Malvinas y “la chiquilla” Antígona…

“La chiquilla” así la llaman a la protagonista en la tragedia de Sófocles, a Antígona, quien lleva adelante una cruzada por su hermano en aquella antigua narración griega.
En aquella historia, Creonte representa al gobernante que decide no darle sepultura a los restos del hermano de la joven; esta última argumenta y enfrenta la posición del poder, busca ir más allá de los cargos de traición a la patria que sobre su hermano recaían y que por ello impedirían que aquel fuera enterrado en el suelo al que perteneció. Es así como el tema del duelo y del cierre de una etapa -en función de que aquel pudiese ser llevado a cabo-, nos sale al paso como uno de los distintos ejes que atraviesan la narrativa de Sófocles en aquella ocasión.
El sensible tema que las Malvinas representa para nosotros, también se liga a los duelos, las etapas, los desencuentros, los dilemas que se abren entre la ciudadanía y los poderes de turno. En tal sentido, la guerra es siempre uno de los aspectos que pueden presentarse en la tragedia; para el caso de Antígona una guerra que precede a la narración, para el caso argentino una contienda bélica que antecede a otros tantos malestares.
Que fuera Lacan quien retoma algunos fragmentos de Antígona, a principios de la década del sesenta, para ilustrar cuestiones ligadas a la ética del psicoanálisis, no nos resulta raro. No si al menos constatamos que la tragedia griega y la indagación de las motivaciones más paradójicas de lo humano son, por momentos, casi una y la misma cuestión. Por ello Freud recurre también a Sófocles para hablarnos de Edipo, por ello mismo tampoco la guerra no le fue indiferente y le valió algunas reflexiones que no han perdido actualidad alguna.
Es asimismo actual el tema de los jóvenes, que como Antígona enfrentaron ese brillo terrible que fulgura en la trágica figura de la protagonista, aunque también en el fuego mismo de las trincheras y las pretendidas glorias. Brillo aquel, que comúnmente se evoca en torno a estas cuestiones, destellos que a veces los políticos pretenden hacer propios pero que, en general, no pasan más allá de algún que otro discurso más o menos agraciado a estas alturas del calendario.
Si en cambio no llegáramos -como país- tan tarde a tantas cosas, tal vez algunas historias serían diferentes hoy. Tras algunas décadas las sepulturas de los soldados argentinos, que yacen actualmente en Malvinas, llegan a contar en el presente con una inscripción. La identificación, el nombre, ese recurso simbólico de gran importancia a nivel psicológico, especialmente en relación a cuestiones como las que se ligan a los duelos; recurso también sobre el cual se edifica la cultura, la identidad –que tanto preocupa a veces a quienes se preguntan por el ser nacional o por la pertenencia fueguina. Esta vez, aunque tarde, se llega, se está llegando.
Aun así no se llegó a evitar la tragedia que Sófocles nos cuenta con maestría, como tampoco se evitó en nuestro país el sufrimiento de numerosas vidas humanas que cargaron con graves problemas psicológicos y que llegaron incluso a abandonar la vida en contrapunto con la inoperancia y la desidia de múltiples gobiernos desde la guerra hasta la fecha.
Es que quizás sea más común de lo que quisiéramos reconocer, quizás sea más común de lo que imaginamos, este asunto de gobernantes que están más para el discurso “brillante” que para el día a día de los pesares cotidianos. ¿Cuántas veces hemos visto al Estado dar la espalda a la gente?. Las cuestiones psicológicas… ¿a quién le importan en este país, si alcanza con prender el televisor o la radio para entender que mayormente sólo se habla de economía, de grieta, o de algún que otro debate que adrede se instala para que nunca nos ocupemos de lo estructural?
En Malvinas lo estructural fueron los jóvenes que arriesgaron y que dejaron su vida sin tener claro por qué. Algunos dicen que la respuesta es soberanía, yo digo que la respuesta es política, la búsqueda de lo altisonante para ganar apoyo popular y una épica que no nos correspondía, ni nos correspondió. Desengaño que quizás nos señala -hoy a la distancia-, que tendríamos que haberle dado más importancia a las personas antes que a los brillos y el palabrerío vacío y efectista de siempre.
Tal vez por estas causas se perdieron más vidas tras la guerra que en el mismo campo de batalla, tal vez el enemigo no fue tanto el inglés que nos contradecía, sino el compatriota que ni siquiera nos dirigía la palabra. Hoy al menos hay algunas palabras, las que se inscriben en las tumbas, las que apuestan al diálogo entre naciones, pero no alcanzan y, como tantas cosas en nuestro país, llegan tarde o solamente son dichas en aras de la corrección política o el brillo ocasional de algunos.
A veces los mismos argentinos somos quienes no podemos escucharnos, y pretendemos que nos escuchen afuera, en otras latitudes, para ver si podemos desde allá esperar algo que nos ayude a hacer lo que por nosotros no hemos podido realizar. Sí, la economía puede tener que ver con esto último, pero la economía no la hacen sólo las monedas y las banderas; la hacen las personas, que se escuchan, y que primero que nada dan las explicaciones que corresponden puertas adentro.
Todavía hay cosas que merecen alguna explicación en este país, grietas que deben ser cerradas con palabras, y no reabiertas como las heridas de los ex combatientes para seguir haciendo política a costa de ellos y a costa de la gente bienintencionada. Eso no quita que un reclamo sea más justo o menos justo, sino que –a mi entender- nos recuerda que no se puede salir adelante –ni en una guerra ni en la lucha cotidiana- si cada cual no pone sus cartas sobre la mesa. Tal vez sea éste uno de los rasgos que nos distingue de otros países más maduros; tal vez en eso mismo sea Argentina “la chiquilla”, y no tanto Antígona, ni los jóvenes soldados que pelearon en Malvinas.


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