

No suelo opinar sobre estas cuestiones, pero en los últimos días he escuchado y leído comentarios que me resultaron profundamente repugnantes. No puedo evitar preguntarme: ¿por qué una niña asesinada termina siendo juzgada antes que su asesino?.
¿Por qué la forma en que se vestía, la manera en que se comportaba, la relación con sus padres o las decisiones de estos respecto de su crianza se convierten, para algunos, en una suerte de atenuante del crimen?.
Una niña fue violada y asesinada. Ese es el hecho central, y es un hecho horroroso. Sin embargo, ese pensamiento parece quedar desplazado por otra preocupación: cómo será utilizado políticamente el caso.
Sabemos que, en buena parte de nuestra sociedad, muchos temas han dejado de analizarse desde el dolor humano para convertirse en banderas ideológicas. Hemos llegado al punto de polarizarnos incluso frente a acontecimientos espantosos. Escuchar, además, a periodistas de medios nacionales erotizando a una menor para justificar o relativizar el crimen resulta, como mínimo, repugnante.
Cuando esto ocurre, la víctima desaparece del centro de la escena y pasa a convertirse en un símbolo dentro de una disputa política. El debate deriva hacia interpretaciones y análisis que sorprenderían incluso a un psiquiatra.
El dolor se multiplica cuando la ciudadanía aborda estos hechos aberrantes desde trincheras ideológicas. Entonces, el horror del crimen deja de ser el foco principal y comienza a analizarse la ideología que profesaba el victimario o cualquier aspecto de la conducta de la víctima. Poco a poco, la víctima termina transformándose en culpable.
Existen creencias profundamente arraigadas que llevan a pensar que a las personas buenas solo les ocurren cosas buenas y que quienes son prudentes están a salvo de las desgracias. Cuando un crimen atroz destruye esa ilusión, aparecen explicaciones del tipo: “algo habrá hecho”, “algo raro pasó”, “esa niña fue imprudente” o “los padres son responsables”. De ese modo, la culpa se desplaza hacia la víctima y su entorno, en lugar de recaer sobre quien cometió el crimen. Porque, aun cuando hubiera existido una conducta imprudente —salir sola, confiar en la persona equivocada, incumplir una regla familiar o incluso haberse pintado los labios—, nada de eso convierte a una menor en responsable de una violación, un homicidio o una mutilación.
Este razonamiento puede trasladarse también a cualquier mujer adulta. ¿Cuál es la regla que pretendemos imponer? ¿Que ninguna mujer se vea linda? ¿Que deba limitar su libertad para evitar convertirse en víctima? ¿Qué clase de monstruos estamos alimentando cuando naturalizamos semejantes argumentos?.
La sociedad debería concentrar su escrutinio en el agresor y en las condiciones que permitieron el crimen, no en una niña o una mujer que ya no puede defenderse. Y cuando alguien se atreve a defenderla o a reclamar justicia, con frecuencia recibe una etiqueta descalificadora: “feminazi”.
Quizás el problema más preocupante sea que la polarización ha sustituido a la empatía. Antes de preguntarnos qué posición política fortalece o debilita un crimen, deberíamos ser capaces de reconocer algo mucho más básico: una vida inocente fue destruida y una familia quedó devastada para siempre.