
Mariano Coronel y la doctora “Charo” Zingoni.

El viernes pasado los fueguinos lamentablemente vivimos un “déjà vu” de lo ocurrido en nuestra ciudad el 14 de febrero de este año con nuestra querida y hoy extrañada doctora “Charo” Zingoni. Ahora la tragedia cayó sobre Río Grande, con el siniestro sufrido por el también muy querido por su comunidad, el ciclista Mariano Coronel.
Sentimos una mezcla rara de bronca e impotencia ante el desenlace de estos horribles siniestros. Porque son siniestros y no accidentes, ya que no hablamos de cuestiones azarosas, sino de causas evitables.
Bronca porque no nos entra en la cabeza que personas vitales, alegres, atletas del ciclismo ya no estén entre nosotros por la absurda causa de la falta de previsión, respeto y cuidado necesarios para evitar que un espacio que legalmente es compartido por vehículos de todo tipo no respete las normas y cuidados pertinentes al transitar por las rutas de nuestra provincia.
Bronca por el desconocimiento de cómo se debe compartir la cinta asfáltica entre los diferentes vehículos (autos, camionetas, camiones, motocicletas, bicicletas… y hasta podríamos mencionar corredores y peatones que pueden transitar por las banquinas).
Bronca por la desaprensión con la cual los vehículos de motor se comportan al sobrepasar a los ciclistas, poniéndolos innecesariamente en riesgo al no respetar la distancia mínima reglamentaria de 1,5 m.
Bronca por ciertos comentarios absolutamente faltos de humanidad de automovilistas que culpan a los ciclistas por transitar rutas que la legislación de nuestro país no veda para que sean espacios compartidos.
Bronca por la falta de sensibilidad ante el dolor de muchos de nosotros que lloramos a nuestros colegas y amigos que salieron a disfrutar de su pedaleada y que, por cuestiones absurdas, no pudieron volver junto a sus seres queridos.
Sentimos impotencia porque, a pesar de tratar de concientizar a toda la población desde la sociedad civil sobre cómo debe comportarse en la vía pública, siguen aconteciendo estas aberraciones.
Impotencia por la falta de respeto continuo a las normas de tránsito, impotencia de seguir observando cómo los automovilistas, a pesar de saberlo, siguen operando sus celulares mientras conducen.
Impotencia al ver la falta de control público de estas infracciones que lamentablemente no son causas aisladas, sino casi la norma.
Impotencia al observar que nuestra Ruta 3 está en pésimas condiciones y, así y todo, muchos de los vehículos transgreden continuamente los límites de velocidad y las zonas permitidas de sobrepaso.
Impotencia porque ante todas estas cosas existe primariamente una falta de empatía para con el otro que asusta y nos hace pensar lo lejos que nos encontramos de formar “comunidad”.
¿No será tiempo de cambiar? ¿No será tiempo de mejorar nuestro comportamiento para con los demás? ¿No será tiempo de considerar al otro como si se tratara de nosotros mismos?
¿No será tiempo de que las autoridades no solo expresen su dolor ante lo acontecido, sino que además comiencen a trabajar en el mejoramiento de las estructuras viales, comiencen a ejercer el control efectivo del tránsito y mejoren la cartelería, previniendo cómo sobrepasar a un ciclista?
¿No será tiempo de recordar que está expresamente prohibido operar celulares e instrumentos electrónicos mientras se maneja y que la ley tiene estrictamente penalizadas las distracciones mientras se conduce?
Y nuestras preguntas siguen: ¿cuántas veces más vamos a tener que pasar por estas cosas?, ¿a cuántos más de nosotros nos va a tocar que, al salir a pedalear, no podamos volver con los nuestros?
Las respuestas están en todos nosotros, desde el lugar que nos toque. La respuesta está en rescatar la humanidad, en rescatar la civilidad, en aprender a ver al otro como si fuéramos nosotros mismos y está en respetar y considerar el dolor ajeno como si se tratara del dolor propio, como si perdiéramos a uno de nuestros seres amados.