
En los últimos meses, Ushuaia parece haberse convertido en escenario de una secuencia que merece, al menos, una lectura atenta. La controvertida toma del puerto, la promesa de una base integrada en nuestra península en conjunto con Estados Unidos, el aterrizaje de un avión norteamericano con congresistas de ese país y, ahora, la visita de Billy Graham, uno de los evangelistas más influyentes del mundo anglosajón.
Nada de esto, observado en conjunto, parece casual.
La soberanía ya no se discute únicamente con barcos, tratados o radares. (De hecho, este último también lo tenemos). Se construye —o se erosiona— a través de gestos, símbolos y relatos. Infraestructura estratégica, presencia política, acuerdos militares y, finalmente, el desembarco en el terreno cultural y espiritual. El avance no se limita a los recursos ni al control del territorio, alcanza también el plano de la conciencia colectiva.
No se trata solo de puertos o bases. Se trata de instalar una narrativa, la de lo inevitable, la de la aceptación dócil de decisiones tomadas lejos del territorio y de sus comunidades. La idea de que resistir es incómodo, que cuestionar es exagerado y que lo virtuoso es la mansedumbre. Que el buen ciudadano es pacífico, paciente y obediente, que el futuro siempre llegará desde afuera y que solo resta esperar.
Ese es el verdadero riesgo del poder blando cuando opera sin debate público ni consenso social: no necesita imponerse por la fuerza, porque logra que la fuerza deje de ser necesaria. Cuando la conciencia se disciplina, el territorio queda servido.
Por si todo esto fuera poco, el piso ético y moral que implica la democracia, parece haberse roto. Ya no sabemos a quién tenemos enfrente. Incluso a quien estamos votando. Un ejemplo perturbador ha sido la destrucción de la ley que imponía límites a la producción de salmones, en esa ocasión diferentes actores, que en lo cotidiano parecen opuestos ideológicamente, confluyeron en un mismo discurso.
Hoy lo estamos viendo con la toma del puerto de Ushuaia, en el que un sindicalista se transforma en protagonista y parecen existir en bambalinas, una serie de personajes de todos los colores incluso de los más opuestos. Todos ellos, favoreciendo a un gobierno nacional al que, en su actuación, algunos condenan, pero en los hechos, ayudan.
Parece estar rompiéndose la coherencia ideológica y cuando esa coherencia se rompe, la política deja de ser un instrumento colectivo y se transforma en una mera técnica de poder. Las ideologías pasan a ser decorado, los discursos se vuelven intercambiables y las alianzas ya no responden a proyectos de sociedad, sino a conveniencias circunstanciales. Porque decir una cosa y hacer otra no es pragmatismo; es cinismo. Y el cinismo es corrosivo para la democracia porque erosiona la confianza y en nuestra querida ciudad, está escaseando la confianza.