El primer whisky de mi vida

Nada es tan aterrador, ni tan provocativo, como la experiencia inaugural. Ya no lo pienso por el vuelo, que transcurre sin mayores novedades. Lo reflexiono tratando de imaginarme el lugar adonde llegaré en pocas horas.

Es de madrugada. Es marzo. Y yo tengo veinte años y cuatro meses de vida.
Todavía no sé lo que es el miedo, ni la angustia, ni los ataques de pánico. No me duelen las rodillas al correr y no necesito elongar después de un partido de fútbol.
Ya conozco la amistad y el amor. Soy más estructurado que ahora. Más racional, pero también más osado. He fumado un cigarrillo a solas y no me ha gustado. He bebido en exceso cerveza y vino.
Pero nunca he tomado un whisky.
Es de noche cuando doy los primeros pasos por la vereda, mientras llevo en mi mano derecha un bolso de viaje color marrón y miro de reojo la persiana de la casa de mi novia, de donde acabo de salir.
Mi vida está por cambiar para siempre. Lo intuyo por un cosquilleo extraño que me recorre el cuerpo. Tres pasos más y me detengo por unos instantes para observar de nuevo la ventana. Dudo por última vez. Y avanzo sin detenerme hasta la parada de colectivos.
Me acuerdo de unas horas antes, en mi casa materna. De los nervios atragantados mientras elijo qué ropa llevar. Voy a pasar frío. No caben dudas. ¿Pero cuánto frío? ¿Ese que se siente al salir de la ducha durante el invierno, en las casas poco calefaccionadas del Gran Buenos Aires? O el que te perfora los huesos cuando caminás por el Parque de Lomas a la siete de la mañana, rumbo al colegio secundario. ¿Cuánto es mucho frío?
Mi padre me pide ir a su habitación. Ahorra consejos que ya conozco. Evita recomendaciones administrativas. Me cuida de escenas de llanto y de despedidas dolorosas. En cambio, me invita a ver televisión. Las entrevistas del programa político que siempre compartimos: él acostado en la cama y yo sobre unos almohadones en el suelo. Hablamos de eso, de política, sin cambiar un ápice el ritual de toda la vida. Ese que está punto de cambiar para siempre.
Un rato después estoy en la casa de mi novia, despidiéndome. Uso todas mis fuerzas, todo mi poder de convicción, todos mis argumentos, para persuadirla de que solo se trata de algo transitorio. De la oportunidad de un futuro posible para los dos. Pero no me cree ni media palabra. Su historia, su increíble intuición de mujer y su sensación de destino sellado, conspiran contra mi módico discurso.
El rostro de ella entre penumbras, y la seguridad profética de que me espiaba por las rendijas de la ventana cuando crucé la calle, se me vuelven a aparecer cuando bajo del colectivo en Aeroparque, con mi bolso de viaje marrón como única compañía.
Afuera sigue siendo de noche, como si la gravedad de mi aventura necesitara un marco, un entorno oscuro y solitario que me hiciera recordar la seriedad de lo que estaba por hacer.
Inicio los trámites aeroportuarios envuelto en una adrenalina impropia de mi forma de ser. Me equivoco, tropiezo, pregunto. No tengo idea de lo que debo hacer para llegar, por fin, hasta el avión. Y mientras cumplo como un autómata las órdenes que me dan voces desconocidas, tomo conciencia de que en el medio de esta madrugada fundacional, entre la lluvia de novedades que me inundan, también me moja la sensación de volar por primera vez.
Nunca estuve en un aeropuerto, salvo para ir a buscar a mis tías cuando llegaban de España. Y nunca en un avión. Mi única referencia son los que torpemente hacíamos con hojas de cuaderno en la primaria, y más profesionalmente, luego, en las horas libres de la secundaria.
No sé bien cómo, pero estoy sentado dentro de la aeronave, hablando con un muchacho que conocí en un micro, al que tampoco sé bien como llegué, pero que me trasladó desde el edificio hasta la escalinata.
Charlo de cualquier tema, en otra actitud tan distante de mí mismo, como la ciudad de Ushuaia, a la que me dirijo porque me ofrecieron un trabajo, algo que escasea como la honestidad en la primavera menemista.
Me voy porque algo me dice que es el momento. No puedo explicarlo bien. Mucho menos en esta noche donde no he pegado un ojo, y donde la cabeza burbujea imágenes como flashes que se prenden y se apagan a cada instante.
El campito del barrio, el fútbol, las tardes de calor. Los amigos, la cancha, mi familia. La radio, la escritura, los libros. ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué hago solo en un avión? ¿A dónde voy? ¿Por qué me voy lejos?
La calma. Los ojos fijos en la ventanilla. Está muy bien ésto. Muy bien. Todo va a salir bien. Una inesperada sensación de suprema e inexplicable seguridad, se me filtra de repente por las venas. Por unos instantes, siento que he tomado buenas decisiones. Y por primera vez, suelto mi cuerpo sobre el asiento.
El avión se mueve, y mi ocasional compañero de viaje me hace notar, con una mueca de sorna, que no llevo puesto el cinturón de seguridad. Se ríe mientras mis manos se enredan en un juego de maniobras torpes. Mi expresión no debe ayudar mucho. Sin dormir, en mi primer vuelo, solo y cambiando de vida. Y ahora convencido de que si no logro hacer corresponder las piezas del cinturón, rebotaré contra el fuselaje ni bien el avión comience a carretear.
Nada es tan aterrador, ni tan provocativo, como la experiencia inaugural. Ya no lo pienso por el vuelo, que transcurre sin mayores novedades. Lo reflexiono tratando de imaginarme el lugar adonde llegaré en pocas horas.
Me viene a la memoria la recurrente idea de las vidas paralelas. Cada vez que tomamos decisiones trascendentes, nuestra existencia se divide en encrucijadas como si fuera una intersección de caminos. Uno elige una dirección, y con ello abandona el resto de las posibilidades. ¿Existirán otras vidas paralelas, en una dimensión diferente que no podemos ver, donde estamos nosotros habiendo elegido caminos distintos?
¿Habrá, entonces, un tipo acostado en la cama de la casa de su novia, que se despierta al día siguiente y le prepara el desayuno?
¿Habrá otro que se queda dormido sobre los almohadones del suelo, mientras comparte con su padre un programa de televisión?
¿Algo para tomar? ¿café, gaseosa, whisky?, dice la azafata sin saber que me aparta de toda elucubración filosófica.
Pongo cara de si me habla en serio. Pienso en el aroma del café, en la sed de madrugada que saciaría una gaseosa fresca. Pienso en la leche chocolatada que me hacía mi abuela, en el sabor dulce de los caramelos.
Un whisky, contesto, sin embargo, tratando de que mi tono de voz tenga la gravedad correspondiente a la hombría de aquel requerimiento.
La azafata lo sirve en un vaso con hielo, sin advertir ninguno de los procesos que simultáneamente conviven en mi cuerpo.
De repente me quedo solo, mirando fijo el asiento de adelante. Tomo el vaso y lo muevo levemente, como quien relojea la superficie de la pileta desde lo alto de un trampolín.
Elevo un poco más el recipiente hasta acercarlo a la altura de mi boca, y sin pensar en nada más, quizá porque ya he agotado esa capacidad, me tomo el contenido de un solo trago.
Mientras el líquido se escurre como fuego por la garganta, y se mezclan las últimas imágenes de la infancia con los sueños urgentes de la juventud, cierro los ojos por un instante.
Y duermo plácidamente hasta que el avión aterriza en Ushuaia.


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