Tierra del Fuego: epicentro de dos guerras

La semana anterior destacábamos que bajo el gobierno de facto del general Alejandro Lanusse (1971-1973), la Argentina intentó por primera vez encarar en simultáneo la posible solución de dos disputas soberanas de vital importancia para Tierra del Fuego: la cuestión Malvinas y el diferendo por las Islas del Canal Beagle.
En primera instancia, Lanusse recogería el guante de los fracasos de la política exterior que sobre la materia había experimentado el gobierno del dictador Juan Carlos Onganía, Hay que recordar que en 1966 se produjo el “Operativo Cóndor” en el que un grupo de compatriotas secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas que volaba rumbo a la provincia de Santa Cruz y aterrizó en Puerto Argentino (Puerto Stanley), izando nuestra bandera nacional en territorio malvinense, lo que fue contestado inmediatamente por Inglaterra con el establecimiento de un batallón de la Royal Navy en la zona.
Tiempo después, comenzó a articularse el lobby Kelper recibiendo financiamiento de la Falkland Island Company que para ese momento controlaba la mayor parte de las actividades económicas de Malvinas y comenzaba a operar en círculos y clubes políticos del Parlamento inglés en contra de un acuerdo con la Argentina, aunque ello no impidió que en los años inmediatamente venideros, británicos y argentinos estuvieran cerca de llegar a una solución.

Negocios y ventajas
geopolíticas en el mundo bipolar de la Guerra Fría

En efecto, a mediados de 1968, la Argentina y el Reino Unido llegaron a redactar un texto con eje central en el “respeto” de los intereses de los kelpers, garantizándoles la libre comunicación y tránsito entre la isla y el continente, para luego pasar a la instancia donde Gran Bretaña reconocería la soberanía argentina y fijaría un plazo para la entrega de las islas.
Pero un año después el borrador nunca llegaría a ser el memorándum de entendimiento que se planteó en un primer momento. Posibles causas: cierta “modorra” de las autoridades argentinas para agilizar los trámites, la presunta existencia de una enorme reserva de petróleo en la cuenca malvinense y la acción del recientemente conformado lobby kelper sobre el Parlamento inglés.
Ello no impidió que en junio de 1971 Lanusse retomara las negociaciones con el Reino Unido por Malvinas, adoptando algunas medidas “amistosas” que facilitarían la circulación de personas y algunos bienes con ventajas impositivas entre las islas y la Argentina continental. Como puede apreciarse, la política seductora del “buen vecino” hacia los kelpers practicada en la década de 1990 por el menemismo, tiene sus antecedentes.
Es plausible que en pleno ejercicio de las negociaciones por Malvinas, Lanusse se habilitara a pensar que quizá el Reino Unido pudiese tener la llave maestra para solucionar en simultáneo el diferendo con Chile por los islotes del Beagle. De allí que un mes después de avanzar concretamente con el entendimiento sobre Malvinas para ablandar la resistencia kelper, aceptó el 22 de julio la mediación de la reina por la posesión de las Islas Lennox, Picton y Nueva. Se trataba, en todo caso, de tentar al imperio británico con una negociación integral sobre el Atlántico Sur que bien podría haber llevado por título “Negocios y ventajas geopolíticas en el mundo bipolar de la Guerra Fría”. El Atlántico Sur como punto de encuentro interoceánico y puerta de entrada a la Antártida era un punto en común para el interés de los bloques occidental y socialista en pugna.
Es en este contexto que cuajan también los compromisos que asumió Lanusse con Inglaterra en junio de 1971, ofreciendo a los isleños colaboración sanitaria, agrícola y técnica, la liberación del correo postal y la habilitación de las comunicaciones telefónicas. Mención especial admite el compromiso de Argentina de realizar vuelos regulares. Hasta el momento, las Líneas Aéreas del Estado (LADE) fue la única que pudo sostener vuelos regulares entre las Malvinas y el continente, lo hicieron durante una década, manteniendo la oficina abierta en territorio malvinense hasta que en 1982 el servicio se interrumpiría.

