Los últimos de la fila: cuando el color pesa a la hora de adoptar

1ero de octubre, Día del Perro Negro.

La fecha fue instituida para llamar la atención sobre los animales de pelaje oscuro que, según estadísticas de refugios y organizaciones de protección animal, suelen tener mayores dificultades para encontrar un hogar. La experiencia de quienes rescatan animales y estudios científicos aportan una mirada sobre un prejuicio difícil a desterrar.

Hay algo difícil de admitir acerca de nosotros mismos: incluso cuando creemos estar eligiendo con el corazón, muchas veces también elegimos con los ojos.

Y en el mundo de los perros, el color puede ser uno de esos criterios solapados.

Un perro blanco, beige, dorado o marrón suele despertar rápidamente una expresión de simpatía. El negro, en cambio, puede quedar esperando un poco más.

No es una regla universal ni existe evidencia científica que permita afirmar que todos los perros negros son discriminados a la hora de ser adoptados. De hecho, las investigaciones sobre el denominado “síndrome del perro negro” han encontrado resultados diferentes según el refugio, la población estudiada y las características de los animales.

No obstante, quienes trabajan todos los días con animales abandonados conocen otra parte de la historia.

Los últimos de la fila

En criaderos, refugios, perreras, hogares particulares y, como referencia local,  también en los caniles emplazados en el predio de Diario Prensa Libre durante muchos años, los perros negros  esperaron por más tiempo una familia.

La escena se repite con una frecuencia difícil de ignorar: frente a una camada de cachorros de distintos colores, los humanos suelen mostrar primero interés por los de pelaje más claro. Después aparecen los marrones, en sus distintas tonalidades.

Y muchas veces los negros quedan para el final.

No ocurre únicamente con perros mestizos, abandonados por humanos insensibles. El fenómeno también puede observarse entre animales de raza.

Un cachorro de Labrador color arena puede despertar rápidamente el interés de una familia, mientras que otro de la misma camada, pero de pelaje negro, puede ser la segunda o tercera opción.

Cuando el negro se convierte en superstición

Con los gatos, la historia es todavía más compleja.

El pelaje negro no solamente puede generar una menor preferencia visual. Durante siglos quedó asociado en distintas culturas con la mala suerte, la brujería, la muerte o lo desconocido.

Y esas creencias, aunque parezcan pertenecientes a otro tiempo, no desaparecieron completamente.

Un estudio publicado este año analizó cómo 1.004 adultos estadounidenses percibían fotografías de gatos negros, blancos, naranjas y marrones. Los gatos negros fueron considerados significativamente menos adoptables que los de otros colores. Además, quienes participaron del estudio tendieron a atribuirles con mayor frecuencia expresiones asociadas con miedo o enojo y manifestaron más dificultades para interpretar sus emociones a través de las fotografías.

Pero la superstición tampoco es un invento reciente.

Otros estudios encontraron una relación entre las creencias supersticiosas y una mayor predisposición al llamado “prejuicio hacia los gatos negros”.

Y los registros de algunos refugios también muestran diferencias. En un estudio realizado sobre casi 8.000 gatos ingresados a un refugio urbano, los animales negros registraron la menor tasa de adopción y la mayor tasa de eutanasia entre los colores analizados.

El gran desafío: derrumbar prejuicios

El problema, en definitiva, no está en el color.

Está en todo lo que los humanos proyectamos sobre él.

Un perro negro no es más bravo por ser negro. Un gato negro no trae mala suerte. Ninguno tiene un carácter determinado por el color de su pelaje.

Y detrás de cada animal que permanece más tiempo esperando una adopción hay algo que no distingue colores:  un ser cuyo corazón late con una enorme capacidad de devolver afecto, sea cual fuere el color de su pelo.


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