Julio Cesar Lovece

Alguien dijo que «la preservación es la inmortalización de las cosas vivientes. Es el canal que permite transmitir los mensajes del pasado hacia el futuro. Es encontrar nichos del pasado que puedan mantenerse en el futuro.» (Meier, 1980). Y ese pensamiento puede aplicarse perfectamente a nuestra Península Mitre, en donde todo está vivo, incluso la historia. Cada paisaje es cultural, cada resto arqueológico, cada vestigio de naufragio, cada tramo de costa, hablan pero sólo para quienes saben escuchar.
En ese rincón del archipiélago fueguino, el pasado aún es presente, se puede experimentar la historia y la cultura, y ese aire salvaje que atraviesa una naturaleza aún prístina. Esa lejanía cada vez más cercana se encuentra llena de presencias y los sonidos y los perfumes ayudan a imaginar el fin del mundo, porque nada representa mejor esa singularidad de ser el extremo de la tierra, que Península Mitre.
Esa lengua de tierra es el lazo que nos sujeta a un pasado que no podemos olvidar, que no debemos perder. Es la oportunidad de comunicarnos con el futuro y dejarnos un tremendo mar de oportunidades. Península Mitre es nuestro activo, es un patrimonio que ayudará a encontrar muchas respuestas al desarrollo social, turístico, económico, espiritual de los fueguinos y es, además, la oportunidad de seducción de millones de turistas que estarán dispuestos a pagar y mucho, nada más que para observarla. Sólo hace falta tener visión de estadistas, de preservación, un plan de manejo y control. Centenares de países del mundo anhelarían disponer de una región como esa, plena de bienes naturales, culturales, históricos y mágicos.
Quienes nos visitan desean caminar paisajes auténticos, nosotros queremos experimentar lo auténtico entre tanta urbanización. Ello garantiza un beneficio a largo plazo, perpetuo, sin otra estrategia que una infraestructura básica en sitios que la resistan. Por lo tanto quienes pregonamos por su protección, no es que pretendamos aislar ese pedazo de isla, queremos incorporarla definitivamente. A nuestro mañana y a nuestra economía. Claro, a menos que las autoridades sólo quieran que siga siendo el «espacio verde» o la escenografía donde van a divertirse con sus vehículos los que pueden o el campo de las especulaciones políticas presentes y futuras.
La sustentabilidad actúa como motor de la calidad de vida, la preservación no es improductiva, por el contrario, es la herramienta con la que, quienes estamos y quienes vienen, podrán construir sus casas, sus familias y sus hijos. No nos engañen, el desmanejo, el descontrol, el beneficio de algunos en desmedro de otros, no es desarrollo, no es futuro, no es economía. Es el idioma de los improvisados, de los estrechos, de los especuladores, de los mentirosos.
Península Mitre es la respuesta natural e instantánea al imaginario que vendemos permanentemente. Es la frontera que no atraviesan las rutas mal hechas, las torres de la ignorancia, el ruido ensordecedor del mal crecimiento, la basura descontrolada. Ese rincón te obliga al silencio, a empacharte de aire puro, a dejarse abrumar por cielos tormentosos, a descubrir sonidos inusuales, o cabalgar convencido de estar construyendo un recuerdo imborrable.
Península Mitre no son cuatro años más, tampoco ocho. No es un factor político, tampoco una cuota de poder. No entiende nada de eso. Es otro mundo.
Hace poco se han visto funcionarios satisfechos y felices de anunciar la construcción de un nuevo hotel en Ushuaia de alta categoría en una aparente convicción de que el desarrollo y la inversión solamente pasan por la calidad de los servicios. Se equivocan, cada año con más fuerza adquiere trascendental importancia la calidad de los atractivos. Estamos en serios problemas con la demanda de lo exótico, del imaginario insatisfecho. El fin del mundo no puede ser un paisaje agobiado por 20 ómnibus de turismo y 600 personas haciendo fila para sacarse la foto en un cartel. Si no se entiende, vamos camino a la banalización del destino, a su vulgarización.
Se debe entender de una vez por todas que el patrimonio protegido no es antónimo de desarrollo, por el contrario, en su puesta en valor se encuentra el asumir su verdadera dimensión, es la garantía sustentable del desarrollo.
Han pasado más de 20 diciembres, nos está llevando demasiado tiempo entenderlo


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