Mi hermano Dober

Sentimos el ruido del avión, después lo vimos aterrizando, rompiendo la espesa neblina de la mañana chaqueña, trayendo en su interior la inefable realidad, impotencia y dolor de jóvenes inocentes, y la tristeza eterna de una experiencia… que sin haberla elegido, vivirá por siempre en ellos y en nosotros, sus seres queridos, con las secuelas lógicas de una guerra.
-“Se demoró mucho, pero llegó” -dijo una vecina. De todas partes llegaban personas al aeropuerto, en un mediodía lleno de interrogantes e incertidumbres. En los corazones latía esperanza de vida en carteles de Charata, Las Breñas, Quitilipi, San Martín, Villa Ángela y muchos más; todos decían: “PRESENTE”. Bien grande y alto colgaba un pasacalle con la expresión “BIENVENIDOS, HÉROES DE MALVINAS”. Estábamos muy ansiosos, inquietos, saltando, llorando, gritando, mientras en lo más íntimo de nuestro ser, la muerte jugaba a la escondida con la vida.
Hoy después de tantas décadas, como perdonando al destino por el dolor que me causó, vuelvo a caminar, por las huellas de mi niñez, esas que jamás se olvidarán. ¿Se puede aceptar y asimilar el pasado con el solo propósito de mejorar el presente? Es triste sentirse impotente por hechos ajenos a nuestra voluntad. Cuando la vida te golpea de chico, creces apresurado y de grande aprendes a valorar el poder despertar cada día.
Crecí con sueños, con ilusiones, quería ser jugador de fútbol como mi hermano. ¡Qué bueno era Dóber!, le pegaba a la pelota con las dos piernas. Todos los domingos a la mañana, con mi papá lo íbamos a ver. El jugaba en la Tercera de Sarmiento y una vez cuando hizo un golazo, me señaló: – “Es para vos” -me dijo. Mi hermano era ocho años mayor que yo y lo llamaba Dóber, porque no podía pronunciar la “r”, hasta que un día por fín aprendí a decir Robert. Tampoco sabía decir “mamá”, ya que a mi madre la perdí a los pocos meses de haber nacido. Solo la conocí y la amé por todas las charlas con Dóber; él era mi amigo, mi hermano, mi maestro. Recuerdo que hablando de mamá se pasaba mucho tiempo. El trinar del chingolo en los atardeceres, me recordaba las visitas al cementerio. Las anécdotas de Dóber con mamá las vivía como propias, la fui queriendo sin conocerla y llegué a amarla tanto como él.
Hoy, como cada tanto, limpiando el álbum familiar con alcohol que se mezcla con lágrimas, miro tus fotos y veo que ni el tiempo puede evitar mi llanto. Me voy a adueñar de la distancia, como una propiedad familiar del recuerdo y refrescando la memoria, leyendo mi diario, que alguna vez sentí imperiosa necesidad de escribir, voy a sentarme a tu lado y lo voy a compartir, porque la nefasta realidad me derribó el castillo de ilusiones que aunque lastimó mi felicidad, fortaleció mis sentimientos.
¿Sabés Dóber?, ya no soy ese niño que vos formaste y que te seguía a todos lados. Crecí, formé una familia y estoy orgulloso del amor que me diste, de tus enseñanzas de hermano mayor, protector y consejero. Aún recuerdo con pudor algunas de nuestra charlas, que se originaban por ser preguntón.
¿Te acordás, Dóber?, en mi primer día de colegio, papá me compró un guardapolvo y un portafolio de cuero, ¿cuánto habrá gastado?, ¡Qué bueno era el viejo!. Me fui corriendo a mirarme en el ropero de mamá, el único espejo grande que teníamos. Estaba tan contento como intrigado, con un poco de miedo, era normal, era mi primer día de clase. “Estás lindo”, me dijiste, y yo te señalé el remolino que se me formaba en el pelo. Sonreíste… siempre te reías: “Eso es porque sos rebelde”, te escuché decir .
