fueron muchísimos vistas las condiciones en que la dictadura entregaba el país, existían dos puntas de un mismo ovillo que remitían a problemas territoriales muy recientes: Malvinas postbélica y el litigio de límites con Chile en la fueguina cuestión del Beagle.

Alfonsín y su momento histórico

La derrota de Malvinas puso paños fríos a las febriles conciencias militaristas de gran parte de la población argentina que ahora daba un giro copernicano en su ponderación hacia la paz y la democracia como sistema de organización institucional. Un enemigo ajeno a la “subversión marxista” se había cobrado la vida de cientos de jóvenes en las gélidas tierras y aguas del Atlántico Sur.
Un exacerbado nacionalismo había demostrado quizá ser menos flexible que la trasgresión de las porosas barreras bipolares de la Guerra Fría. Después de todo, para los argentinos postmalvinas, el “mundo libre” ahora contaba con villanos como los ingleses y traidores como los norteamericanos…
Los imaginarios del ser nacional entraron en cortocircuito con sus portadores internos y hasta con los “naturales” aliados geopolíticos. Paradójicamente, ahora nada era seguro en manos militares: ni el gobierno, ni la comprensión de la filosofía nacional y, a partir de Malvinas, ni siquiera la defensa. El jaque mate para el partido militar fue categórico.
¿Y entonces? ¿Qué aliados externos debería abrazar la Argentina luego del trauma de Malvinas? Alfonsín escogió la socialdemocracia europea alienándose a la Internacional Socialista como tribuna contra el conservadurismo del eje Thatcher-Reagan y el bloque soviético; lo que en un primer momento le valió a la Argentina cierto respeto internacional e interlocutores válidos para tener cierta llegada a la órbita política de ese continente.
Por cierto, Alfonsín se había propuesto llevar nuevamente al Reino Unido a la mesa de negociaciones por Malvinas, procurando influir en la política interna inglesa. Su participación en la internacional socialista y la ayuda de François Mitterand (Francia) y Felipe Gonzáles Márquez (España) le permitió contactar a los líderes de los Partidos Laborista y Liberal británicos, ambos opositores a Thatcher para lograr la ruptura interna inglesa sobre la cuestión Malvinas.
Pero como veremos, los primeros intentos de Alfonsín por retrotraer la cuestión Malvinas a lo que fueron los avances diplomáticos y multilaterales de las dos décadas anteriores no fructificaron.

La cuestión Malvinas después de la guerra de Malvinas

Desde un punto de vista diplomático, puede afirmarse que la Guerra de Malvinas empantanó gravemente las posibilidades de que nuestro país pudiera llegar a un entendimiento con el Reino Unido de Gran Bretaña por la posesión de las Islas.
A partir de la derrota argentina, los ingleses desconocerían sistemáticamente los llamados del Comité de Descolonización de ONU, que conminaba a ambas naciones a sentarse a negociar un acuerdo pacífico, argumentando que la toma sorpresiva en abril de 1982 tornaba caduca dicha disposición, al violar los términos de paz que exigía aquel instrumento de la política multilateral.
De todos modos, desde entonces la Argentina ha ratificado la vigencia de dicha Resolución y ha sido acompañada en ciertos círculos del ámbito internacional por la conciencia extendida que la cuestión Malvinas debe incluirse en la infame galería del imperialismo anacrónico inglés del siglo XIX.
En todo caso, el desafío luego de 1982 pasaba por determinar cuándo restablecer nuevamente el reclamo por su usurpación, considerando la guerra como la aventura de una dictadura militar que provocó un hecho tan irracional como unilateral, con el único fin de salvar su estadía en un poder que había asaltado. ¿Cómo restaurar el diálogo con el Reino Unido sin que ello significara una claudicación soberana además de mancillar la memoria de los caídos en combate?
En julio de 1984 Alfonsín dio el primer paso y ensayó una reunión bilateral con el Reino Unido en Berna (Suiza), conversaciones que concluyeron en forma inmediata cuando la Argentina intentó incluir el tema de la soberanía de las Malvinas. Fue el primer acercamiento entre ambos países desde la guerra. Desde ya que tal fracaso no tomó por sorpresa a nadie.

