“La grieta” que nos separa a los argentinos

A lo largo de la historia de nuestro pasado nacional se han evidenciado enfrentamientos entre grupos sociales. Estos enfrentamientos han significado grietas que en el peor de los casos se tradujeron en luchas fratricidas que acabaron con la vida de miles de personas.

Dentro de las grietas más dolorosas que sufrimos los argentinos, existieron algunas que signaron el siglo XX, muchas de las cuales aún continúan gravitando en la mente de los argentinos: los enfrentamientos de principios de siglo del régimen conservador contra los anarquistas y socialistas; las pendulares e histéricas oscilaciones de la era radical; la década infame; peronistas y antiperonistas; comunistas y liberales en la era de la Guerra Fría y el terrorismo de Estado en los 70s. Entre las más recientes podemos mencionar la de progres y fachos, neoliberales y populares; “que se vayan todos”; delincuentes en la era de la “inseguridad”, la década ganada vs. la década perdida de la corrupción, etc.

Estas son sólo algunas de los momentos de enfrentamientos que hemos experimentado pero antes de continuar enumerándolos convendría reflexionar sobre la tan mentada “grieta” en la que todo parece perderse y de la cual todo el mundo está obligado a tomar partido.

En efecto, la grieta generó al parecer una profunda depresión que fracturó política y culturalmente a la nación en dos partes bien diferenciadas, un abismo en el cual nadie puede hacer pie por lo que la única alternativa de poder lograrlo es colocarse de un lado o de otro.

¿Cómo pensar nuestras grietas?

El término que muy inteligentemente puso de moda el partido que actualmente gobierna los destinos de la nación, el PRO, del presidente Mauricio Macri, que hegemoniza la alianza Cambiemos, remite a un esquema sencillo de explicación de las diferencias programáticas a nivel político en nuestro país: el maniqueísmo. Una fórmula infalible en la Argentina traducida en el enfrentamiento abierto y pasional entre los portadores de las ideas del bien, contra los portadores de las ideas del mal. Lo paradójico de esta lucha recurrente, es que todos, estén de un lado o del otro de la grieta, se consideran a sí mismos como los legítimos portadores de las ideas del bien.

Es por eso que con una fórmula tan tradicional y efectiva, si alguien quiere tener un futuro político en la Argentina, debe encontrar un enemigo acérrimo e irreconciliable, que no necesariamente debe encarnar un actor que proponga un cambio radical del sistema o una revolución, sino que por el solo hecho de enfrentarse a los “estilos” de un dirigente particular, su modo de vida, de liderazgo o cualquier otra cualidad de segundo orden en la importancia de los asuntos públicos o las razones de Estado, es motivo suficiente para montar un show de contradicciones aparentemente abismales.

Para el resto, existe la historia y la realidad, que se encargan en tiempo y forma de demostrarnos que los argentinos parecemos estar condenados hasta ahora a repetir los esquemas económicos que han resultado perjudiciales para el conjunto. El autor de esta columna puede confesar sin sonrojarse –porque hay que hacerse cargo de lo que en política uno piensa, percibe o siente más allá de la profesión- que prefiere los gobiernos populares a los liberales conservadores, pero eso no quita que se tenga que aceptar que hasta ahora ninguno de los dos sectores políticos haya logrado que la economía nacional despegue y que las fuerzas productivas del país alcancen niveles de desarrollo aceptables con las potencialidades que brindan las condiciones geográficas y estructurales de la región.

Si algo demostró el proceso electoral que concluyó en noviembre de 2015 con el triunfo del PRO y la derrota del kirchnerismo a nivel nacional y que se volvió a repetir en las elecciones de este año, es que la grieta fue indiscutiblemente funcional al actual gobierno. Lo que devela que aquellos que denunciaban que el kirchnerismo había operado la división de los argentinos y proponían un cambio para volver a unir o superar esa grieta, hoy parecen ser los principales promotores de su sostenimiento.

El esquema de división nacional, antes denunciado y repudiado, ahora es el principal sostenedor de las nuevas condiciones. Ahora gobierna el PRO y sutilmente se va instalando que salir de la grieta no será una tarea tan sencilla. Ya no quedan opciones. La nueva unión de los argentinos se logrará pisoteando las cenizas de todo lo anterior: viendo desfilar por tribunales a la mayor cantidad de funcionarios de la gestión anterior, por ejemplo.

Pero la corrupción, como el flagelo de la inseguridad, las adicciones, la violencia en todas sus facetas, son acaso poderosos engranajes de un sistema que requiere lecturas totalizantes y contextualizadas. Recortar la realidad para la conveniencia de construcciones discursivas siempre ha sido un medio cuyos fines es el poder por el poder mismo para que finalmente nada cambie. Y en este punto, el debate por el futuro en nuestro país permanece siempre inconcluso. Porque en definitiva, “siempre hay que sufrir hoy por los errores del pasado”

Por si fuera poco, lamentablemente este año que termina colocó en la grieta una vez más la faceta de la muerte, como si en la Argentina no hubiese una historia sombría de relaciones escabrosas entre los ideales y los regímenes políticos. En la era de la sobre estimulación informativa, el destape de las redes sociales y el escandaloso juego de la manipulación masiva de la verdad (post verdad, comenzaron a llamarlo algunos), tirarle un muerto al otro bando –el de los malos, desde ya– es más importante que saber qué fue lo que realmente le ocurrió a la víctima.

¿Hay futuro más allá de la grieta?

Pero no vamos a permitirnos terminar el año imbuidos de un escepticismo crónico. Muy por el contrario, la historia ha demostrado que las grietas cumplen ciclos cortos cuando los motivos por las cuales se construyen descansan sobre supuestos comunicacionales para sostener el poder por el poder mismo. Esto no significa que aunque la grieta sea superada, el PRO no continúe gobernando. Lo que reclamamos aquí es que las propuestas sean evaluadas como la comprensión lúcida del mejor futuro y no como la mediocre defensa del mal menor, porque en definitiva, ese sería el costo más nocivo del abismo de la grieta.

Más temprano que tarde comenzarán a experimentarse las náuseas por la grieta. Y cuando esa actitud de encono popular de unos contra otros deje de alimentar al monstruo de pies de barro y la grieta deje de tragarse todo cuanto proyecto político genuino ande girando a lo largo y a lo ancho del país, el rey de la comunicación quedará nuevamente desnudo ante el pueblo que comenzará a exigir nuevamente más y mejores proyectos políticos. Surgirá así nuevamente lo nuevo. Tal y como lo enseñó el filósofo Alemán Hegel: a cada tesis corresponde una antítesis y a cada contradicción emanada de ambas, una síntesis.

Mejor comenzar el 2018 creyendo que eso es posible. ¡Feliz año nuevo para todos!.


Edición:
Diario Prensa
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