Cuando inclusión es también no matar al prójimo

Cuando inclusión es también no matar al prójimo

Cuando inclusión es también no matar al prójimo

25 DE MARZO. DIA DE LOS DERECHOS DEL NIÑO POR NACER.

“Cuenta la leyenda, que un día la verdad y la mentira se cruzaron.
-Buen día, dijo la mentira.
-Buenos días, contestó la verdad.
-Hermoso día, dijo la mentira.
Entonces la verdad se asomó para ver si era cierto. Lo era.
-Hermoso día, dijo entonces la verdad.
-Aún más hermoso está el lago, dijo la mentira.
Entonces la verdad miró hacia el lago y vio que la mentira decía la verdad y asintió.
Corrió la mentira hacia el agua y dijo… el agua está aún más hermosa. Nademos.
La verdad tocó el agua con sus dedos y realmente estaba hermosa y confió en la mentira.
Ambas se sacaron las ropas y nadaron tranquilas.
Un rato después salió la mentira, se vistió con las ropas de la verdad y se fue.
La verdad, incapaz de vestirse con las ropas de la mentira comenzó a caminar sin ropa y todos se horrorizaban al verla.
Es así como aún hoy en día la gente prefiere aceptar la mentira disfrazada de verdad y no la verdad al desnudo”.

Jean-León Gerome, 1886.