La cuestión del Beagle luego de la Guerra de Malvinas

La sorpresa vendría desde la otra punta del ovillo de los problemas territoriales heredados por la transición democrática: si la causa Malvinas a la postre no lograría ningún tipo de avance, la cuestión del Beagle con Chile tendría un pronto desenlace.
Al mes de haber asumido, el nuevo gobierno democrático de Argentina firmó con la dictadura chilena una declaración conjunta de paz y amistad en la que ambos países manifestaban su intención de arribar a una solución “justa y honorable” sobre sus diferencias territoriales.
El 25 de julio de 1984 el gobierno argentino anunció el decreto 2.272/84 mediante el cual se sometía a consulta popular el acuerdo con Chile sobre la cuestión del Beagle. Con ello se buscaba legitimar la oferta papal que aún aguardaba respuesta por parte de las autoridades argentinas. En un movimiento sumamente audaz, Alfonsín enrocó el centro de atención de las Malvinas hacia la disputa con Chile.
La primavera alfonsinista donde todo era posible engalanaba ahora su momento de mayor cintura política. El flamante presidente controlaba la temeraria baraja de la política exterior mientras ojeaba lentamente los naipes a escoger en la política interior. Dentro de la baraja contaba con el Juicio a la Junta de Comandantes, un nuevo plan económico que incluía una propuesta de moratoria con los acreedores externos y la reforma de la ley de entidades sindicales.
Desde mayo Alfonsín había realizado un pacto con la ex presidenta Isabel Martínez viuda de Perón quien retornó al país para eclipsar la agresiva conducción que sobre el Partido Justicialista ejercía el sindicalista Lorenzo Miguel. La jugada fue tan audaz, que el peronismo se dividió entre sectores que apoyaron, rechazaron y hasta boicotearon el plebiscito por la cuestión del Beagle, avivando aún más el fuego pasional de las disputas internas de su principal partido político rival.

El plebiscito nacional y el fin del conflicto del Beagle

Pero más allá de toda ponderación, la propuesta le fue dada a un pueblo herido en su amor propio, corresponsable de los desatinos del pasado y dispuesto a dejar atrás los traumas más oscuros de su historia reciente. Fue la campaña del “SI” o el “NO”. “Si” al acuerdo con Chile; “No” a la entrega de la soberanía.
El 25 de noviembre de 1984 los argentinos acudieron nuevamente a las urnas. La diferencia para el sí fue abrumadora, arrasando por el 82% de los sufragios. Incluso el promedio de las ciudades de Tierra del Fuego (donde la diferencia se redujo considerablemente) se impuso el acuerdo con Chile. Apenas un mes antes del plebiscito, el presidente Alfonsín había visitado Ushuaia con motivo del centenario de la ciudad. Sabía que aquí la contienda iba a ser una plaza complicada. Pero seguramente ganó unas cuantas voluntades cuando anunció la provincialización del Territorio Nacional. Suelen decir que ningún gesto político es casual.
De este modo, Alfonsín maniató al Congreso nacional, que si bien no estaba obligado a ratificar dicha consulta por ser “no vinculante” y no encontrarse siquiera dentro de los mecanismos constitucionales, lo convirtió en ley al año siguiente. El triunfo político del alfonsinismo fue contundente.
El 29 de noviembre, los cancilleres Dante Caputo y Jaime del Valle firmaron en ciudad del Vaticano el Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile. El diferendo del Canal Beagle que llevaba un siglo fue resuelto. Sin mencionar la soberanía de las islas Lennox, Picton y Nueva, se aceptaría finalmente la demarcación propuesta por el laudo inglés de 1977, el que las dejaba en manos chilenas.

Por una historia de la periferia austral

A lo largo de este mes hemos dedicado un dossier a complejizar las nociones que comúnmente se tiene sobre el conflicto del Beagle, aquella guerra contra Chile que finalmente “no fue”. Lo hicimos teniendo en cuenta la íntima relación que guarda con las causas de la Guerra de las Malvinas. También pusimos estos dos hechos en relación con la historia de Tierra del Fuego y nuestra conformación como provincia.
Siguiendo la lógica de nuestra exposición, quizá apreciemos la geométrica relación que existe entre la cuestión del Beagle y Malvinas porque, paradójicamente, un saldo poco recordado de Malvinas fue la solución de la cuestión del Beagle en el tablero político del primer gobierno de la transición democrática.
Conviene dejar el tema en este punto. Bien podría ser el disparador de una historia que aún no ha sido escrita, desde la óptica y la mirada de la periferia austral. Nos conformamos por ahora con esta breve reseña y las reflexiones que aquí se expresan.
Para nosotros, los fueguinos, no es poco. Habrá que preguntarse qué elementos habremos ponderado como territorianos en 1984 para apoyar el acuerdo con Chile. ¿Sería posible que hoy, siendo provincia, estemos de acuerdo con ceder parte de nuestro territorio para concluir una disputa territorial que mantiene el conjunto de la nación? El sólo hecho de pensarlo será sin dudas un ejercicio apasionante.



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