Saber escuchar lo que la enfermedad nos dice

Saber escuchar lo que la enfermedad nos dice

En el primer artículo que publicamos en esta columna, intentamos acercarnos a una idea de lo que es la salud, entendiendo a ésta como algo integrador en el que cuerpo y mente constituyen una unidad inseparable. Hoy nos enfocaremos en la enfermedad y el significado que se le ha asignado culturalmente.
La ciencia moderna nos ha enseñado la manera como debemos entender algunos conceptos e ideas básicos sobre lo que nos pasa con nuestra salud y con la enfermedad. Estos conceptos e ideas no son más que herramientas con las que vamos interpretando e instrumentalizando lo que nos pasa a diario. Por ejemplo: si nos duele la cabeza, entendemos que debemos tomar un analgésico para el dolor. Es algo tan automático, que ni siquiera necesitamos parar a reflexionar sobre el hecho; simplemente accionamos de inmediato.
Cuando pensamos en lo que significa salud, normalmente se nos viene a la mente la idea de alguien feliz, relajado, activo, trabajando y viviendo plenamente, con pocas o sin preocupaciones. Sin embargo, cuando pensamos en alguien enfermo, lo asociamos con lo contrario: dolor, preocupaciones, retraimiento, inacción, insatisfacción, sufrimiento. Esta idea de la enfermedad como algo negativo es altamente perjudicial a la hora de darle significado a un evento que de por sí, es parte de la vida. La enfermedad no es algo antinatural, no se trata de un evento de “otro mundo”. La realidad es que enfermarnos es algo esperable, tanto como lo es respirar.
El problema de estar peleados con el concepto de enfermedad radica en que cuando nos llega, la sufrimos. Incluso si estamos sanos, le tenemos miedo. Hemos aprendido a querer huir de lo que es parte de nuestra realidad como seres vivos. Y como estamos reñidos con la enfermedad, cuando sucede, o la negamos y hacemos de cuenta que “acá no pasa nada”, o bien acudimos al especialista para que nos diagnostique y nos brinde un tratamiento para volver a estar “normales”. Nuestra participación en el proceso de la enfermedad se reduce a ser meros portadores de lo que se considera un problema indeseable y del que hay que desprenderse cuanto antes. La idea del paciente, como se denomina a la persona que acude al profesional, se encuentra muy relacionada a este concepto del sufriente, que padece pasivamente una enfermedad, por lo que el activo y responsable de la solución es el que sabe, es decir, el profesional de la salud al que solicitamos ayuda para curarnos. La pasividad y la enfermedad quedan asociadas en la misma definición.
La manera en que le adjudicamos un significado a algo, en este caso, a la idea de estar enfermos o estar sanos, es de alguna manera, una construcción definida desde los valores sociales y culturales. En nuestra cultura occidental, estar enfermos es significado como una situación altamente negativa y a la que debemos estar alertas para evitarla. Aprendimos a considerar que estar enfermos es algo tan malo que hasta hay quienes se enferman de tenerle miedo a las enfermedades, como es el caso de las personas ansiosas, de las que hablamos ampliamente en artículos pasados. Tenerle miedo, resquemor, desconfianza, rechazo, a algo que es tan natural como la vida misma, es un verdadero desacierto. La enfermedad nos sucede, nos ocurre a todos, tarde o temprano, desde una gripe hasta un cáncer, desde un estado de tristeza hasta una esquizofrenia. Por supuesto que no cualquiera se enferma de cualquier enfermedad, pero es inevitable que pasemos por diversas patologías a lo largo de nuestras vidas.
