La increíble historia de un hombre enamorado de la Patagonia

La increíble historia de un hombre enamorado de la Patagonia

Por Juan José Mateo (Licenciado en Historia y Miembro del Instituto de Estudios Fueguinos)

 

Tras la vida de Orélie Antoine de Tounens hay una historia increíble relacionada con un gran y antojadizo amor: la Patagonia.
Este increíble personaje fue un aventurero francés nacido el 12 de mayo de 1825 en la comuna gala de Chourgnac. Abogado de profesión y fascinado por las novelas y diarios de viajantes, este Quijote del siglo XIX trazó en sus años mozos un plan cuyo destino final sería fundar una monarquía en la Patagonia, en esos momentos, una región signada por la disputa de la organización nacional de los Estados chileno y argentino con las jefaturas y confederaciones tribales indígenas sobre un extenso territorio.
Así fue como un día, Orélie Antoine decidió dejar atrás el tranquilo estilo de vida pequeño burgués y decidió abrazar la causa de la nobleza, aunque contaba con un pequeño inconveniente: carecía de linaje real y lo más importante, de un Reino.

El viaje de iniciación

En 1854, a los 29 años de edad, Orélie emprendió viaje hacia Chile. Al poco tiempo dominaba el castellano y sobre todo, el mapudungun (“mapuche”), idiomas que le ayudaron a tejer alianzas con ciertos circuitos de la masonería local y los líderes indígenas de la zona. Su proyecto político consistía en reclamar para sí los territorios al sur de Río chileno Biobío, para luego avanzar allende la Cordillera de los Andes, sobre el sector que hoy conocemos como Patagonia argentina.
Es que para Orélie Antoine, que unos años después de su llegada a Chile ya se presentaba en los círculos de poder local bajo el título de príncipe de Tounens, los territorios patagónicos bajo dominación indígena no pertenecían al rey de España desde el Tratado de Negrete en 1773. De este modo, se ganó el favor de los indígenas de la Araucanía convenciéndolos de apoyar la causa de su liberación frente a los Estados nacionales en incipiente expansión.
Pero Orélie Antoine no se empantanó en el plano argumentativo ni se conformó con la sola ingeniería de un sueño febril. A seis años de su llegada, a mediados de noviembre de 1860, apoyado por importantes lonkos de la Región, como Kilapán y Calfulcurá, fundó el “Reino Monárquico Constitucional de la Araucanía”.
Auto ungido por el divino derecho de la razón, la breve pero intensa experiencia de este Rey de la Patagonia, contó con distinguidas perlas de gestión soberana y gubernamental, como el dictado de una Constitución, la articulación de un cuerpo diplomático capaz de conseguir financiación externa para afrontar una posible guerra en defensa de su territorio contra el Estado de Chile, la acuñación de moneda, la composición de un himno nacional y la creación de una bandera azul, blanca y verde, que sugestivamente coincide con el modelo de tres franjas y el mismo orden y colores que el estandarte de la provincia argentina de Río Negro.

Orllie Antoine I

Rey de las patagonias

Considerando que los indígenas de la Patagonia tienen los mismos derechos e intereses que los araucanos y que declaran solemnemente querer unirse a ellos, para no formar sino una sola nación bajo el Gobierno monárquico constitucional, hemos ordenado lo que sigue: Art. 1° La Patagonia queda reunida desde hoy a nuestro reino de la Araucanía, como parte integrante del mismo. Firmado: Orélie Antoine I.
El extracto de esta Real Ordenanza dictada el 20 de noviembre de 1860 por Orélie Antoine I, se encuentra en el libro “Historia de la Patagonia” de la especialista Susana Bandieri, quien le dedicó un capítulo a tan singular suceso y cuya lectura siempre recomendamos.
Lo cierto es que en una semana Antoine había más que duplicado su territorio y se enfrentaba a dos estados nacionales en formación. La República de Chile y el aún indeterminado Estado nacional argentino ya que la batalla de Pavón que libró la constitución final de la República Argentina en constante guerra civil, al menos en la letra de molde de la Carta Magna, no sucedería sino al año siguiente, en septiembre de 1961.
Fue así como, sobre las “fragilidades nacionales” chilenas y argentinas, un francés voluntarioso pudo tejer un sueño considerado imposible.

“Preocupaciones” chilenas

Hasta ese punto, la historia quizá merecería incluirse en las colecciones más conspicuas de aquella literatura reconocida en América Latina como realismo mágico, un digno capítulo quizá de una novela del reconocido Gabriel García Márquez. Pero como un efecto de aquella, que establece que los sueños y las palabras influyen en la realidad mucho más de los que la gente piensa, el surgimiento de la nueva monarquía patagónica llegó a preocupar al Gobierno Chileno, quien se vio obligado a tomar cartas en el asunto.
Tras ocho meses de conseguir endebles actos probatorios, el Gobierno chileno encomendó a los cuerpos militares de la zona la captura de Orélie Antoine, quién finalmente fue arrestado en Valparaíso y sometido a juicio. Quiso el destino (al parecer la diplomacia francesa hizo mucho más de lo evidente para salvarlo) que la solicitud de una ejemplar pena de muerte por parte de la fiscalía no prosperara y declarándolo insano mental, se lo confinó a unos meses de prisión para luego enviarlo a su Francia natal.
Concluía así la monarquía constitucional patagónica, lo que no detuvo al rey depuesto, el que intentaría retomar el trono realizando tres viajes más a las tierras sudamericanas. Su último viaje realizado en 1876 lo llevó a radicarse durante un brevísimo tiempo en Choele Choel (justamente la provincia de Río Negro que hoy cuenta con una bandera similar a la de su autoproclamado reino) pero enfermo y sin apoyo, regresó a Francia, país en el que falleció al poco tiempo.


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