“Tengo la cabeza quemada…”

Reflexiones en cuarentena

Síndrome de Burnout en el personal sanitario

Exhaustos, trabajando sin descanso y expuestos al contagio, a casi un año desde que se decretó por primera vez el aislamiento social preventivo y obligatorio en Argentina, el personal de salud sigue prestando servicios (bajo todo tipo de condiciones), aunque los efectos se hacen notar y el riesgo a padecer Burnout crece.

El síndrome de Burnout, conocido popularmente como “síndrome del trabajador quemado”, refiere a una afección que tiene su origen en lo laboral, cuyas características más importantes son: el agotamiento emocional (sentimientos de estar abrumado y agotado emocionalmente), la despersonalización (respuesta impersonal y falta de sentimientos hacia los sujetos objeto de atención) y el bajo logro o realización personal en el trabajo (falta de sentimientos de competencia y realización exitosa). “Es un trastorno que se desarrolla en profesiones con altos niveles de estrés y responsabilidad, lugar que hoy ocupa el personal sanitario. Los síntomas que se destacan son la fatiga crónica, dolor de cabeza y estómago, irritabilidad, frustración, ansiedad y afecta notoriamente el rendimiento laboral” señaló Francisco Azzato, Director del Departamento de Medicina Interna del Hospital de Clínicas.

La licenciada en psicología Vita Escardó, comenta que en 1986 Maslach y Jackson diseñaron el MBI (Maslach Burnout Inventory), herramienta de medición del síndrome, que toma en cuenta las tres dimensiones de análisis arriba mencionadas: agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal en la tarea. En tal sentido, consideraron al Burnout como una respuesta disfuncional en individuos que trabajan en profesiones de asistencia, ligada con una tensión emocional de índole crónica, originada en el deseo de lidiar exitosamente con otros seres humanos que tienen problemas (Neira, 2004). El agotamiento emocional se manifiesta en la fatiga física o psíquica, la disminución de recursos emocionales y la sensación de no tener nada más que ofrecer a nivel profesional (Pérez Jáuregui, 2000; Neira, 2004). La persona se queja constantemente, pierde la posibilidad de disfrutar de su trabajo y se vuelve irritable (Novo, 2010). La despersonalización se refiere al desarrollo de una actitud negativa hacia las personas que deberían beneficiarse con su trabajo, tratándolas de manera insensible y deshumanizada. Aparecen reacciones de cinismo y hostilidad también hacia los compañeros de trabajo (Pérez Jáuregui, 2000; Neira, 2004). Gil-Monte (2003) diferencia dos aspectos en la variable despersonalización. Uno de carácter funcional que posibilita al profesional realizar las prácticas necesarias sobre el usuario sin implicarse en los problemas de éste, evitando involucrarse emocionalmente. Otro aspecto, corresponde al carácter disfuncional, lo cual implica conductas que suponen dar a los usuarios un trato humillante, con falta de respeto e incluso vejatorio (Novo, 2010). La baja realización personal en la tarea implica la propia percepción del trabajo en términos negativos, con baja estima profesional, imposibilidad de soportar la presión, autorreproches y baja producción. El profesional se percibe como inadaptado y evita las relaciones interpersonales (Pérez Jáuregui, 2000, Neira, 2004).

Seguramente mientras leían, pensaron en más de un médico/a o enfermero/a con estas características. Pero además, el Burnout en tiempos de pandemia, puede llevar al personal de salud a subestimar los peligros a los que se exponen cotidianamente y, en consecuencia, incrementar el riesgo de enfermarse.

Ahora bien, según la OMS (Organización Mundial de la Salud), “un trabajo saludable es aquel en que la presión sobre el empleado se corresponde con sus capacidades y recursos, el grado de control que ejerce sobre su actividad y el apoyo que recibe de las personas que son importantes para él, considerando  la salud como un estado de bienestar físico, mental y social completo.  No es solamente la ausencia de afecciones o enfermedades.  Un entorno laboral saludable no es únicamente aquel en que hay ausencia de circunstancias perjudiciales, sino abundancia de factores que promueven la salud.

El trabajo, además de un medio de subsistencia, es generador de lazo social y de realización personal. Christopher Dejours, médico y psicoanalista francés, conocido por sus aportes a la psicopatología del trabajo, remarca “el lugar capital del trabajo en la salud mental, porque el trabajo es el medio, tal vez es también un derecho de aportar una contribución a la sociedad, y a cambio obtener este reconocimiento que puede inscribirse en el proceso mayor de realización de sí mismo. Esta es la razón principal por la que aquellos que están privados de trabajo sufren una cierta «morbilidad» psicopatológica. Privados del derecho de aportar una contribución a la sociedad, también están privados de la posibilidad de proseguir la construcción de su identidad.”

Dejours también estudia la relación entre el trabajo y las patologías que de él se derivan, tomando dos caminos: el primero, que insiste sobre todo en la función del trabajo como mediador de la salud, y el segundo, que trata de aprehender los efectos negativos sobre la salud mental. En tal sentido, el trabajo tiene un carácter ambivalente. Puede generar infelicidad, alienación y enfermedad mental o por el contrario ser mediador de la autorrealización, la sublimación y la salud.

Por otra parte, en la institución se juega gran parte de quienes somos, y lo que más “quema la cabeza” es, no solo la frustración por lo que cuesta poder sacar a los pacientes de su situación, sino, especialmente, los contextos institucionales tóxicos en que los profesionales se manejan; entonces quedan entrampados entre dar asistencia a otro, siendo los profesionales la cara del establecimiento, y una institución que tiene un déficit en respaldar a ese profesional. En esta paradoja el profesional “se quema”. (Vita Escardó).

La licenciada Escardó, también denota la frustración constante por falta de recursos, dinero, tiempo, faltas y excesos: exceso de trabajo y  exceso de población a la que hay que atender, generando que se empiecen a perder los ideales, y eso va en detrimento del yo. La persona se empobrece, empobrece su vida social, familiar y muchas veces se enferma.

¿Y qué podemos hacer?

Siempre que planteo un problema, me gusta al menos, realizar una sugerencia o alternativa posible. El síndrome de Burnout, podemos trabajarlo desde tres aristas: lo individual, lo grupal o lo colectivo. Desde lo individual, revisar con la ayuda de un profesional, los motivos que llevaron a la persona al padecimiento, los recursos con los que cuenta para afrontar esa situación, así como las señales de alerta a las que hay que estar atento. Desde lo grupal, hay varias experiencias en trabajos con equipos interdisciplinarios con las personas afectadas, especialmente en contextos institucionales, poniendo a circular la palabra, nombrando y problematizando lo que ocurre y sirviéndose de técnicas inspiradas en lo lúdico, el teatro, la narrativa, que permitan ir elaborando las relaciones entre los trabajadores y con la institución que los reúne. Finalmente, desde lo colectivo, trabajar para conseguir una mayor visibilidad, reconocimiento legal e investigación. ¡Cuidemos a los que nos cuidan!


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