Cuando comencé a escribir estas líneas, recordé que nuestro país fue el primero en Latinoamérica, en reconocer la necesidad de contar con esta fecha, al igual que se festeja el día del padre, el día de la madre, o el día del niño ya nacido-; así, fue instaurada como tal, en el año 1998 y se fue replicando en diversos países: El Salvador, Guatemala, Perú, Panamá, Uruguay, México, Chile, Cuba, como también en España, Austria, Filipinas, entre otros países. También recordé, que el origen de conmemorar el día de la persona por nacer, reposa en la honda convicción de honrar su respeto como ser viviente, partícipe de la creación de la humanidad. Surge así el día 25 de marzo como su día, donde se admira, destaca y acompañan -a esa nueva y única vida, luego en el nacimiento y su posterior crecimiento-, a él, a su papá y a la mamá. Al papá porque hay que reconocer su participación y compromiso en dar origen a una nueva vida, su cuidado a la mujer gestante y su amor a ese niño por nacer, antes y después, cuando ya ha nacido. A veces parece, cuando hablamos de niños por nacer que el padre no es protagonista o, si lo es, se dice o piensa que es de poco y nada su rol y presencia; muchas veces se lo coloca como el proveedor, el dador de bienes, para exigirle la manutención económica, los alimentos. Él también es o debiera ser el protagonista sin eclipsar a la madre; el buen padre no se exhibe, lucha sin aplausos, no tiene publicidad lo que bien hace, perservera en todo lo vinculado al quehacer de los hijos, sin esperar homenajes. Cúan olvidadado está el hombre en estos tiempos al que ni siquiera se le informa que ha embarazado a una mujer, el que, para gran parte de la sociedad argentina, es invisible para opinar y decidir qué hacer ante la noticia de un embarazo. Nos encontramos ante una era en la que parece que sólo sufre la mujer y en la que el hijo por nacer es “propiedad de ella” o, peor aún, “es parte de ella”. Esto es un mosaico de la división que existe, por posturas extremistas.
La mamá, es un sujeto que necesita apoyo, acompañamiento y estar bien durante el embarazo y luego también; es la casa, los leños con fuego, el refugio, el calor y el amor hacia el bebé que crece en su seno, hasta que nace y conoce el mundo. El tránsito a este último día, resulta hoy por hoy, en vez de ser una alegría y tener un significado amoroso del ser vivo que se lleva dentro de la panza, asombrosamente tema de movilizaciones polarizadas, peleas, agresiones y divisiones atravesadas por una frialdad y cosificación indescriptibles. Esto causa perplejidad porque es un triste, descascarado y decadente espejo de lo que nos está pasando como sociedad. Allí está el trasfondo de la realidad del tema del niño por nacer, el “descarte de la cosa” y un inadmisible relativismo de la dignidad humana: ese niño no puede hablar, oir ni vernos. ¿No es un violento e injustificado atropello al ser con vida? ¿Puede alguien temer algo más horroroso que ser quemado, descuartizado, chupado por una aspiradora o muerto de otros modos violentos?. Esto es lo que estamos discutiendo, buscar la no culpa, la justificación masiva de matar a un ser humano indefenso y eso es lo más fácil porque él no puede contestar ni respondernos. Pero la pregunta es ineludible: ¿quien soy yo y qué derecho tengo sobre un niño por nacer, para aniquilarlo?. El o ella es un ser humano único, autónomo, con su propio ADN e individualidad. Como mamá no puedo decir que tiene mis dedos, mi brazos, mi cabeza, porque no es verdad. No es parte de mi cuerpo, El de ese niño por nacer es otro cuerpo. Yo solo debo ser cobijo, ternura, fuente de vida de su individualidad que llegó al ser de la mujer por algo y para algo, aunque no lo veamos en ese el momento.La violencia e intolerancia ante el otro que piensa diferente son arengadas, a mi modo de ver, por políticas partidarias, en las que no me corresponde ponderar ahora. Me pregunto en cambio: ¿cuántos anticipadores de desgracia hay, esos que lo saben todo y que se dicen realistas? (términos usados por la opinóloga Pilar Sordo que afirma que ante un embarazo inesperado y no querido, no se puede estar bien, entonces, al pequeño niño y ser humano, hay que destruirlo, ¡¡que no exista más!! … para que todo vuelva a estar bien).
Reconocemos que sí existe entonces, pero, subclasificamos cuándo es persona o no lo es para matarlo en determinado tiempo de su crecimiento y así tener menos culpa.
Si nunca se niega que es un ser vivo y humano ¿el derecho a la vida del niño por nacer, no es entonces su derecho por el simple hecho de ser humano? ¡¿en dónde está su derecho humano?!. Matarlo como a una rata, una cosa, una cucaracha y deshacerse de él, bajo la excusa o justificación de que “es mi derecho como mujer”, la pregunta cabe: ¿y dónde está el hombre que aportó la mitad para la creación del niño por nacer?, ¿acaso no tiene derechos sobre ese niño por nacer, el papá que lo concibió?.
Nunca la tensión de derechos nos ayudará a conciliarlos. Si en cambio cada uno cede un poco para interpretarlos en bien de todos, se logrará armonizar el conflicto.
Alimentando la tensión, acentuando los opuestos, enfrentándonos como si fuéramos parte de dos equipos contrarios en una partida que se extenderá hasta ver quién gana…nos está destruyendo como sociedad.
En cambio, si velamos por la dignidad que tiene el niño por nacer y por su derecho a que no lo maten, también nos dignificaremos como sociedad humana, trabajando en la búsqueda de otras alternativas siempre inspiradas por el amor hacia ese ser que es un ser humano desde el mismo momento de su concepción.
Aunque suene romántico para algunos, idealistas y fuera de época para otros, lo cierto es que, a mi modesto modo de ver, estamos transitando una época en la que se ha olvidado lo que es tener amor entre los hombres y las mujeres y por eso hay tantos hijos huérfanos de amor. El amor es para construir y debemos analizar el tema, reflexionar acerca de lo qué nos está pasando, preguntarnos por qué se prioriza el yo, el egoismo, el poder, el relativismo y el dinero.
Es precisamente el amor hacia el otro el que nos guiará para educar en valores, en el respeto, en la solidaridad, en la resolución de los problemas de todos los días. La clave está en hacer más y del mejor modo por el prójimo, pero nunca a costa de descartarlo, borrarlo o eliminarlo, sino a través de la inclusión. Para ello debemos sentir que nuestro prójimo es nuestro prójimo – no una cosa – y que está a nuestro lado, ni atrás, ni adelante, y que ambos estamos juntos en la vida.


Edición:

Diario Prensa
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