El deseo de volver al lugar de origen y el Síndrome de Doble Desarraigo

Se acercan las fiestas y muchos desean o sueñan con volver a su lugar de origen, aunque, como titula Antonio Dal Masetto en uno de sus libros: “Siempre es difícil volver a casa”.
La migración como un hecho personal es un cambio que implica una serie de pérdidas, por lo que el migrante debe vivir un proceso de duelo, muy poco comprendido y para el que no suele estar preparado. El duelo migratorio no necesariamente empieza cuando una persona migra. Una primera etapa es la preparación, que implica atravesar la ambivalencia entre el dolor de las despedidas y la esperanza puesta en el nuevo lugar.
Cuánta mas información tengamos sobre el lugar de destino y cuanto más conscientes seamos de nuestras razones para hacerlo, más ajustadas a la realidad serán nuestras expectativas. Por el contrario, cuanto más se parezca a una huida que a un proyecto de cambio, más costoso nos resultará adaptarnos (un viejo refrán popular dice que los problemas personales son lo primero que ponemos en cualquier maleta).
Dante, en el “Infierno” de la Divina comedia, pone en boca de Ulises el arquetipo de quien deja su tierra, que es la motivación para irse: el afán de aventuras y de conocimientos, afán tan fuerte que logró vencer el amor a la fiel Penélope, al padre anciano, a su pequeño hijo, a sus amigos y a su isla.
“Ni las dulzuras de mi hijo, ni la piedad debida a un padre anciano, ni el mutuo amor que debía hacer dichosa a Penélope, pudieron vencer el ardiente deseo que yo tenía de conocer el mundo, los vicios y las virtudes de los humanos; sino que me lancé por el abierto mar sólo con un navío, con los pocos compañeros que nunca me abandonaron (…)
Oh hermanos míos, les dije, que entre mil peligros habéis llegado a occidente, no neguéis a este breve gozo de vuestro sentido que os resta, el intento de encaminaros hacia el oriente, hacia el mundo deshabitado”.
Aunque la decisión de migrar es personal, muchas veces está influenciada por el entorno del migrante, es decir, quienes lo rodeaban en su lugar de origen, ven o escuchan otros que ya se fueron y que “prometen” una oportunidad laboral que no encuentran en donde viven y/o una forma de prosperar. A veces la misma familia escoge al miembro mejor capacitado para hacerlo, con el fin de que envíe remesas para sostener económicamente al resto. Si bien esta partida es dolorosa para quienes permanecen lo es aun mas para quien migra, como dice la hermosa “Casi una zamba” de Silvina Garré:
“Los que se quedan lloran un poco pero no sufren como los que se van, un mismo código nace entre ellos y los mantiene en el mismo lugar. Los que se quedan son los que esperan y los que buscan son los que se van. El mundo gira hombre por hombre, beso por beso y hogar por hogar”.
La fantasía/idea/proyecto de volver está presente en todos los que migran. Este deseo es muchas veces irracional, vinculado a aspectos infantiles, ya que la personalidad de quien migra está ya moldeada por lo que ha vivido en la infancia, el lugar en el que vivió, costumbres, tradiciones, paisajes, olores, sabores. Como el duelo migratorio es un duelo parcial, por separación no por pérdida, lo que se deja sigue estando ahí, no desaparece, es más, se puede tener contacto con familiares y amigos, saber lo que está pasando en el lugar de origen y hasta existe la posibilidad de visitarlo temporalmente o de regresar en forma definitiva. Por eso este duelo no se cierra como otros, sino que se reabre recurrentemente.
El desarraigo (literalmente cortar las raíces) afecta la identidad. Todos tenemos una serie de conceptos y actitudes sobre cómo comportarnos en el lugar al que pertenecemos, pero cuando se migra, estos códigos no siempre son útiles. Lo común y normal en el lugar de origen puede ser extraño y hasta insólito en el de destino. A esto es a lo que se llama shock cultural y toda migración exitosa requiere la incorporación de los nuevos códigos. Si nos adaptamos a vivir en otro lugar ya no somos los mismos. Este es el primer elemento del doble desarraigo: después de un tiempo y de sufrir un duelo, quien se fue cambió necesariamente aunque no siempre lo registre.
A esto se suma que el lugar que dejamos y los seres queridos que quedaron también cambiaron; esa comunidad, por haber perdido a quien partió y por las modificaciones, para bien o para mal que trae el paso del tiempo. La familia de origen se achicó o amplió, el barrio o el pueblo crecieron o se deterioraron, las costumbres cotidianas cambiaron, etc.
El doble desarraigo se produce cuando quien cree ser el mismo vuelve al lugar que solo existe en su recuerdo. Además, por añorado, ese lugar es muchas veces idealizado y se olvidan los problemas y las motivaciones que llevaron a irse. Paradójicamente el regreso, sobre todo si es definitivo, también genera pérdidas, y por lo tanto tendrá que pasar nuevamente por un proceso de duelo.
En ese caso quien se fue vuelve “a casa” desde un lugar del que no terminó de sentirse parte del todo, para llegar a otro, donde tampoco se siente completamente integrado. Esto dispara estados de angustia, confusión y ansiedad que requieren frecuentemente intervención profesional. Se autopercibe no sintiéndose bien en ningún lado y requiere tiempo y comprensión de su comunidad de origen. Lamentablemente muchas veces recibe lo opuesto, es valorado o como un desertor (“cuando había problemas te fuiste”) como quien desaprovecha oportunidades (“con lo bien que te iba”) o simplemente como un fracasado.
Superar el doble desarraigo lleva tiempo, requiere apoyo y se logra cuando, quien atraviesa esto logra integrar lo mejor de ambos lugares, el reconocimiento de pros y contras de cada lugar, decidiéndose en base a esto por uno de ellos como morada permanente.


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