Claves para pensar la crisis mundial en la que estamos

Claves para pensar la crisis mundial en la que estamos

Instituto de Estudios Fueguinos: Aportamos al desarrollo de la región

El día lunes sucedió algo inesperado. Un crack mundial del petróleo dejó los contratos a futuro del precio del barril por debajo de cero. El oro negro, motor de la industrialización contemporánea desde que reemplazó al carbón como combustible principal de la infernal maquinaria de producción capitalista, se desplomaba ante las atónitas miradas de los que, hasta hace poco se creía, lo habían visto todo.

La explicación de dicho acontecimiento es sencilla y descarnada: la economía mundial está parada. Esta vez ni siquiera una guerra convencional, que demande vestimenta, maquinaria y armamento militar, puede espabilar el sistema productivo mundial. Alimentos y la ilusión megaóptica de internet es lo único que en muchos hogares del mundo la población en condiciones de acceder directa o crediticiamente al mercado requiere.

El desplome de la demanda de energía en un mundo que no está produciendo y cuya única reacción es reproducir la pandemia por el coronavirus (COVID) ha marcado un nuevo hito histórico para este 2020. Por lo pronto, el lunes, con los galpones de todas partes del mundo abarrotados de barriles de crudo, comenzaron a rechazarse los delivery de combustible: «quédenselos ustedes -habrán sentenciado las voces de destino al unísono- no tenemos más rincones donde almacenar lo que pretenden regalarnos».

Voces de calma que brillan por su ausencia

Sin descartar que lo ocurrido con el crack petrolero constituya otra señal camino al submundo de la depresión económica, los síntomas parecen multiplicarse semana tras semana. Por el momento, no existe variable económica que indique lo contrario. Ni siquiera el fértil valle de las esperanzas del sheriff de la posguerra mundial que siempre tenía un as bajo la manga para calmar la ansiedad planetaria.

«El Presidente Donald Trump va a realizar importantes anuncios», avisaban los titulares de los medios mundiales. Luego de brindar la conferencia, se veía a los mercados en un rojo estrepitoso. Nada parece calmar la sangría en un sistema financiero a tasas cero donde abundan los huecos de liquidez. El mundo no sabe qué hacer con el dinero y siguiendo la lógica más elemental de la primera regla de la economía, si hay exceso de oferta de un bien, el precio tiende a caer. ¿Alguien sabe cuál sería hoy el precio del dinero y sobre qué patrones deberá establecerse su actual valor?

Hace pocos días, el enigmático Henry Kissinger, uno de los alfiles operativos estadounidenses de la era imperial en clave guerra fría, destacaba la falta de liderazgo mundial ante la pandemia. En palabras de uno de los actores principales que aún viven para contar las ansiedades del mundo bipolar de la Guerra Fría, existe una alarmante falta de respuesta del poder mundial.

Es que en épocas de Kissinger, los EEUU siempre sorprendían las apocalípticas predicciones del fin del mundo libre demostrando que el planeta podía dormir tranquilo porque el corazón del imperio jamás dejaría de latir y de ofrecer un torrente sanguíneo de esperanzas. Si el imperio debía colocar al hombre en la luna para persuadir algún desborde de la nomenclatura del este, se hacía y punto, aunque la filmación del suceso hubiera que realizarla en Cabo Cañaveral y mantener una cámara fija en pleno espacio. Siempre había respuesta; y la respuesta solía tener, desde ya, su secuela cinematográfica. De allí para abajo, todo era posible.

Entonces, si cada vez que habla Trump no pasa nada, excepto sacarse chispas con los chinos y medir el nivel de paciencia política de la Europa central; si Kissinger nos avisa que no esperemos de su país soluciones mágicas porque su liderazgo histórico se encuentra paralizado y brilla por su ausencia; si todo, en definitiva, es esperar que las cosas sucedan en un «sálvese quien pueda» a la espera que una impredecible realidad se imponga: ¿quién será capaz, más allá de la destrucción de la producción y el empleo, de calmar la ansiedad mundial?.

Mejor no hablar de ciertas cosas

Si el mundo se encamina a una nueva depresión mundial, conviene repasar qué salidas ensayó el mundo a partir del crack económico de 1929. En ese caso, advertimos que la misma cuenta con preocupantes antecedentes sociales y políticos: hambrunas y millones de desocupados, el liberalismo en jaque por la consolidación del fascismo y el nazismo en la Europa central y otros regímenes autoritarios menores; y el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial.

Claro que en la década de 1930 existía la opción de la economía centralizada de la Rusia comunista, pero ésta no había alcanzado la difusión ni la conglomeración del megabloque soviético que se terminó de conformar luego de la Segunda Guerra Mundial. Por eso el liberalismo y el comunismo, aún en su aborrecimiento sistémico y dialécticamente intrínseco, fueron capaces de unirse contra el peligro de la autocracia nazi. Ya habría tiempo para saldar deudas en el mundo bipolar de la Guerra Fría.

Es que en tiempos de carencias, afloran las peores inclinaciones hacia la xenofobia, el autoritarismo, permeando un imaginario colectivo deseoso de que algún mesianismo sui generis le devuelva a la gente la dignidad, el amor propio y la seguridad perdida.

Con la dinámica de la depresión económica de 1930 lanzada en el juego político mundial retornaron los viejos fantasmas plantados por Marx y Engels en el siglo anterior: el advenimiento del fin del capitalismo. Desde ya, nada de eso sucedió y luego de la Segunda Guerra Mundial, el sistema capitalista creció al punto de convertirse en el sistema económico hegemónico mundial y a otorgar niveles de vida impensados a la humanidad manteniendo, desde ya, las inequidades que exige el régimen de acumulación del capital y el régimen de propiedad privada.

¿Qué va a pasar con el capitalismo?

En la crisis actual, comienzan también a escucharse voces que insinúan un diagnóstico similar. Vaticinan el fin del capitalismo o su drástica modificación. En esto, hay que recordar una vez más las enseñanzas de Carlos Marx al respecto (el gran crítico sistémico del capitalismo) y aclararles que mientras no se modifique el modo de producción, los regímenes de trabajo asalariado y la argamasa actual del régimen de propiedad privada capitalista, algún día encontrarán la vacuna contra el virus y el mundo comenzará a funcionar nuevamente.

Nuestro sistema económico no subsiste sino en la premisa de revolucionar constantemente los medios de producción y puede que nuevamente, como alguna vez pasó en la Alemania prehitleriana, el mundo deba empapelar las paredes del sistema con dinero que no valga nada de un mes al siguiente, pero es más probable que esta crisis sirva, como aquella de 1930, para resetear las reglas del juego general y encausarlo sobre bases más firmes, porque no debemos olvidar que desde hace un tiempo considerable, las voces autorizadas en materia económica mundial, ya venían advirtiendo de un agotamiento y esperaban una corrección de proporciones bíblicas.

¿Habrá sido la pandemia del COVID la oportunidad para depurar parte de aquello que no estaba funcionando y cuya corrección se veía inminente? Muchos consideramos que se trata de una oportunidad inmejorable para que aquellos que controlan los destinos del sistema en su propio beneficio permitan que el incesante motor recalentado de la bestia del futuro refrigere turbinas para retornar al gran premio de la tasa de ganancia con renovadas ansias de acumulación.

A fin de cuentas, mejor que las correcciones del sistema económico y social esta vez las auspicie un virus microscópico a que deba hacerse cargo nuevamente, como en la década de 1930, las “impersonales” fuerzas del mercado, que dejaron como herencia inmediata el desquicio del nazismo y la Segunda Guerra Mundial.



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