La mala costumbre de ver la vida en blanco o negro

La mala costumbre de ver la vida en blanco o negro

La historiografía mundial ha hecho de los buenos y los malos (más precisamente, aquellos arquetipos que representan universalmente el bien y el mal en el mundo), un culto que durante milenios se ha mantenido inquebrantable. En la cultura universal, por ejemplo, existe uno de los mejores ejemplos de ese tipo de visiones del mundo: el maniqueísmo.
El maniqueísmo fue una doctrina religiosa surgida en el siglo III d.C., que tuvo sus orígenes en territorios de la vieja Babilonia, durante el Imperio de los Sasanidas (Persia medieval), cuando un místico sabio llamado Manes, difundió las ideas de que el bien y el mal eran dos entidades contrarias e irreconciliables que estaban destinadas a luchar eternamente entre sí. Desde entonces y como muchas otras religiones, una vez articulado el culto y la doctrina, los maniqueos se plantearon así mismos como representantes de la fe definitiva en la tierra. Es por ello que, hoy en día, ser un maniqueo o practicar el maniqueísmo, se identifica con aquella actitud de valorar la realidad o las cosas como buenas o malas, sin contemplar términos medios.
Si prestamos atención, nuestra formación desde niños está mediatizada por dibujos animados que repiten una estructura de relatos mediante la cual se evidencian malos poderosos -siempre ligados a la magias oscuras, las trampas, los engaños y la deslealtad- y héroes abnegados. Durante todo el desarrollo de los episodios, los malos llevan las de ganar hasta que finalmente, el bien se impone como un deber ser. Los héroes representantes del bien -algunas veces carismáticos y otras tan abnegados como toscos- cuentan con una fuerza sagrada que se pone en acción cada vez que el mundo conocido corre el peligro de caer en las siniestras garras del mal.
El autor podría mencionar, a modo de ejemplo, uno de sus dibujos animados preferidos cuando un niño, el Capitán América, que se enfrentaba en plena Guerra Fría contra el inefable “Calavera Roja”.
El ejemplo, como todo en esta vida, no deja de tener su correlato en una realidad más descarnada. Quizá durante la Segunda Guerra Mundial que asoló Europa, África, Asia y los Océanos Pacífico y Atlántico entre los años 1939 a 1945, el nazismo y el fascismo fueron tan agresivos y repugnantes, que lograron unir a las potencias capitalistas y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en su contra. Lo que parecía imposible se logró gracias a que se evidenciaba un “mal mayor” que concebía el exterminio de todo lo que no fuera la cultura “étnica” originaria.
En la Argentina, el maniqueísmo evidenció etapas de verdadero terror en las guerras fratricidas entre unitarios y federales, la Campaña del Desierto comandada por Julio Argentino Roca, las campañas oligárquicas contra los trabajadores sindicalizados de cuño anarquista y socialista y como último acto macabro, la matanza que inició el terrorismo de Estado del autodenominado “Proceso” militar a partir de 1976. En todos estos casos, quienes creyeron representar “el bien”, agregaron un componente mesiánico fundado en la noción del aniquilamiento de aquellos portadores del “mal”.
Es decir, se trata de momentos en la historia donde no sólo estaba en juego el enfrentamiento de realidades o sistemas de ideas y creencias de naturaleza política o económica, sino que agregaban los esquemas maniqueos de tipo étnico o racial: un salvaje unitario o un fanático federal, un bárbaro indígena, un extranjero indeseable o un “subversivo” o “zurdito” equivalían a algo más que combatientes del orden establecido: eran las personificaciones del mal, sobre los que debía imponerse una purga sistémica. Allí, donde se pone en juego la integridad de un grupo hasta la concepción de su exterminio, sin concebir la posibilidad de propender a síntesis multiculturales o étnicas superadoras, se inician las condiciones para el genocidio.
Detrás de estos fatales resultados, siempre ha estado el maniqueísmo, alimentado por los falsos esquemas de la verdad absoluta del todo o nada. Pero para sorpresa de muchos, estos resultados no han sido obra de la política, que en esencia es un instrumento para mejorar las condiciones de existencia de una comunidad.
Es verdad que puede existir la buena y la mala política y ello tiene que ver con las cualidades del hombre mismo, lo que en términos antropológicos es tan válido como necesario: la corrupción, por ejemplo, como toma de ventaja de un individuo en detrimento de otro o de un conjunto, es practicada desde que el hombre logró evolucionar a partir de su antepasado homínido. Lo que se conoció en la versión bíblica como el pecado original, muchos antropólogos lo conciben como la angustiante asunción del pensamiento humano para discernir entre el bien y el mal y actuar en consecuencia abrazando uno de esos dos principios según la ocasión.
Es por ello que la política, guste o no, siempre aporta la instancia del debate y obliga a sus protagonistas frecuentes a argumentar a favor o en contra de una acción o propuesta. Se trata del principio motor del parlamento. La gente suele confundir este mecanismo con la charlatanería, la grandilocuencia e incluso la mentira. Pero en el fondo se trata más de una actitud prejuiciosa o hasta cómoda. Una de las máximas de quienes practican la buena política dice: “si uno no ocupa los lugares de decisión, indefectiblemente lo ocupará otro con otras intenciones”. Es por ello que muchos cambios se dan mediante la participación y el involucramiento ciudadanos en los asuntos públicos.
Otro tanto ocurre cuando desde la política, olvidando los opuestos de fondo, se invocan los tan mentados “consensos”, como si se tratara únicamente de encerrarse en una reunión para superar las diferencias. Como si no existiesen diferencias programáticas o intereses económicos que van más allá del simple acuerdo. Muchas veces se logran consensos que son anunciados con bombos y platillos y luego resultan contraproducentes porque significan acuerdos desfavorables para las mayorías en claro beneficio de minorías con escasa representación social y electoral.
En definitiva, siempre será importante luchar contra la manía universal del maniqueísmo, porque suele degenerar en intolerancia, autoritarismo y violencia. Debemos aceptar de una vez por todas que el mal y el bien, como absolutos en un mundo de seres finitos limitados por el tiempo y el espacio, sólo elevan la vara del hombre hasta instancias donde la propia humanidad no puede dar respuestas. Y ante tal inseguridad, sobreviene la angustia, el escepticismo y finalmente el odio, ni más ni menos que el principio que ha encendido la mecha del exterminio entre los hombres.
Esto no quita que la humanidad deba propender a esquemas virtuosos de superación, buscando el bien común, cuestión en la que todos, como parte del mundo en que vivimos, estamos obligados a buscar para mejorar nuestro presente, sea por medio de la ciencia, la fe o la militancia política social o partidaria. Es sin dudas una linda propuesta y oportunidad para encarar un futuro mejor.



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