La trampa social y cultural que promueve la delincuencia juvenil

La trampa es el saldo. Un saldo compartido entre quienes discuten y se enredan cruzando argumentaciones, y los jóvenes,  que pretenden poner fin a su inquietante angustia encendiendo un cigarrillo de marihuana, consumiendo cocaína, portando un revólver, o comprando un mensaje que tendría como finalidad supuestamente dignificarlos”.

La delincuencia juvenil está por lo general asociada a una imagen que en los últimos años se ha popularizado y casi podría decirse que se ha hecho paradigmática, nos referimos a la imagen de ciertos jóvenes a quienes la gente identifica como “pibe chorro”.

No es ésta la única caracterización del delincuente juvenil, pero sí una de ellas, y puntualmente una de las más extendidas.

Esta categoría, en la que muchos jóvenes delincuentes se nombran, y son nombrados, es la que ha comenzado de un tiempo a esta parte a circular en la sociedad como una identidad o marca distintiva a la hora de señalar a aquel que porta un determinado conjunto de insignias, que lo convierten en el estereotipo de aquellos adolescentes que transgreden las normas y las convenciones sociales vigentes.

La categoría a la que aludimos se instala y disemina hacia principios de los años 2000, pues es a partir de ese momento cuando comienza a tener su apogeo la banda de cumbia que da origen a tal nominación, hablamos en este caso del grupo musical “Pibes chorros”.

La música como vehículo de las expresiones culturales, y en tanto fenómeno artístico, es siempre -con más o menos claridad-, la forma en que se materializa y difunde un mensaje; en el caso del citado conjunto se trató puntualmente de una comunicación que deliberadamente incurrió en la apología del delito a través de las letras de sus canciones. Es menester agregar que no ha sido la única banda musical que en dicho género instaló tales mensajes, hubo otras como “Yerba Brava”, “Flor de piedra” o “Mala fama”, las cuales a partir de su nombre expresan abiertamente las consideraciones que las enfrenta con la ley.

La cumbia no siempre ha sido eso en nuestro país. Haciendo pie en las clases menos favorecidas económicamente, las letras de cumbia han nutrido desde un inicio el imaginario social expresando sanamente las vivencias, costumbres, experiencias y valores más cercanos del sentir de las clases más populares. Fue luego, y con el calificativo de “cumbia villera” cuando el mercado empezó a expandir un estilo en el que aparecieron bandas como las que mencionamos líneas arriba.

Decimos que fue el mercado el que propició tal giro, pues cuando de vender se trata, no siempre caben demasiados miramientos éticos. Sin ir más lejos, podemos afirmar que frente a esta operatoria no ha habido instancia alguna que pusiera de manifiesto las desventajas que se estaba generando para la población, en especial para aquellos que por el solo hecho de vivir en una villa, vieron reforzados los prejuicios hacia su condición.

¿Cómo es que como sociedad se nos ha pasado esto por alto?  Seguramente ha sido por el temor a abrir juicios de valor en torno a temas como la libertad de expresión o la seguridad, por citar algunos. Tal vez sea esto una de las tantas cuestiones que podamos atribuir al carácter joven de nuestra democracia; en este caso habría que considerar que no por dejar de pronunciarnos se disuelven los problemas, y más aún, hasta podríamos agregar que es justamente en ese silencio de incertidumbre donde encuentran el mejor lugar para proliferar.

¿Incierta libertad? 

El silencio y la incertidumbre de la que hablamos, es a su vez el pan de cada día para los delincuentes juveniles, mucho más lo es para ellos que para otros sectores de la sociedad, pues por jóvenes –ya que atraviesan la difícil tarea de transformarse en adultos-,  y por crecer muchas veces en contextos carenciados, las complejidades se incrementan.

Sucede que esa brújula que deja de funcionar, y que cargamos en la cuenta de lo incierto, es en algún punto el correlato de  una gran trampa culturalmente montada por aquellos mercaderes que desde las sombras aprovechan a los jóvenes deseosos de éxito y reconocimiento social para promocionarlos, por ejemplo, desde la música. De tal modo podría pensarse que el negocio del espectáculo no pocas veces los consume, y con idéntica operatoria el narcotráfico suele sacar también su tajada cuando se hace carne en las letras de sus canciones y en sus cuerpos. Tal es la promesa de la felicidad inmediata que las drogas y la estetización de un estilo de vida al margen de la ley hacen proliferar, mientras una gran parte de la sociedad se interna en debates cuya abstracción, por cierto valiosa, pierde muchas veces el contacto con la crudeza de la realidad cotidiana que viven estos jóvenes.

La trampa es el saldo. Un saldo compartido entre quienes discuten y se enredan cruzando argumentaciones, y quienes pretenden poner fin a su inquietante angustia encendiendo un cigarrillo de marihuana, consumiendo cocaína, portando un revólver, o comprando un mensaje que tendría como finalidad supuestamente dignificarlos. Hablamos de esa dignidad que en el mundo de hoy han perdido en parte el esfuerzo, el trabajo y la humildad, valores que están más allá de los prejuicios de clase, y  sobre los que vale aún agregar que tienen sus representantes en la figura de personajes famosos que provienen de contextos muy desfavorecidos. Pensemos el ejemplo de Carlos Tevez (que ahora además cuenta con su propia serie televisiva), espejo en el que muchos chicos de hogares carenciados podrían mirarse un poco más si como sociedad le ganáramos algo de terreno al simple y llano negocio y a sus silencios cómplices.

Hay, entonces, una trampa mercantilista -de narcos y de vendedores de identidades vacías-, que ha sabido hacerse lugar en la sociedad con bellos slogans, tan bellos y brillantes como las cadenas de oro y las zapatillas de último modelo que, cual burro detrás de la zanahoria, deslumbran a diario a tantos jóvenes que entran en el laberinto del consumo de estupefacientes y a veces de la delincuencia con más urgencias que esperanzas. La trampa muestra su lado más salvaje cuando en ese laberinto el sujeto empieza de a poco a perder su lugar; así ya no existe ese que puede pronunciar su pregunta, menos aún responder su interrogante, o implicarse en el desgarro de su queja. Así son algunos mundos -con sus ficciones deslumbrantes-, que paradójicamente albergan desiertos.



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