El profundo significado de
“la guerra que no fue”

Como adelantamos la semana anterior, la búsqueda del gobierno de Lanusse para lograr una solución integral para el Atlántico Sur operando la primera experiencia de seducción a los kelpers finalmente fracasaría, terminando de la peor forma con el revés del laudo inglés en 1977 que estableció que las islas del Beagle debían quedar bajo soberanía chilena.
En este punto, es fundamental entender la estrecha relación que hay entre el conflicto del Beagle con Chile (aquella guerra que debía comenzar un 23 de diciembre de 1978 y que por una providencial tormenta en el mar de los destinos finalmente “no fue”) y el posterior conflicto armado contra el Reino Unido por la posesión de las Islas Malvinas.
Porque cuando todavía duraba la gran molestia por el laudo británico que la intervención papal no lograba atemperar y continuaban los dimes y diretes entre los países trasandinos por la cuestión del Beagle, el pueblo argentino amaneció el 2 de abril de 1982 con la noticia del desembarco de sus Fuerzas Armadas en territorio malvinense.
No es descabellado suponer que la dictadura argentina habrá pensado que “su majestad” les debía un favor por los dolores de cabeza ocasionados a partir del laudo del Beagle de 1977 y recostándose en las excelentes relaciones que el presidente Galtieri mantenía con los Estados Unidos a raíz de su colaboración militar y diplomática en Centroamérica favoreciendo la posición estadounidense en aquella región, es que decidió realizar ese salto hacia el vacío en 1982.

El conflicto del Beagle y la guerra de Malvinas

Nadie duda que una poderosa causa de la guerra de Malvinas se encuentra en la necesidad de la dictadura argentina de encuadrar a una sociedad que le daba las espaldas ante el fracaso económico. Lo que quizá no se tuvo en cuenta del lado argentino en ese momento es que la ultraconservadora Margaret Thatcher atravesaba el mismo tipo de problemas allende el Atlántico y utilizaría el conflicto con el mismo fin con la que lo había impulsado la Junta de comandantes: la necesidad de encolumnar a la ciudadanía tras un imperativo superior, reforzando el sentimiento patriótico capaz de superar la conciencia inmediata sobre una coyuntura económica interna adversa.
Desde ya que la posición de Jorge Videla en 1978 distaba mucho de la realidad de Leopoldo Galtieri en 1982. Mientras que el primero había heredado un problema que no había generado, el segundo se lanzó al vacío esperando que el desembarco efectivo en las Malvinas habilitara una instancia de negociación que fuera arbitrada por los EEUU. No hay que olvidar que en 1978, Galtieri había sido uno de los generales del ala dura militar que impulsaban la guerra con Chile. Ungido presidente por sus pares de armas a partir de 1981, Galtieri pudo hacer gala de su atolondrada forma de entender la geopolítica mundial.
Es interesante confrontar los dos sucesos. Mientras el resultado final del conflicto del Beagle fue la declaración de guerra de Videla a Pinochet sólo interrumpida por un imponderable climático, la guerra de Malvinas fue un efecto no deseado de la dictadura argentina, quien tomó posesión de aquellas islas con la presunta intención de negociar con Inglaterra quizá un condominio sobre el archipiélago y, por qué no, una revisión del laudo sobre las islas del Beagle. En lugar de eso, debió asumir la guerra con un imperio anacrónico de segundo orden (aunque un imperio al fin) y sin el apoyo internacional esperado en un principio.

¿Y si íbamos a la guerra
con Chile en 1978?

Es por ello que es preciso concebir el conflicto del Beagle en su real dimensión, porque el posterior apoyo de Chile al Reino Unido en Malvinas cobra un sentido más allá de la simple rivalidad de egos regionales o la llana traición. En el fondo de la cuestión siempre estuvo la disputa estratégica por las islas del Beagle. No hace falta especular demasiado para concebir que de concretarse finalmente la guerra con Chile en 1978, la guerra de Malvinas no hubiese tenido lugar.
Derrotada la Argentina en Malvinas, durante un tiempo rondó en el imaginario colectivo que hubiese sido más “provechoso” que el conflicto de 1978 con Chile hubiese desatado finalmente la guerra, enfrentamiento en el que nuestro país hubiese tenido sin dudas mayores chances de éxito.
Así lo visualizó seguramente Perú, expectante del desenlace para poder reclamar a un Chile asediado los territorios perdidos en la Guerra del Pacífico de fines del siglo XIX. No debemos olvidar que la hipótesis de conflicto trasandina de diciembre de 1978 incluyó movimiento de tropas hacia el norte del país, previendo un posible avance peruano en la zona del salitre.
El conflicto del Beagle constituye entonces una pieza fundamental del análisis para explicar la guerra de Malvinas, permitiendo además encuadrar tanto el apoyo de Chile a Gran Bretaña, como la ayuda peruana a la Argentina.
Hasta aquí hemos avanzado en algunas reflexiones que vinculan la cuestión del Beagle con la guerra de Malvinas. En la próxima entrega nos centraremos en el epílogo de esta historia de conflictos limítrofes que tuvo epicentro en Tierra del Fuego, adentrándonos en los imaginarios regionales con respecto a la guerra, la soberanía y el desenlace de esta historia fundamental, íntimamente relacionada con la posterior provincialización fueguina.



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