Pero la enfermedad en sí, no es necesariamente algo malo. Quitarle esa carga negativa nos puede ayudar a ver un hecho natural desde otro punto de vista. Hay quienes consideran que enfermar es una manera que tiene el organismo para avisar que algo estamos haciendo mal. Gran parte de los problemas de salud se deben a una mala administración de nuestros recursos físicos, mentales y sociales. Cuando no hacemos un uso correcto del cuerpo, de la mente y del entorno, quedamos expuestos a que el estado de salud se vea deteriorado, por lo que al enfermar, el organismo nos advierte que debemos hacer cambios en nuestros hábitos, conductas, modos de pensar y de relacionarnos con nosotros mismos y los demás. La enfermedad viene a advertirnos que debemos hacer un viraje, un cambio. Es un aviso para parar lo que estamos haciendo mal o inadecuadamente. Habrá ocasiones en que se pueda revertir el estado de enfermedad, habrá otras en que quedarán secuelas, pero de toda experiencia se puede aprender y mejorar. Por eso es tan oportuna la metáfora de la encrucijada: transitamos el camino pero de repente, todo cambia. Al camino no es posible continuarlo como veníamos haciendo. El trayecto se abre a otras opciones y habrá que tomar decisiones… decisiones que implican cambios y compromiso. No hay opción: o decidimos un nuevo rumbo para continuar avanzando, o nos quedamos estancados. La enfermedad nos expone y enfrenta a esta idea de la necesidad de cambiar el rumbo, de modificar el trayecto que veníamos haciendo, de tomar decisiones para poder seguir adelante. Ya no podemos continuar siendo pasivos, muy por el contrario, enfermar desde este punto de vista, nos debe colocar en la posición de ser artífices de nuestros propio bienestar.
Los síntomas de la enfermedad son molestos, irritantes, preocupantes. Las manifestaciones externas de un padecimiento físico o mental nos cambian y alteran la vida cotidiana, por lo que en el sistema económico actual, parar por no ser productivos, es un problema grave. El sistema de salud está diseñado de tal manera que apunta a tratar la sintomatología de la enfermedad, pero no siempre el problema de fondo. El motivo es claro: si los síntomas desaparecen, aunque la enfermedad siga, la persona puede continuar con su vida. Pero el gran problema que presenta este modo de entender la enfermedad como algo negativo, como algo que debe ser combatido y sus manifestaciones externas hacerlas desaparecer, es que no podemos aprender de ella. Por ejemplo, las enfermedades llamadas no transmisibles (como diabetes y colesterol alto) están muy relacionadas al estilo de vida, por lo que no podemos echarle culpas al azar. Sin embargo, muchas personas que sufren estas enfermedades se encuentran poco o nada dispuestas a cuestionarse el estilo de vida que las llevó a enfermarse. El estrés crónico, tan asociado a otras enfermedades mentales como la ansiedad y la depresión, también se encuentra vinculado al estilo de vida. Sin embargo, suele ser más sencillo y rápido consumir pastillas para tranquilizarse o levantar el ánimo, que cuestionarse en cómo se está viviendo la vida. Otra vez, la disyuntiva entre ser pacientes pasivos ante el sufrimiento, o ser activos para reencontrar la senda de la salud.
La forma de entender la vida que tenemos actualmente, tan inmediatista, nos lleva a buscar tapar las molestias que causan una dolencia, en lugar de detenernos a escuchar lo que el cuerpo y la mente necesitan para estar bien. Si no lo hacemos, la enfermedad viene a recordarnos que tenemos que parar un poco la pelota de la vida cotidiana para repensar qué cambios habrá que hacer. La enfermedad se convierte en una gran maestra de la cual hay mucho que aprender. Habrá veces que la enseñanza será dura, habrá ocasiones en que sólo sean advertencias con la posibilidad y tiempo para remediarlas. Sea dura o sea suave la lección, la vida nos da la oportunidad de aprender de los errores y remediar lo que aún es posible cambiar.
No seamos sordos, ni ciegos, ni pasivos, cuando nuestro maravilloso y complejo organismo nos hable. Seguramente, aún estaremos a tiempo para mejorar y aprender.
Hasta la próxima.

Bibliografía recomendada:
“La Enfermedad como Camino”. Dethlefsen, Thorwald; Dahlke, Rüdiger.


Edición:

Diario Prensa
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