Manuel Belgrano: el buen hijo de la Patria.

Manuel Belgrano: el buen hijo de la Patria.

Por Juan José Mateo (Licenciado en Historia y Miembro del Instituto de Estudios Fueguinos)

 

Ayer se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Personaje emblemático de la historia embrionaria de nuestra nación.
Belgrano nació el 3 de junio de 1770 en Buenos Aires, una pequeña ciudad puerto de una zona marginal del Virreinato del Perú. Pero en 1776, la Corona española creó el Virreinato del Río de la Plata y estableció allí su Capital. Desde ese momento, la ciudad natal de Belgrano creció exponencialmente. El devenir le tendría reservado a Buenos Aires ser uno de los epicentros de la emancipación americana y a uno de sus hijos, Manuel Belgrano, constituir una de las conciencias más lúcidas para pensar el futuro de la región rioplatense.
Se recibió de bachiller en leyes en España, país donde entró en contacto con las ideas de la Europa moderna y al mismo tiempo, abrazó el ideario revolucionario francés: libertad, igualdad, fraternidad. Al ser un hombre de principios, ilustrado, honesto y romántico, fue incapaz de traicionar sus convicciones aún en los momentos más duros de su vida pública.
Desde 1794, Belgrano dirigió el Consulado de Comercio de Buenos Aires, desde donde puso en práctica su pensamiento económico de avanzada, luchando contra el monopolio de Cádiz y propiciando el librecambio. Maniatado por las autoridades españolas, se las ingenió igualmente para fomentar la educación moderna, creando la escuela de Náutica y la Academia de Geometría y Dibujo, proyectando además la Escuela de Comercio y la de Arquitectura. Por si fuera poco, fue partícipe necesario de la fundación del primer periódico de Buenos Aires, censurado por las autoridades virreinales.
La intensa experiencia de la invasión inglesa entre 1806 y 1807, en las que actuó como capitán de las milicias urbanas, marcó a fuego el destino de Belgrano confinándolo a la actividad militar, la que siempre realizó de muy mala gana pero con obsesivo compromiso. Más adelante, en condiciones de salud significativamente adversas, debió hacerse cargo del Ejército del Norte. Motivo por el cual, José de San Martín escribió a principios de 1816 a Godoy Cruz (diputado integrante del Congreso de Tucumán): “En el caso de nombrar quién debe reemplazar a Rondeau yo me decido por Belgrano; éste es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en América del Sur”.
Esta conexión entre San Martín y Belgrano no es casual. Ambos entendieron la causa americana por encima de los mezquinos intereses de los comerciantes y políticos centralistas de Buenos Aires. Los futuros enfrentamientos fratricidas entre unitarios y federales, los tendrán como actores ausentes de la inquina, pero como víctimas directas de sus indignas consecuencias: San Martín en el exilio; Belgrano raleado y olvidado.
Pero fue quizá durante la Revolución de mayo de 1810 donde Belgrano pudo desempeñar su función más ejemplar y calificada: el campo de las ideas. Ejerció entonces un liderazgo sin igual, sólo superado quizá por la brillantez de Mariano Moreno. Llevó adelante el ideario de una nación igualitaria, justa y soberana. Bregó por el reconocimiento de los indígenas y trabajadores rurales. Protagonizó en 1812 el esfuerzo revolucionario más emblemático del interior, logrando movilizar a todo un pueblo en el éxodo jujeño para desmoralizar a las tropas realistas en la guerra contra el Imperio español. Y desde ya, creó la bandera nacional, cuando la Argentina era un ideal apenas deliñado en las aventuradas conciencias de los padres fundadores de nuestra Patria.
El historiador José Gabriel Vazeilles sostiene que Belgrano cuenta con el maldito privilegio de constituir una de “las conciencias testigo sin arraigo o engarce social” de nuestra historia nacional. Con ello, quiere decir que Belgrano, siendo uno de los políticos y pensadores más avanzados de su época, pagó con el boicot y el revés de los poderes retardatarios enquistados en Buenos Aires: las mentes colonizadas por el atraso español y las mezquindades de los comerciantes y propietarios rurales fueron sus grandes enemigos. En esto, unitarios y muchos federales no se diferenciaron: sólo les interesaba sus intereses económicos, de casta o grupo, subordinando al conjunto del pueblo bajo las desgracias de la guerra interior y del peligro exterior.
Esto desnuda las claves de nuestra historia nacional: exilio, olvido, odio y guerras intestinas. Mientras aquellos pensadores adelantados a su tiempo, como Manuel Belgrano, Mariano Moreno y Juan Bautista Alberdi, debieron soportar la fama y éxitos de hombres como Rivadavia, Sarmiento o Mitre, nuestro País adoptó los esquemas organizativos que llevaron a la postre a convertirnos en una nación de privilegios, corrupción, negocios fáciles y divisiones sociales y étnicas estériles. La divisa “Civilización o Barbarie”, le costó a nuestro país ríos de sangre y heridas que aún en pleno siglo XXI, parecen no cerrarse.
Belgrano quizá fue el primer patriota que se atrevió a pensar una Patria igualitaria en la tierra del atraso colonial y los privilegios. Quizá en el rojizo Río de la Plata descanse aún su mirada perdida en el horizonte soñando el porvenir; en algún lugar de Buenos Aires quizá aún retumben los orgullosos latidos de las candentes jornadas de mayo de 1810, cuando fue vocal del gobierno de la Primera Junta y sienta en alguna provincia del interior los molestos dolores de su frágil cuerpo comandando el heroico Ejército del Norte al que dirigió con digna dedicación.
La muerte lo encontró en 1820, solo, en la pobreza y el injusto olvido de una Buenos Aires que se desangraba al compás de las riñas intestinas y el faccionalismo abyecto. Su muerte en aquel momento no le importó a nadie, más la continuidad del brillo de su estrella es responsabilidad del pueblo, que debe custodiar su memoria y aprehender su inconmensurable legado.
Pero mejor recordarlo con alegría, en su nacimiento y tratando de visualizar al espíritu de la historia que lo abrazó para tenerlo entre su panteón de maestros inspiradores de nuestro pasado nacional. Su grandeza tuvo lugar hasta para los actos más humildes. Dicen que en cierta ocasión, al recibir un elogio grandilocuente de un comensal y en el apogeo de su éxito popular, Belgrano respondió célebremente: “mucho me falta para ser un verdadero padre de la patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella”.


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