Tierra del Fuego: la extrema tierra nuestra

A lo largo de la historia nuestra región recibió diferentes nombres, relacionados con aspectos existenciales, geográficos o que respondían a divisiones político-administrativas otorgadas por el Estado nacional. Hay que recordar que en la historia Argentina hay localidades que desde comienzos de la etapa colonial mantuvieron sus nombres desde que fueron un incipiente poblado presidido por un cabildo, como por ejemplo Santiago del Estero fundada en 1553, San Miguel de Tucumán (1565), Córdoba (1573) o Salta (1582). No ocurrió así con nuestra Isla.
En el caso de nuestra región, se ha extendido la noción de Carlos Gallardo quién de acuerdo a sus estudios etnolingüísticos nos aclara que los Selknam denominaban su medio natural como Karukinka [kar (extremo/muy) huhin (tierra/terreno) y ka (propio/nuestro)]: “Extrema tierra nuestra”. Aunque investigaciones más modernas aclaran que Karukinka, vendría a ser “esa tierra que está por allá lejos, sola, donde van aquellos que han quedado separados del más acá”…
El mundo intelectual europeo de comienzos de la modernidad, atado a las teorías clásicas griegas creía en la existencia de un continente inexplorado al extremo sur del planeta, al que denominaban Terra Australis Incógnita. Por lo que este sería la denominación occidental más antigua que recibió la Isla Grande de Tierra del Fuego, hasta que Américo Vespucio finalmente determinó que América era un continente muy extenso de norte a sur del planeta.
En 1492 el Reino de Castilla (España) arribó a tierras americanas y comenzó un proceso de colonización sobre el continente. Se organizaron entonces expediciones en busca de la identificación del territorio. Una de ellas, al mando de Hernando de Magallanes, arribó a nuestra costa norte en agosto de 1520, divisando durante la navegación columnas de humo y constantes fogatas hechas por los indígenas allí establecidos. Nace así la denominación de “tierra del fuego”.

Pueblen el lugar
que nombres sobran…

Más adelante, con motivo de la organización del Estado argentino, hacia la segunda mitad del siglo XIX, se sucedieron permisos otorgados por el Gobierno nacional para la instalación de misiones religiosas (anglicanos y salesianos católicos), hasta que en 1884 se establecieron las Fuerzas Armadas y se instituyó, mediante la sanción de la Ley 1532, el Territorio Nacional de Tierra del Fuego.
A la idea del territorio inhóspito donde las fuerzas armadas de un país aún en vías de consolidarse como Estado-nación avanzaban para lograr su integración territorial, se sumó luego la del emplazamiento carcelario. Corresponde aquí el relato mítico de la tierra de aventureros, de misioneros o purgatorio de espíritus enfadados con el orden establecido o con su propia vida.
Inmediatamente después, surgió la instancia del hacer patria poblando el territorio. Este ideario compartió protagonismo con el anterior, pero quizá se lo asocie a aquellas familias que decidieron establecerse en el Territorio Nacional de Tierra del Fuego para probar cierta suerte negada en otras latitudes del país o del mundo. En la etapa de poblamiento, por sobre todo la que se extiende desde 1920 a 1976, la idea de “hacer patria” articuló una conciencia colectiva que no diferenciaba entre argentinos y chilenos, y que se relacionaba con otro tipo de imaginario ligado más al acostumbramiento y aquerenciamiento con el lugar. Nos referimos a comerciantes, pequeños industriales y trabajadores asalariados urbanos y rurales.
La relación de estos individuos con el Estado pasa por la presencia del poder central a través de las Fuerzas Armadas y del escaso poder e influencia del gobernador de turno civil o militar, designado por el Poder Ejecutivo nacional.
En 1943 se lo creó la Gobernación Marítima de Tierra del Fuego debido a las necesidades de organizar el territorio de manera estratégica para afrontar los peligros de la Segunda Guerra Mundial. Terminada la guerra y tras el derrocamiento del Presidente Juan Domingo Perón, la isla se convirtió nuevamente en el Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, no sin antes haber desaparecido como entidad administrativa, siendo anexada a la “Provincia Patagonia”, un ensayo del peronismo asediado que duró muy breve tiempo.
Con motivo de la Guerra de Malvinas, la dictadura del general Leopoldo Fortunato Galtieri convirtió nuestras tierras en la Gobernación Militar de Tierra del Fuego. Luego de la Guerra, retornó el Territorio Nacional hasta que finalmente, en el año 1990 fue provincializado mediante la Ley 23.775 bajo el nombre actual de Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.

¿Tierra de oportunidades o la Isla de las Fantasías?

Durante las décadas de los 50s y 60s del siglo XX y a la luz de los regímenes de promoción de zonas francas, se divisó cierta vitalidad local, pero nada parecía ser suficiente para desarrollar una región que al parecer, estaba condenada por su situación geográfica a ser un territorio frágil desde el punto de vista estructural.
Ni siquiera la tan mentada Ley 19.640, permitió un boom desde su inmediata promulgación en 1972, resultando la radicación de las industrias hacia fines de aquella década, a raíz de un cambio radical de la política económica nacional operada por la última dictadura militar que asoló al país a partir de 1976. Fue en estos momentos que en Tierra del Fuego se articuló el discurso de la “Tierra de Oportunidades” o, como suelen quejarse aquellos que cultivan un pensamiento conservador, el de “la Isla de las Fantasías”, un lugar donde cualquier recién llegado tuviera o no formación profesional, accedía a un empleo bien remunerado e inmediatamente le exigía al Estado una vivienda y la atención de cuestiones básicas de la subsistencia.

Extrema tierra nuestra

Sobre estos imaginarios (seguramente habrá muchos más), es que se construyó la noción de identidad fueguina de fines del siglo XX. El fueguino se convirtió en “aquel que está llegando” al único Territorio Nacional que quedaba, esperando mejorar su estándar de vida.
Familias enteras o individuos que migraban desde otros puntos del país y del continente a buscar lo que sus lugares de origen no les habían dado. Muchos de ellos se encontraron empleados en fábricas en brevísimo tiempo, con salarios muy superiores al promedio nacional, con precios bajos de productos de consumo, con una oferta de bienes importados y con subsidios nacionales para el uso de energía y combustibles.
La ecuación era sencilla: el desarraigo, la marginación, la soledad, la pérdida del estatus ciudadano en cuanto a que se perdía el derecho político fundamental de votar las autoridades políticas nacionales, era quizá “el precio justo” para mejorar del nivel de vida.
Habrá que ver en estos tiempos de crisis, qué nuevos elementos pueden sumarse a estas reflexiones sobre la identidad fueguina. Habría que recordar qué pensábamos y cómo afrontamos los fueguinos las crisis de 1989 y 2001, cuando la tierra de oportunidades se apagó como las luces de los estadios a media noche y los imaginarios de la abundancia sucumbían ante la dura realidad de la estanflación. Entonces allí resurge aquella extrema tierra nuestra, donde todos somos quizá los mismos, con necesidades y sin las oportunidades de las épocas más felices.



Edición:

Diario Prensa
Noticias de:  Ushuaia – Tolhuin – Río grande
y toda Tierra del Fuego.

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