
El Saint Christopher. Foto del año 1952.

En distintas tradiciones marineras se consideraba que llevar mujeres a bordo traía «mala suerte». La existencia de esa superstición está documentada. El Museo Marítimo de Nueva Zelanda recoge una de sus supuestas justificaciones: las mujeres distraían a los tripulantes y provocaban la ira del mar. Obviamente, esta creencia no estuvo presente en todas las épocas ni fue compartida por todos los marinos.
Lo más interesante es que, contradictoriamente, la mujer temida como presencia a bordo era también quien amadrinaba la nave. La historia naval documenta el lugar central que adquirieron las mujeres en las ceremonias de bautismo y botadura.
El ATR-20, “Justice”, que hoy descansa en la bahía de Ushuaia con el nombre de Saint Christopher, besó el mar por primera vez el 16 de octubre de 1943. Quien amadrinó aquella nave destinada a la guerra fue la señora Joy D. Creyk, esposa de una de las autoridades de la localidad de Camden, un singular pueblito de Estados Unidos.
Pero no fue ella la primera mujer en pisar la cubierta de ese remolcador. Antes lo hicieron las denominadas «Rosies», precisamente las que ayudaron a construirlo. La falta de hombres en los astilleros, debido a que eran destinados al frente de batalla, obligó a convocar manos femeninas. Se trataba de jóvenes, madres, viudas, maestras y empleadas que, de pronto, se encontraron manejando sopletes, remachadoras o grúas de cuarenta toneladas. Lo hicieron con la misma entrega con que sus maridos, hermanos o hijos combatían lejos de casa.
La presencia de estas damas transformó el paisaje humano de los astilleros. El olor a humo se mezclaba con el perfume, y las voces femeninas se abrían paso entre el ruido del metal y los martillazos. Su presencia rompió, además, una frontera cultural. Pronto se las conoció como «las Rosies», asociadas a aquel afiche promocional que mostraba a una mujer con ropa de trabajo y un brazo en alto, acompañado por la frase «¡Podemos hacerlo!». Cuando terminó la guerra, estas mujeres fueron obligadas a dejar sus puestos de trabajo, pero la huella de sus esfuerzos quedó plasmada en cada barco que ayudaron a construir.
Sin duda, no hubo ninguna mujer a bordo de esta nave durante el fragor de la guerra, cuando contaba con una tripulación de aproximadamente veintiocho hombres. Aunque es posible que sí la hubiera durante su posterior período como barco mercante por los mares del Mediterráneo, las costas de África y el puerto de Génova. Es improbable que su nuevo propietario, el empresario norteamericano George Batchelder, no haya invitado a su esposa, Pia Consulich, a navegar en el Saint Christopher.
Cuando Leopoldo Simoncini decidió comprarlo y traerlo hasta los mares del fin del mundo, las tareas que se le asignarían se hallaban lejos de cualquier mito asociado a las mujeres. Se trataba de intentar reflotar el Monte Cervantes, convertido en leyenda tras encontrar una sepultura prematura veinte años antes. Las tareas que se le encomendaban al remolcador, bajo la capitanía del recordado Mario Foschi, no impedían que, eventualmente, alguna mujer accediera a su veterana cubierta de madera y metal.
Hacia 1955, en los umbrales de su epílogo, el destino le tenía reservada una nueva historia. En una emotiva escena de la película La Tierra del Fuego se apaga, protagonizada por Ana María Lynch y Erno Crisa, la actriz encarna a una mujer de temperamento indómito que asciende al barco escapando de un mundo hostil, machista y perturbador. Quizás esa escena ofrezca un diálogo sugerente con el prejuicio marinero.
Todo parece indicar que fue la última presencia femenina a bordo mientras el cansado remolcador permanecía en actividad.
Desde hace más de siete décadas la embarcación permanece inmóvil frente a la ciudad, desafiando temporales, mareas y generaciones enteras de fueguinos. Llegó después de haber servido durante la Segunda Guerra Mundial y, con el paso del tiempo, dejó de ser simplemente un barco abandonado para convertirse en uno de los símbolos más reconocibles del paisaje ushuaiense.
Y como ocurre con todo objeto que permanece demasiado tiempo frente a una comunidad, el Saint Christopher terminó rodeándose de historias. Una de ellas intenta explicar una curiosa costumbre que, durante años, llamó la atención de vecinos y visitantes: los cientos de candados que aparecían sujetos a la baranda del paseo costero, frente al remolcador.
Muchos creían que aquellos candados representaban promesas de amor, como sucede en otras ciudades del mundo. Según la tradición, representaban deseos.
La leyenda cuenta que algunas personas aseguraban ver a una mujer que aparecía y desaparecía sobre la cubierta del barco. Caminaba en silencio entre la niebla y se desvanecía sin dejar rastro antes de que alguien pudiera acercarse.
Hasta que alguien, un hombre de profunda fe, decidió intentar algo diferente.
Encendió una vela blanca y, frente al mar en calma, pidió al espíritu que, si no albergaba malas intenciones, encontrara finalmente la paz. Como testimonio de aquel pedido, colocó la vela encendida dentro de una pequeña caja que cerró con un candado. Antes de arrojarla al canal Beagle, pronunció una última súplica:
—Si eres un espíritu bueno, concédeme un deseo.
La caja desapareció entre las aguas. La llave fue arrojada detrás.
Cuenta la tradición que el deseo de aquel hombre terminó cumpliéndose y que, desde aquella noche, nunca más volvió a verse a la misteriosa mujer sobre el barco.
Con el correr de los años, la historia comenzó a transmitirse entre los habitantes de Ushuaia. Entonces nació un pequeño ritual. Quien deseaba pedir algo importante escribía sus iniciales en un candado, lo cerraba sobre la baranda que mira hacia el Saint Christopher y arrojaba la llave al mar, convencido de que el deseo solo se cumpliría si era sincero y no perjudicaba a nadie.
Con el paso del tiempo, la baranda llegó a cubrirse con decenas y luego cientos de candados. No eran todos iguales. Cada uno guardaba un deseo distinto.
La costumbre nunca desapareció del todo.
Todavía hoy hay quienes, al detenerse frente al viejo remolcador, recuerdan la leyenda y, antes de continuar su camino, lanzan una última mirada hacia el barco, como si esperaran que el Saint Christopher siguiera custodiando silenciosamente los deseos que alguna vez quedaron flotando entre sus aguas.
Nadie debe sorprenderse si, durante algún largo crepúsculo de verano, al pasar frente a él, se escuchan voces y risas femeninas.
Porque el Saint Christopher conserva historias incluso cuando ya no navega.