“Más playas de estacionamiento, menos naturaleza”

La ecuación a evitar en el Cerro Castor.

Cada invierno vuelve a repetirse la misma escena en Cerro Castor. Cientos de vehículos ocupan la playa de estacionamiento y, cuando ésta colapsa, la fila continúa sobre la Ruta Nacional Nº 3. La postal incluye personas caminando entre automóviles con esquíes al hombro, familias atravesando la banquina, colectivos intentando maniobrar y una situación que, lejos de ser excepcional, parece haberse naturalizado.

Como ocurre con frecuencia, la primera respuesta que surge es construir más estacionamientos. Pero quizás esa sea precisamente la pregunta equivocada.

Durante décadas el mundo creyó que todos los problemas de movilidad podían resolverse agregando más espacio para los automóviles: más rutas, más playas de estacionamiento, más carriles. Sin embargo, la experiencia terminó demostrando que cada nueva infraestructura genera, al poco tiempo, una nueva demanda. Los vehículos aumentan, el espacio vuelve a resultar insuficiente y el problema reaparece. Es una carrera que nunca termina.

En el Cerro Castor ese límite ya es evidente. Hacia un lado aparecen los turbales, ecosistemas cuya formación demandó miles de años y cuya alteración resulta prácticamente irreversible. Hacia el otro, el bosque nativo y las tierras pertenecientes a otros emprendimientos turísticos, cuyos propietarios han manifestado su negativa a sacrificar espacio para transformarlo en estacionamientos.

La pregunta entonces deja de ser dónde construir la próxima playa y pasa a ser mucho más profunda. ¿Debe realmente el territorio adaptarse indefinidamente al crecimiento del automóvil?.

Tal vez haya llegado el momento de aceptar que no.

En los principales centros de esquí del mundo, hace ya varios años comprendieron que la solución no consistía en acercar cada vez más los vehículos a la montaña, sino exactamente al revés: acercar a las personas sin necesidad de que cada una llegue en su propio automóvil.

Estacionamientos periféricos, buses lanzadera de alta frecuencia, transporte público especialmente diseñado para la temporada invernal, incentivos para compartir vehículos e incluso límites a la cantidad diaria de automóviles forman hoy parte de las políticas habituales en numerosos destinos turísticos internacionales.

No porque el automóvil sea un problema en sí mismo, sino porque el paisaje tiene un valor mucho mayor que cualquier playa de estacionamiento.

Ese principio resulta especialmente importante para Ushuaia.

La ciudad vende al mundo naturaleza, bosques, montañas, nieve y paisajes prístinos. Ese es su verdadero capital. No son recursos infinitos ni reemplazables. Son precisamente las singularidades que distinguen al Fin del Mundo de cualquier otro destino de nieve.

Si cada vez que aparece un problema de capacidad la respuesta consiste en desmontar un bosque, rellenar un turbal o ocupar nuevos espacios naturales, tarde o temprano terminaremos degradando aquello que constituye la razón por la cual miles de personas eligen visitarnos.

No parece un buen negocio.

Y quizás el debate tampoco deba limitarse a Cerro Castor. La Ruta Nacional Nº 3 concentra buena parte de la oferta invernal de Ushuaia con centros de esquí de fondo, actividades recreativas, gastronomía, excursiones y diversos emprendimientos turísticos. Pensar un sistema integral de movilidad para todo ese corredor permitiría ofrecer una solución mucho más eficiente que seguir multiplicando playas de estacionamiento dispersas.

Quizás estaciones próximas a la ciudad, combinadas con un sistema permanente de buses durante la temporada, no sólo reduciría la congestión y mejoraría la seguridad vial sino que también permitiría proteger los turbales, conservar el bosque nativo, disminuir emisiones y ofrecer una experiencia más ordenada para residentes y visitantes.

Las grandes ciudades del mundo comprendieron hace tiempo que no todo debe adaptarse al automóvil. Los destinos turísticos más exitosos comenzaron a entender exactamente lo mismo. Tal vez Ushuaia también deba empezar a hacerlo.

Porque el verdadero desafío de un destino inteligente no consiste en preguntarse cuántos automóviles más puede recibir, sino cuánto de su patrimonio natural está dispuesto a perder para que esos automóviles lleguen hasta la misma puerta.

Responder esa pregunta hoy puede evitar que mañana tengamos que lamentar decisiones que ya no tendrán marcha atrás.


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