Ni papá me retó tanto como vos, nunca me pegaron, pero ¿te acordás cuando no quise comer el hígado revuelto y me fui a dormir sin cenar?. Hasta el día de hoy no lo puedo comer, me produce arcadas, ganas de vomitar. Cuando pasé a 4to. grado me regalaste tus primeros botines de fútbol, ¡qué honor Dóber!, ¡qué felices vivíamos!. Hasta que llegó el cartero. Yo me puse contento porque pensé que te citaba el club para entrenar en la primera, pero no, era el Ejército Argentino 7mo Regimiento de Caballería, convocándote para hacer la colimba en Corrientes. Y te fuiste hermano a cumplir con la patria. El 12 de enero, día de mi cumpleaños, fuimos con papá a visitarte, pero ya no estabas. Los conscriptos habían sido trasladados a Buenos Aires. Volví muy triste Dóber, sin embargo no lloré.
Pasaron los meses, sin tener noticias y ¿sabés?, doña Carmen nos ayudó mucho, cocinaba muy rico y a veces se quedaba a dormir. Un día yendo al colegio, todos hablaban de la guerra de Malvinas y en la tienda de don Esteban había un TV color, en el que pasaban un noticiero. Nosotros siempre mirábamos la tele en casa, en el televisor blanco y negro y ese día, mientras un pariente de Paniagua, el militar, le contaba que vos estabas allá, ¡no te imaginás, Dóber! me agarró miedo mientras veía las imágenes. ¡Qué frío!, sólo pensaba en vos, todos los días, adelgacé, no podía comer, con papá prendíamos velas a los santos para que te protegieran, estaba muy triste, ¡mi hermano Dóber estaba peleando en Malvinas!. Llorando le pedía a Dios que te cuidara, quería ir con vos, pero sólo tenía diez años. ¡No te imaginas, Dóber lo que sentimos cuando hundieron el Crucero General Belgrano! Estábamos perdiendo, un barco nuestro había sido hundido y las noticias llegaban con muchas mentiras. Me sentía mal, estaba enojado con la vida.
-“¿ Sabés algo de Rober?”- me dijo el viejo que te pinchaba la pelota cuando caía en la quinta de él. ¡¡NO…!! -le grité …viejo de mierda, le dije más despacito, y como era sordo me sonrió. –“Ojalá que vuelva” –agregó. Dios lo oiga, pensé, y nos cruzamos en el camino. Seguí juntando leña, que apenas podía cargar y que nos servía para cocinar y para hacer tortas fritas. Llegando a casa salió a mi encuentro doña Carmen gritando –¡Nico… Nico… terminó la guerra…! y me abrazó. Nuestro Ejército se había rendido. Corrí a mi cama y lloré de bronca, de impotencia, de tristeza, pero sobre todo de alegría, ¡no te imaginás Dóber, cuánta euforia, qué felicidad la de saber que pronto te vería de regreso!
La Aviación estaba llena, el avión abrió sus puertas y pusieron una escalera especial para sacar soldados muy malheridos. A algunos les faltaba un brazo, otros tenían las cabezas vendadas. Todo era sufrimiento, gritos y llantos. Mis ojos te buscaban, mis brazos deseaban abrazarte, miraba esa escalera esperando que bajaras en cualquier momento, pero me quedé solo y vacío, rodeado de miles de personas. Entonces pasamos a un salón grande en donde nombraban a los soldados muertos en combate. Los familiares pasaban a recibir una medalla. Yo rogaba a Dios que no te nombraran y me acordaba cuando me enseñabas a atarme los zapatos, cuando me retabas: -“¡Hablá bien, no me digas Dóber!. Se dice Robert”.
Las palabras del teniente Ojeda, sellaron el día más triste de mi vida: -“Al soldado Roberto Dionisio Caballero, caído en Malvinas en cumplimiento del deber, la patria le rinde homenaje”. Algunas personas se acercaron a mi padre y le colocaron una medalla. Entonces entendí todo. Me quebré en un llanto interminable, no te imaginas, ¡cuánto dolor!. Papá me acarició, se sacó la medalla y me la dio. Mientras volvíamos a casa caminábamos sollozando, entre llantos y desconsuelos. Nosotros queríamos volver con vos, estar con vos, tenerte a nuestro lado, pero solo teníamos una medalla en las manos.
Sentimos un gran ruido, después vimos despegar el avión elevándose por los aires chaqueños, llevando su interior vacío, un vacío tan grande como el nuestro.

Cuento premiado en los Intercolegiales Deportivos y Culturales 2014.


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