¿Se rompe el relato turístico?

¿Se rompe el relato turístico?

¿Se rompe el relato turístico?

Lamento ser yo el que se los tenga que decir, pero es indispensable que lo entiendan de una buena vez: Ushuaia no se vende solo por sus paisajes. Se elige por un imaginario muy potente, “el del fin del mundo”, lejanía, refugio simbólico frente al ruido del planeta. Un lugar donde los grandes conflictos parecen quedar lejos. Ese capital simbólico es tan valioso o quizás más potente que el Canal Beagle o la cordillera.
Para entenderlo mejor debemos analizar estas cuestiones desde tres perspectivas diferentes:

1) El relato del colapso y la desidia: Cuando el principal puerto de cruceros del país empieza a circular en medios nacionales e internacionales asociado a imágenes de abandono, conflicto, desorden o improvisación, no estamos ante una crítica técnica aislada, estamos erosionando la marca destino. El turista no distingue responsabilidades institucionales, lo que queda es la sensación de “algo no funciona” y en destinos extremos, donde el visitante ya asume riesgos climáticos y logísticos, la percepción de desorganización pesa el doble.

2) La dimensión simbólica de una base militar: Más allá de la posición política que cada uno tenga, en términos turísticos el asunto es claro, una base militar extranjera introduce una narrativa completamente ajena al imaginario del fin del mundo como espacio neutral, remoto y pacífico. No hace falta que exista un riesgo real para que exista un riesgo percibido, y en turismo la percepción suele ser más decisiva que los hechos. Militarización, geopolítica, tensiones internacionales y terrorismo son palabras que jamás deberían aparecer cerca de la marca Ushuaia. Aunque el peligro sea mínimo o inexistente, el simple hecho de estar “en el radar” rompe esa burbuja simbólica que tanto cuesta construir.

3) El silencio del sector turístico: Quizás lo más preocupante no es la discusión en sí, sino la ausencia de una voz clara del sector turístico local. Debemos entender que esto impacta de lleno en la identidad y competitividad del destino. El turismo no puede ser siempre la variable de ajuste ni el espectador pasivo de decisiones estratégicas tomadas desde otros tableros. Ushuaia compite con destinos extremos que cuidan obsesivamente su relato, como por ejemplo Islandia, Laponia, Noruega y la Patagonia chilena. Ninguno juega livianamente con símbolos que contradicen su promesa. En síntesis, esto debería ser un aspecto seriamente preocupante para el sector turístico. No porque Ushuaia vaya a dejar de recibir turistas mañana, sino porque estas decisiones erosionan, de manera lenta pero constante, el capital simbólico que sostiene al destino.

El mayor riesgo no es inmediato, pero cuando queramos volver a contar a Ushuaia como “ese lugar donde el mundo queda lejos”, es muy posible que ya no nos crean.
En el mismo sentido debemos indicar que gran parte del sector turístico comercial de Ushuaia, incluso parte de la ciudadanía, cree que la instalación de una base militar extranjera nos favorecerá. Confundir presencia militar con desarrollo es un error histórico recurrente y en destinos turísticos como Ushuaia, puede ser además un error estratégico grave.

Una base militar genera gasto, no desarrollo. Salarios, contratos puntuales, alquileres, consumo cerrado y altamente concentrado. Eso puede mover algo la aguja en el corto plazo, pero no construye una economía diversificada ni arraigada. Cuando la base se achica, se relocaliza o cambia la estrategia geopolítica, el “derrame” desaparece.
El desarrollo económico real deja capital humano, conocimiento local, cadenas de valor abiertas e identidad productiva. Una base extranjera es una economía enclavada, cerrada sobre sí misma. Históricamente, estos enclaves generan dependencia, no progreso.

En Ushuaia, el principal activo económico no es el suelo ni la infraestructura, es el significado del lugar. Una base militar extranjera tiene un enorme costo invisible, porque hiere la marca del territorio. Asociar el territorio a intereses militares internacionales —sean del país que sean— introduce un ruido enorme en ese significado y lo más delicado es que ese costo no aparece en ningún estudio de impacto económico, pero sí en la mente del visitante, del inversor turístico y del propio habitante.
Este tipo de proyectos alimentan el espejismo del empleo seguro. Este argumento suele ser persuasivo, pero sumamente engañoso.

Los puestos directos son limitados, muchas veces altamente especializados y cubiertos por personal externo. Los indirectos suelen ser de baja calidad y temporarios.
Ushuaia no necesita atajos. Las ciudades que aceptan soluciones rápidas suelen hacerlo porque renunciaron a pensar un modelo propio. Nuestra querida ciudad tiene condiciones únicas para construir un desarrollo coherente con su identidad: turismo de calidad, ciencia, investigación polar, cultura, patrimonio, logística antártica, servicios especializados.

Una base militar extranjera no potencia ese modelo, lo desordena, lo desequilibra, lo lastima.

En un destino como el nuestro, el riesgo no es solo económico es perder, poco a poco, el sentido profundo de las ventajas de hallarse en el fin del mundo.
Hace cien años, Ushuaia era la “tierra maldita” de un presidio que personas de afuera, sin conocerla siquiera, decidieron como solución para el aislamiento y el castigo de delincuentes y criminales. Hoy, otra gente la ve como un bien simplemente estratégico para canjear por otros favores. Vale preguntarnos: ¿queremos que Ushuaia crezca porque otros necesitan este lugar, o porque la comunidad decide qué quiere ser?

En síntesis, creer que cualquier actividad que genere empleo es desarrollo, sin medir el impacto simbólico y estratégico sobre la identidad del territorio es un error incalculable.

Ushuaia ya vivió lo que significa cargar durante décadas con una etiqueta impuesta desde afuera. Es hora que maduremos y dejemos de pensar que la solución viene de arriba o de afuera. Y si es que tenemos graves problemas, los tenemos que resolver los fueguinos, con más democracia, más control ciudadano, con más perseverancia y, sobre todo, con una profunda conciencia crítica. Aunque a algunos les moleste.


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