Son 105 los identificados de Malvinas: el soldado que fue de voluntario a la guerra y murió sin dejar de disparar su ametralladora

Se trata de Claudio Alfredo Bastida, del Regimiento Patricios, que fue de voluntario a las islas y combatió en la sangrienta batalla de Monte Longdon

El tableteo de su ametralladora solo se apagó cuando las esquirlas de las bombas enemigas atravesaron su cuerpo.

Fue el 12 de junio de 1982, en la batalla más larga y sangrienta de la guerra. Allí, en su trinchera en Monte Longdon, alimentó su ametralladora MAG 7,62 mm sin pausa, sin miedo, sin dudas durante las eternas horas que duró el combate.

-Mamá, quiero servir a la Patria, le había dicho a  María Vidriales antes de partir.

Pequeña y frágil, la mujer abrazó a su único hijo y lo despidió con lágrimas pero sin reproches. Alto, corpulento, orgulloso en su uniforme militar, Claudio Alfredo Bastida la envolvió en sus brazos mientras le decía que se quedara tranquila, que todo iba a estar bien.

Su padre Ismael Bastida había muerto cuando él era muy pequeño; su madre, una española incansable, había trabajado de sol a sol para llevar el pan a la mesa; a sus 19 años y como único sostén de familia podía haber pedido quedarse en el continente. Pero eligió ir a Malvinas.

Claudio había nacido en San Martín el 5 de junio de 1963.  Creció siguiendo con pasión los partidos de tenis de Bjön Borg y John McEnroe, las carreras de Fórmula Uno de Carlos Reutemann y Jacques Lafitte, y los nuevos discos que lanzaba AC/DC. Era alegre, sonreía con facilidad y le gustaba soñar con largos viajes por el  mundo.

Estaba haciendo el servicio militar en el Regimiento Patricios cuando estalló la guerra. “Frankestein”, como lo llamaban sus compañeros por su enorme tamaño, no dudó ni un instante y pidió ir al sur.

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Los soldados Patricios se dividieron entre Puerto Argentino, Dos Hermanas y Longdon. Su sección de ametralladoras tenía la misión de apoyar al Regimiento 7. A Claudio le tocó el Longdon, que tres días antes de la rendición, el 14 de junio de 1982, se convertiría en un horror de muerte y sangre.

El ataque comenzó pasadas las ocho de la noche del 11 de junio. Los paracaidistas ingleses habían planeado avanzar en la oscuridad, sin ser detectados por las tropas argentinas, para lanzar el ataque final. Pero en la oscuridad cerrada de la noche, un soldado británico pisó una mina. “La explosión le arrancó una pierna y el elemento sorpresa se perdió”, explicó muchos años después el teniente general Hew Pike, quien estaba al mando de la operación.

En ese instante se desató el infierno. “El caos reinaba. Los argentinos gritaban las órdenes desde lo alto, seguido por ráfagas de armas automáticas, balas trazadoras y explosiones”, contó el militar inglés.

Las bengalas iluminaron el campo de batalla. Los hombres pudieron ver cómo se luchaba cuerpo a cuerpo, con las bayonetas en alto. En su trinchera, Bastida y Daniel Orfanotti -el apuntador de la MAG- dispararon sin respiro contra los paracaidistas ingleses que superaban en cantidad de hombres y armas a las fuerzas argentinas.

Un compañero que los vio combatir recordó que cuando las esquirlas dieron de lleno en el cuerpo de Bastida, un pequeño fragmento de metal se incrustó en el cuello de su compañero. “Ocurrió que las bombas lanzadas por los ingleses eran de esas que buscan el calor u objetos ‘calientes’, por eso cayó una muy cerca de la MAG “, dijo el ex soldado Patricio. “Eso nos da una idea de la cantidad de balas que escupió la ametralladora de Bastida en esa cruenta batalla”, agregó.

En 2009, María Vidriales y el compañero de trinchera de Claudio Bastida – Daniel Orfanotti – descubren un monumento al héroe en el Regimiento Patricios
En 2009, María Vidriales y el compañero de trinchera de Claudio Bastida – Daniel Orfanotti – descubren un monumento al héroe en el Regimiento Patricios

Finalizada la guerra, cuando María Vidriales recibió la trágica noticia, solo pudo decir: “Me lo mataron”. Y esas dos únicas palabras fueron las que marceron siempre su eterno dolor.

Cuando le llegó el momento de viajar a las islas, María supo que su hijo no había sido identificado, como le ocurrió a tantos familiares de Malvinas. Claudio no tenía una tumba con su nombre en Darwin. Ella, quizás, eligió una al azar donde dejar sus lágrimas y sus oraciones. Quizás abrazó, como otras madres, una de las cruces blancas con la misma fuerza que abrazó a su hijo el día que partió. Desde ese mismo instante siempre lo buscó.

Con el paso de los años, y luego del dramático tiempo de olvido y silencios, llegaron los recuerdos y los honores. Con emoción asistió en 2009 al acto en el Regimiento Patricios donde erigieron un monumento a su hijo. La cara de Claudio, tallada en hierro, allí en lo alto, marcaba su heroica muerte. El coronel Gabriel Bao comparó su valor con el de Orencio Pío Rodríguez durante las Invasiones Inglesas y la del coronel Manuel Rosetti en la Guerra del Paraguay. María, entonces, dejó caer una lágrima

Muchas más lágrimas tuvo que derramar esta madre durante 36 años. Al dolor de la ausencia se sumó la angustia de no saber dónde estaba el cuerpo de su hijo. Por eso, cuando el Plan Proyecto Humanitario se puso en marcha, María y Alicia quisieron dar muestras de sangre para que sean cotejadas con las que se tomaron en las 121 tumbas en el cementerio argentino en Malvinas.

Hoy a los 89 años, en su casa y junto a su hermana, María recibió la noticia que tanto esperó: su hijo fue identificado en Darwin.  Miembros de la Secretaría de Derechos Humanos, a cargo de Claudio Avruj, del Equipo Argentino de Antropología Forense y del Centro Ulloa le notificaron: “Claudio yace en la tumba D.B.3.6″.

María, entonces, derramó una nueva lágrima. Había hallado a su hijo.


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